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Presentación del libro de Antonio Rivera «El día en que ETA puso en jaque al régimen franquista» por Kepa Bilbao Ariztimuño.


Arratsaldeon, eskerrik asko aurkezpen honetara etortzeagatik.

Cuando Antonio, a través de Mikel Toral, me propuso la idea de presentar su libro, me cogió tan de sopetón, que tardé un tiempo en reaccionar. Conocía el libro, estaba entre mis lecturas de esos días y acababa de leer el primer capítulo. Y, la verdad, lo que me decidió a estar hoy aquí es que conozco a Antonio desde hace ya unos cuantos años, de pasar muchas tardes y noches en su compañía, rumiando sus trabajos. Conocía al historiador, al pensador, y esta era una oportunidad de estar con la persona, de saludarla, y, aquí estoy, y es un placer.

Como creo que estamos en familia me puedo ahorrar hacer la presentación de la lista de méritos -que no es nada corta, por otro lado- del catedrático de historia contemporánea de la UPV que tenemos aquí, de su numerosa obra escrita.

El libro 20 de diciembre de 1973. El día en que ETA puso en jaque al régimen franquista corresponde a una colección de 7 títulos lanzada por la editorial Taurus, que trata a partir de profundizar con detalle en el conocimiento de un hecho relevante ocurrido un día concreto de la historia de España del siglo XX, saber cual es el escenario de una época, en este caso, del tiempo final del franquismo. Como dice Jordi Canal en la presentación de la colección, de esta forma “la aproximación micro se convierte en la clave de una aproximación macro”.

Antes de entrar con el contenido me gustaría destacar una clara virtud que le veo a esta colección, me refiero al formato, distinto del típico libro tocho de historia de 400 páginas escrito por y para la comunidad académica, un formato al que Paul Krugman llamó de aeropuerto y yo añadiría de consulta de espera médica, de autobús o tren. Un formato y un estilo de “conozca usted la historia en tres días” escritos en un lenguaje claro y sencillo. Es decir, un formato, que además de poner la historia al alcance del público, lo hace a un precio muy asequible.

En cuanto al contenido no es fácil condensar en menos de 180 páginas los temas claves que rodean el magnicidio de Carrero, su contexto y consecuencias. Un suceso que supuso un punto de inflexión en el tardofranquismo.

Seguramente no faltará quien se haya preguntado qué de nuevo se puede contar y decir de aquel atentado que no se haya dicho ya, que no se sepa. Os diré que en mi caso, en su lectura, como me ha sucedido con otros trabajos de Antonio, he encontrado pistas, algunos matices y reflexiones que han enriquecido mis conocimientos sobre aquel episodio y lo que le rodeó.

He seleccionado algunos temas para ordenar la exposición o la conversación que tengamos……..pero antes, Antonio, si quieres decir alguna cosa, no referida al contenido, sino acerca de lo que ha significado y supuesto el trabajo para ti…

1) El primer tema que me parece obligado abordar es si fue ETA verdaderamente la autora o hubo una mano negra.

Y es que aquel magnicidio provocó tanto en los círculos políticos oficiales como en la oposición, desconcierto y perplejidad, además de un tremendo impacto en España y fuera de España.

Significativo de esto que digo es que cuando Franco se enteró, dirigiéndose a Torcuato Fernández Miranda, presidente en funciones, le dijo: “la tierra tiembla bajo nuestros pies”.

Mucho se ha escrito sobre si hubo o no una mano negra, si realmente fue ETA la autora del atentado o algún sector opuesto a Carrero dentro del Régimen o si fue obra de algún servicio secreto extranjero.

ETA necesitó cuatro comunicados y una rueda de prensa para dejar claro que había sido ella, además del libro Operación Ogro.

Bueno, pues ni siquiera el paso de los años han logrado acabar del todo con las especulaciones en torno a este suceso. Os ilustro con una anécdota que me pasó el otro día: tenía cita médica y, como acostumbro, llevaba un libro para sobrellevar las, a veces, largas esperas. Una vez acabada la consulta y cuando me disponía a salir por la puerta, el médico, sin cortarse un pelo, al ver que sobresalía del bolsillo de mi txamarra un libro, me preguntó por su título, le dije que se trataba del caso de Carrero e inmediatamente me dijo: “¿YA ESTÁ CLARO QUIÉN FUE?”

De este confusionismo y especulaciones participó el PNV y el PCE. El PNV, por boca del lehendakari Leizaola, negando la autoría de ETA y diciendo que los vascos no hacemos estas cosas porque son, y cito literal, “impropias del hombre vasco” y el PCE porque era cosa de profesionales experimentados y no de amateurs’ que, de manera irresponsable, reivindican la paternidad del atentado. Carrilo llegó a decir que eran los servicios secretos norteamericanos.

Pero antes de hablar de la reacción del gobierno, la sociedad y la oposición, me gustaría, Antonio, que comentaras

¿en que se han basado y basan estas teorías especulativas sobre su autoría? En el libro dejas muy claro que fue ETA autónomamente, que el relato de los hechos está acabado aunque aún sigue habiendo algunas piezas sueltas. Son precisamente estas piezas sueltas, nada centrales en tu opinión, unidas a la cantidad de pormenores inverosímiles que tienen lugar previamente al atentado, las que han inspirado las diversas teorías conspirativas. ¿Podrías aclarar esto?.

2) ¿Cómo reaccionó la sociedad, la oposición, los partidos?

De la sociedad en general no podemos hablar, no estaba Tezanos, no tenemos un indicador que lo cuantifique o cualifique. Lo que sí podemos decir es que en principio nadie condenó el atentado como tal, la izquierda criticó el método.…y hubo muchas celebraciones, no solo por estas tierras sino fuera, en Europa.

En cuanto a la oposición, la reacción del PNV y el PCE ya la he comentado antes.

En la izquierda del PCE creo que solo el PC (i), el que fuera luego PTE, puso en duda su autoría. En su Mundo Obrero Rojo de febrero titulaba el tema como “un asunto poco claro” y enfatizaba que “la gente sencilla del pueblo sospechamos que había gato encerrado

El MC, en su órgano central, Servir al Pueblo, nº 23 de enero de 1974, titulaba su editorial de la siguiente manera:

¿Y ahora…? ¡Activismo individual o preparación de las masas para la revolución?

La editorial, entre otras cosas, decía que el problema es mucho más hondo que el de saber si merecía o no merecía ese fin. Merecerlo, dicen, lo merecía con creces. Ahora bien: el atentado que ha acabado con él ¿es un tipo de acción correcta o no? Son acciones de ese género las que van a dar al traste con la dictadora fascista o no? Este es el principal problema que pone sobre el tapete el hecho que comentamos.

La LCR-ETA (VI) manifestó su apoyo total a la acción a la vez que criticaba la política militar de ETA como una línea de «violencia minoritaria».

La ORT, en la misma línea, subrayaba lo negativo que había sido el atentado de cara a las movilizaciones programadas con motivo del juicio 1001 a la dirección de CCOO que comenzaba ese mismo día.

Como cuenta Antonio en el libro, solo los anarquistas del Frente Libertario, el portavoz del sector no oficialista de la CNT, se manifestaron sin peros ante lo que definieron como un acto liberador para la clase obrera y todos los pueblos oprimidos del Estado español.

La revista El Socialista de enero de 1974 habló de tiranicidio.

3) La figura de Carrero y su papel en el régimen.

Generalmente, cuando se menciona a Carrero, la atención se centra en lo espectacular de su muerte y solo de pasada en la figura política y el papel que jugó en el régimen.

El retrato más conocido que se tiene del almirante Carrero es el de un militar con pocas medallas metido a político.

Carrero fue un leal devoto de Franco, su número dos, la “eminencia gris” desde 1941 de una dictadura represora. Un católico integrista, antiliberal, por supuesto anticomunista. Discreto y austero.

Cuando en junio de 1973 fue designado por Franco presidente de gobierno, para asegurar la continuidad de su régimen, Carrero era ya un figura gastada. Envejecido, en 1972 le confesó a López Rodó: “Los años pesan, estoy cansado y tengo la cabeza como un bombo”.

Su distanciamiento de lo que ya entonces era la sociedad española se reflejaba claramente en un escrito repartido pocas horas antes de su muerte y destinado a debatirse en el consejo de ministros en los días inmediatamente posteriores.

El escrito partía de una visión conspiratoria de la historia, mostraba su obsesión por los grandes demonios de la España franquista, el comunismo y la masonería, y advertía de su infiltración, tras años de desarrollo y modernización, en la Iglesia, en las Universidades, en las clases trabajadoras, en los medios de información y escribía literalmente “espero que todavía sin éxito en la policía y en las FFAA”. Pero lo que más disgustaba e indignaba a Carrero era el cambio acontecido en la Iglesia.

Su nacionalismo y su condición de militar formaban un todo con sus concepciones religiosas. Así se entiende que al final de su vida le dijera al cardenal Tarancón que para él era más importante ser cristiano que presidente de gobierno.

En el escrito hacía mención a la represión de la que afirmaba taxativamente que “debía ser dura”. Le obsesionaban las cuestiones relacionadas con la formación, lo que se refería a la moralización en términos genéricos, como la venta de libros y revistas contrarios al ideario propio o inmorales, se refería a los bailes y música decadentes. “Se trata, escribió Carrero, de formar hombres, no maricas”.

El orden y la unidad en torno al ejército fue la fórmula de Carrero. «Orden, unidad y aguantar” frente a los enemigos externos y «buena acción policial para prevenir cualquier subversión» interna.

Este fue el horizonte político y mental con el que se enfrentó luego uno de sus escasos receptores como fue Arias. Un franquista puro que no se llevaba con el rey, a diferencia de Carrero. Carrero no creó escuela y al final su memoria fue apropiada por lo que entonces se conocía como el “bunker”, los más ultras del régimen.

Ahora bien, además de este retrato de un Carrero inmovilista, Antonio señala, siguiendo a su biógrafo Tusell, que Carrero fue una figura muy importante y sus decisiones determinantes en tres procesos:

1) Impidiendo que la dictadura franquista, tras los intentos constituyentes del modelo fascista de Arrese en 1956, se articulara en un Estado fascista. Toda una generación de franquistas, la mayoría del Opus Dei, encabezada por el principal mentor de Carrero, López Rodó, colaboró en la institucionalización de un régimen que se ha definido como tecno-autoritario.

Y, ciertamente, Carrero desconfiaba de la falange más radical. En escritos del los años 40 aparecen constantes críticas a los falangistas, y en particular a Serrano Suñer, el cuñado de Franco. De hecho, dice Tusell, que Carrero influyó en Franco en su defenestración y contribuyó al alejamiento del modelo del partido único, como el de Musolini, a mediados de los cincuenta, y, una década más tarde propiciando junto con López Rodó y los suyos, la Ley orgánica del Estado de enero del 67, donde la administración del Estado no se subordinaba al Movimiento Nacional.

2) el segundo punto en que su papel fue fundamental es en la instauración, que no restauración, de la Monarquía en la persona de Juan Carlos. Una monarquía que nada tiene que ver con la actual. La monarquía por la que abogó Carrero es la tradicional y autoritaria, una que recogiera los valores y el espíritu del Movimiento Nacional.

3) Y, por último, fue muy importante su respaldó a los hombres del Opus Dei que impulsaron los planes de desarrollo y estabilización.

De los tres puntos me gustaría que nos detuviéramos en el primero, que tal vez sea el mas desconocido, por un lado, y, por otro, el más discutido por un sector de la historiografía y sociología. Una cuestión de mucha actualidad dado el uso y abuso que se viene haciendo de la palabra fascismo.

En el fondo está el debate sobre la naturaleza del franquismo, que en su día, como recordaréis, se concretó en las dos formulaciones más seguidas por los historiadores para definirla, la del sociólogo y politólogo Juan José Linz, que definió al franquismo, a mediados de los años sesenta del pasado siglo, como régimen autoritario de pluralismo limitado, de la que Tusell es deudor; y la procedente de la sociología e historiografía marxista, de los Tuñón de Lara, Fontana, etc., que definieron el régimen franquista de dictadura fascista.

Creo que este punto merece que le demos una vuelta porque pese a que a principios de los 90, Tusell, Aróstegui y otros consideraron que su discusión estaba agotada y era estéril, sigue vivo en algunos sectores, y ha resucitado a raíz de la escisión de Vox del PP.


                                Notas aclaratorias, de apoyo.

*Tusell ha manejado para su biografía fuentes de primera, además de una amplia documentación oficial y bibliográfica, fuentes procedentes de archivos familiares y privados (facilitados por Luis, uno de los hijos del propio Carrero) y de otros personajes destacados.

*Para algunos críticos de la biografía de Tusell, la empatía y la cercanía con el biografiado resulta excesiva.

*Javier Pradera, en la presentación en Madrid de la biografía en 1993, comentó que Tusell había sido “acaso un poco débil con al almirante” porque “se ha dejado guiar por su entusiasmo de biógrafo”.

*Años más tarde Tuñón de Lara asume que la dictadura franquista pasó por dos fases. Una primera se configuró como una variedad del fascismo, él hablaba de fascismo rural; y la segunda, como una dictadura de derechas, aunque, según afirman la mayor parte de los historiadores y analistas, no prescindió de ninguno de sus elementos fundamentales.

Para T.Lara se ha querido utilizar el término “autoritario” para hacer menos sospechoso el régimen, llegándose incluso a hablar de pluralismo. No es esta la opinión de Julio Aróstegui que considera que negar el fascismo del régimen de Franco no significa un trato favorable ni la aceptación de las tesis opuestas, el calificativo fascista, dice, no define bien al régimen ni explica de forma adecuada sus componentes.


4) ¿Qué ETA fue la que atentó a Carrero?

Así como hemos hecho el retrato de Carrero me gustaría pasar a hacer el de la ETA que lo llevó a cabo. Digo esto porque en el 73 había tres ETAs (milis y ETA VI dividida entre mayos y minos) y porque hay una idea muy extendida demasiado homogénea o monolítica de la ETA de aquellos tiempos iniciales. [Me lo volvió a confirmar, el otro día, viendo la presentación del último libro de Gaizka Fernández Soldevila (De ETA al Daes), la presentadora. Contó la existencia en el libro de 9 ETAs a lo largo de su historia y quedó sorprendida del descubrimiento]

Hagamos un esquemático repaso. El liderazgo militar de ETA de los 70 de Etxabe pasó a manos de Eustakio Mendizabal (Txikia) al año siguiente. Asesinado por la policía en el 73, en plenos preparativos de la operación Ogro, el liderazgo pasa a manos de una dirección más coral. Estaban entonces: Argala, Peixoto, Txomin, Wilson, Pertur, Ezkerra, entre otros, siendo Argala y Ezkerra los que liderarían la línea militar en las respectivas escisiones del 74, entre milis y polimilis. Y, siendo a la postre, la línea militar iniciada por Argala quien dará continuación en el tiempo a ETA.

Sería interesante comentar algo sobre la composición heterogénea de aquella ETA del 73, autora del atentado.

5) ¿Qué consecuencias tuvo el atentado para ETA?

Sobre la legitimidad de la violencia.

El atentado supondrá un salto cualitativo de ETA, atentando por primera vez fuera de Euskadi y nada menos que contra el presidente del gobierno.

Las simpatías por el atentado de Carrero traspasaron fronteras y redobló su prestigio que se había visto acrecentado a raíz de las protestas contra el juicio de Burgos tres años antes.

ETA se convertirá en uno de los principales actores del antifranquismo, monopolizando en la transición el llamado rupturismo.

El prestigio de ETA aquellos años fue también el prestigio de la violencia política como recurso eficaz de lucha en la conquista de logros políticos, así como de su causa: la independencia. Algo que caló en amplios sectores de la población, en particular en la juventud.

Lo más negativo resultaría ser la legitimación de la violencia de ETA. Lo más positivo el reforzamiento de la lucha antifranquista hasta el fin de la dictadura (recuerdo que fue espectacular esos años el aumento de la militancia antifranquista, en concreto, en ETA y en los partidos de la extrema izquierda, llegando estos últimos a doblar y triplicar su militancia).

Tengo que decir que muy pocos intuimos las consecuencias tan problemáticas que pudieran derivarse de una acción como aquella, me refiero a la deriva posterior de ETA. Consecuencias que solamente con el paso del tiempo fuimos conscientes y pudimos abordar, algunos antes, otros mucho más tarde.

Además de la incapacidad de comprender los sufrimientos causados a las víctimas, tuvimos una escasa conciencia de los problemas y males que conlleva el ejercicio de la violencia, incluso de la más justificada y proporcionada por darse en unas circunstancias excepcionales (tendencia al militarismo, al autoritarismo, a la perpetuación…) y de sus consecuencias, incluidas las no queridas, tanto en el sistema político, en la evolución de la sociedad y su cultura, como en los propios que la practican y en los que la apoyan.

Es un hecho que la ETA antifranquista fue la que gozó de una mayor legitimidad social y política, nacional e internacional. El contexto de tiranía en el que surgió y se desarrolló durante esta etapa redujo enormemente los efectos negativos y trágicos tanto de su violencia, como de su horizonte político-ideológico.

El atentado de Carrero está en el centro del debate sobre la violencia de ETA porque es uno, sino el principal ejemplo, (otro sería Manzanas) que se enarbola para justificar la legitimidad de su violencia bajo la dictadura e, incluso, de su oportunidad y necesidad.

Esto nos lleva a hacernos una serie de preguntas y reflexiones que las planteo de forma abierta para debatirlas.

¿Es legítima la violencia bajo una tiranía, bajo un régimen que conculca de una forma flagrante los derechos humanos?

Los antiguos reconocían la legitimidad del tiranicidio, esto es, de la muerte del tirano como deber ciudadano en defensa de la libertad.

En mi opinión, el interrogante no tiene una única respuesta absoluta e incondicional, definitiva, afirmativa o negativa, para todos los tiempos y en todas las situaciones y circunstancias. Hay que aterrizarla a un tiempo, una situación, país y condiciones concretas, para dilucidarla en una u otra dirección.

En todo caso, hay que tener en cuenta que rebelarse, utilizar la violencia contra una dictadura o tiranía, puede ser justo pero, en según qué casos, puede que no sea conveniente. Toda violencia, hasta la más justificable no está exenta de problemas, de acompañantes perniciosos….Hay que sopesar muy bien tanto sus posibles formas como las consecuencias, y así y todo…

En el caso del tiranicidio, a la luz de la experiencia más cercana, podemos decir que la muerte del tirano no suele resolver los problemas y más bien añade otros nuevos (Irak/Libia…).

Por otro lado, el recurso de la violencia en las organizaciones de la izquierda comunista se inspiraba en experiencias insurreccionales pasadas y formaba parte de la cultura revolucionaria y de una tradición ideológica en la que la violencia estaba entre las tareas imperativas en última instancia, no solo para acabar con las dictaduras sino para llevar a cabo la implantación de un régimen considerado superior al capitalista.

Especial influencia ejercieron las múltiples experiencias guerrilleras de carácter antiimperialista, de liberación nacional o anti dictatorial que habían tenido lugar en el mundo en los años precedentes. Recuerdo el fuerte impacto que tuvo en el 73, es un ejemplo, el golpe de Estado de Pinochet contra el gobierno de Unidad Popular de Allende. Aquel acontecimiento se utilizó como argumento incontestable acerca de la imposibilidad de alcanzar cambios de importancia en la sociedad que mermaran los intereses y privilegios de los más poderosos por la vía democrática, electoral, reafirmando en esas izquierdas la necesidad estratégica de la violencia.

6) Darle una vuelta al contexto

El tiempo final de Carrero coincidió con la emergencia de una conflictividad social creciente y con una oposición política cada vez más activa, paralela a un endurecimiento de la política represiva del régimen.

Algunos hitos destacados:

-El 2 de marzo de 1974 el militante anarquista Puig Antich será asesinado, mediante garrote vil, tras un autentico “juicio-farsa”.

-El 25 de abril de ese mismo año, tiene lugar la “Revolución de los Claveles” en la vecina Portugal, un factor de enorme ilusión e impulso del movimiento antifranquista.

-Quizá la mejor expresión de las ilusiones y esperanzas populares fue la Huelga General del 11 de diciembre en Euskadi y que, pese a la oposición del PCE y de la dirección de CC OO tuvo un absoluto éxito.

-El 27 de septiembre de 1975, pese a una enorme protesta nacional e internacional, el régimen fusilaba a los militantes de ETA (p-m) Txiki y Otaegi y a los del FRAP Baena, Sánchez- Bravo y García Sanz.

-Dos meses después, el 20N, moría Franco y pocos meses después, el 3 de marzo de 1976 tuvo lugar la salvaje intervención de la policía contra la asamblea de huelguistas reunida en la iglesia de San Francisco de Asís de Vitoria-Gasteiz produciéndose cinco muertos y un centenar de heridos, muchos de ellos de bala.

7) Para acabar, podemos pasar a comentar las consecuencias que tuvo el magnicidio para el régimen y su continuidad.

Dices en el libro que el debate historiográfico se ha planteado habitualmente en términos contrafactuales, en el qué hubiera pasado si Carrero no hubiera desaparecido.

¿Habría sido posible la transición que conocemos con Carrero Blanco?

Hay quienes creen como el historiador británico Charles Powell, los historiadores Gil Pecharromán y Antonio Elorza o Juan Luis Cebrián que con Carrero todo se hubiera prolongado y no hubiera sido posible la transición.

Otros consideran que su lealtad a Juan Carlos le hubiera impedido oponerse al proceso de transición, de esta opinión era Ángel Ugarte, entonces jefe de los servicios secretos en el País Vasco, que opina que el rey tenía claro que el cambio de régimen era inevitable y Carrero nunca hubiera ido contra él. De la misma opinión es Tusell, en su biografía conjetura en que no hubiese impedido la transición democrática fomentada por el Rey.

En cambio, cuenta Ramoneda que en septiembre de 1999, en la inauguración de la exposición Días de radio Barcelona, en la que estuvieron los Reyes de España, uno de los ámbitos de la exposición estaba dedicado al atentado contra Carrero Blanco. Al entrar en este espacio, el rey Juan Carlos se le acercó a un palmo, como si fuera a hacerle una confidencia y le dijo: “Si esto no hubiera ocurrido tu y yo no estaríamos ahora aquí”. Y Ramoneda le contestó “Yo no, usted no lo sé”. “Yo tampoco”, le dijo el Rey. E insistió Ramoneda: “¿Por qué?”. “Porque las condiciones que Carrero me habría puesto yo no las habría podido aceptar”.

Como se puede ver, no reina la unanimidad en este punto.

En el libro dices, Antonio, que la contestación en u otro sentido tiene consecuencias de orden político porque afectan al propio origen de la Transición, esto es, dicho de otra forma, ¿podemos considerar el atentado como el inicio de la salida del franquismo o incluso el inicio de la democracia?.

                                                     Bilbao, 20, mayo 2021

Unthinking

Prólogo de Antonio Duplá al libro La Modernidad en la encrucijada. La crisis del pensamiento utópico en el siglo XX: el marxismo de Marx

         “Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso” (W. Benjamin)

En la “Introducción” a un reciente libro suyo centrado en cuestiones epistemológicas y teóricas sobre las ciencias sociales, Unthinking Social Sciences, I. Wallerstein explica por qué ha elegido de forma deliberada el término unthinking en lugar del relativamente cercano y más habitual rethinking. En su opinión rethink (repensar) es un procedimiento habitual en el quehacer científico y resulta insuficiente para expresar el núcleo argumental de la obra. Esa tesis central, mejor recogida por el término unthink, es la imprescindible revisión de los paradigmas decimonónicos en el terreno de las ciencias sociales. Wallerstein destaca la imperiosa necesidad de un cuestionamiento de dichos paradigmas, en particular de nociones como desarrollo y progreso, ligados al proceso de una revolución industrial, que atenazarían hoy las posibilidades de reconstrucción de unas ciencias sociales que puedan cumplir un papel crítico en la sociedad actual. Para Wallerstein solamente unthink, es decir un no pensar en los términos tradicionales, un pensar a partir de premisas nuevas y propias, de presupuestos totalmente distintos, puede permitir dar ese paso epistemológico imprescindible. Sólo entonces la historia, la sociología, la economía, etc., podrán convertirse en instrumentos útiles para analizar el mundo que nos rodea (y, para algunos, intentar transformarlo) y también será entonces cuando podamos discernir lo todavía útil de dicho utillaje de lo ya ineficaz y obsoleto. Ése es uno de los grandes debates, si no el gran debate, en los que está inmersa la izquierda intelectualmente más dinámica y viva en el mundo.

Entiendo que este libro es una aportación a ese debate abierto, de gran amplitud y complejidad, en el que su autor, Kepa Bilbao, nos introduce en una densa red de problemas, interrogantes y discusiones.

El título completo de la obra (La Modernidad en la encrucijada. La crisis del pensamiento utópico en el siglo XX: el marxismo de Marx) puede dar una idea bastante acabada de su contenido y de sus tesis.

En primer lugar, hablar de encrucijadas supone cuestionar una concepción fundamental del pensamiento moderno y de su sentido de la historia. Me refiero a la idea del progreso y a una concepción de la historia lineal, de avance incontenible e inevitable hacia mayores cotas de riqueza y felicidad. En ese planteamiento no había encrucijadas, no había bifurcaciones. El camino estaba trazado y, eso sí, se podía recorrer a mayor o menor velocidad. Pero tanto desde una óptica burguesa capitalista como de una socialista la perspectiva, y el consiguiente optimismo histórico, eran similares. Por el contrario, la encrucijada exige un alto, un análisis de las opciones posibles, una reflexión y, finalmente, una elección. Las posibilidades son varias y antes de tomar una decisión habrá que sopesar las condiciones, las circunstancias, el contexto, los factores en juego. La historia se sale pues de los supuestos raíles y recobra su historicidad. Primera clave del título y primer problema.

El segundo cuerpo analizable nos remite a un tema, el pensamiento utópico, a una situación, la crisis, y a un marco cronológico, el siglo XX. Al parecer el pensamiento utópico existía antes en condiciones más saludables y, ciertamente, en el siglo XIX, por no volver la vista más atrás todavía, utopías de diverso signo contendían entre sí. Por una parte se auguraba la riqueza generalizada de naciones y personas, prometida por Adam Smith ya a finales del siglo XVIII de la mano del capitalismo triunfante. A ella se oponía por caminos distintos pero con la misma fe y confianza históricas, la utopía socialista y comunista, que prometía un mundo de igualdad y abundancia sin explotaciones ni opresiones. Sin embargo muy distinta es la situación en nuestro siglo, recorrido casi en su totalidad y en el que se han podido ver algunas de las mayores calamidades en la Historia de la Humanidad, surgidas muchas en la civilizada Europa y gracias a los paladines de los programas de uno y otro signo. Ninguna de aquellas promesas se ha cumplido y, por el contrario, vivimos hoy en unas sociedades más y más desiguales e injustas. La paradoja añadida es que, al mismo tiempo, nunca se habían conseguido tales grados de sofisticación tecnológica que, en teoría, permitirían vivir mejor a toda la población del planeta. Ahí reside también una de las claves de esta crisis, analizada en este libro. Me refiero a la consideración del papel y las posibilidades de la ciencia. Ese impresionante avance científico actual ha sido precisamente el que ha roto el mito de la ciencia, el que ha hecho ver sus límites y su falta de neutralidad en cuanto relación social, el que ha cuestionado su inefalibilidad y su omnipotencia, que habían obnubilado a investigadores, intelectuales y líderes políticos y sociales del pasado siglo. Precisamente, si de la dimensión utópica se habla, del reino decimonónico de la utopía considerada científica se ha pasado hoy a la utopía negativa de la ciencia-ficción, cada vez menos ficticia.

Finalmente el marxismo. En la tarea de revisión y actualización del mensaje utópico y emancipatorio en la modernidad es incuestionable el papel central, aunque no exclusivo, que debe jugar el análisis crítico de la tradición marxista. Más lógica y legítima todavía parece esa preocupación, viniendo el autor de una corriente de intervención política, como es el caso, en la que el marxismo ha desempeñado un papel de primera fila. Pero el título de Kepa Bilbao delimita más el objeto de estudio: el marxismo de Marx. Porque Marx, además, ofrece el interés añadido de ser una figura plenamente integrada en la modernidad, como lo muestran sus deudas culturales, filosóficas o metodológicas, pero constituyendo al mismo tiempo, como evidencian su actuación política e ideológica, una oposición deliberada y radicalmente crítica con aspectos centrales de esa misma modernidad. El análisis de las obras e ideas del fundador (o cofundador si se prefiere) de lo que conocemos como marxismo permanece como un aspecto central de este trabajo, aunque luego también el autor se vea lógicamente arrastrado por la marea posterior de marxistas y marxismos, cuya trayectoria permite seguir las vicisitudes del pensamiento marxista en distintos contextos y circunstancias.

A partir de este título, que me he permitido interpretar para ilustrar el contenido del libro, el autor recorre y desgrana, como ya he dicho, toda una serie de problemas y debates, acompañado por una larga serie de autores, cuyas referencias y citas invitan a ulteriores búsquedas y lecturas.

Las dos partes del título corresponden a su vez, a grandes rasgos, a los dos bloques en los que está dividido el libro, el primero dedicado al marxismo, el segundo a la modernidad. En lo relativo al marxismo, el autor recorre la obra de Marx, deteniéndose en particular en los trabajos de sus últimos años y en la discusión historiográfica posterior a propósito de las distintas etapas del autor del Capital. Aspectos centrales relativos a la ética, el método o la

concepción de la historia de Marx, así como a la deuda del llamado socialismo científico con el cientifismo de la época, dan lugar a sendos capítulos en este primer apartado. Particularmente polémico puede resultar el capítulo séptimo (Ciencia, ideología y religión) en el que Kepa Bilbao apunta los paralelismos escatológicos y salvíficos entre la religión y el marxismo. Se trataría, nos dice, de dos respuestas de distinto signo ideológico pero con similitudes estructurales innegables, que prometen ambas un paraíso frente a las incertidumbres y angustias de una época dada. Cierra esta primera parte del libro un análisis de las distintas revisiones surgidas en la propia tradición marxista, desde finales del siglo pasado con Bernstein y el austromarxismo, al calor del incumplimiento histórico de ciertas previsiones y expectativas planteadas en su día por Marx.

La segunda parte se centra directamente en las discusiones de las últimas décadas, a partir propiamente de la Segunda Guerra Mundial, sobre epistemología, esto es, teoría del conocimiento, la noción de ciencia, el alcance y las limitaciones de la utopía en nuestro siglo y, finalmente, sobre el estatuto mismo de la modernidad. Las páginas donde se recogen algunas de las propuestas más importantes sobre teoría de la ciencia (Popper, Feyerabend, Kuhn) o las dudas sobre las posibilidades de un pensamiento utópico de alcance universal, siguiendo a Berlin, en realidad van preparando al lector, ya pertrechado con suficientes recursos, para afrontar el debate de más actualidad, recogido en el último capítulo. Bajo el epígrafe La modernidad en la encrucijada se aborda allí, a modo de recapitulación, la discusión entre los denominados posmodernos, por una parte, y los post o neoilustrados, por otra. Sobre la mesa uno de los temas estrella de la polémica intelectual actual, es decir, la consideración de nuestra época y, en general, del mundo moderno nacido de la Ilustración como algo superado y superable o, por el contrario, como algo reivindicable en parte y, en todo caso, perfectible. La cuestión no es baladí, pues en última instancia se discute sobre la actitud ante la realidad, sobre los valores individuales y los colectivos, sobre el alcance de las transformaciones sociales o sobre las posibilidades de enfrentarse y cómo al mundo del capitalismo tardío a las puertas del siglo XXI.

Los sectores más críticos coinciden, con distintos acentos y matices, en el diagnóstico de los aspectos más negativos de la realidad. Pero a partir de ahí, las posiciones diversas se multiplican y resulta difícil alineamientos más generales. Desde el punto de vista histórico, parece razonable pensar, por ejemplo, que el mensaje de la Revolución Francesa es un mensaje inacabado e incompleto, pero que puede servir para la reactualización de la modernidad. Pareciera entonces que se daba la razón a la tendencia neoilustrada. Sin embargo, es igualmente innegable que la crítica posmoderna ha servido como aguijón para repensar toda suerte de convenciones y dogmas cientifistas, universalistas y optimistas y para revalorizar aspectos desdeñados por los grandes sistemas doctrinales, herederos en mayor o menor grado de la Ilustración. Por ejemplo, ¿cómo reactualizar el citado programa de libertad, igualdad y fraternidad, si no es aplicado a una denuncia del capitalismo y a una crítica de las limitaciones del sistema democrático actual, así como del tradicional etnocentrismo occidental? Es posible que, como recordaba Eugenio del Río en una mesa redonda reciente a propósito de “Cambio de época, cambio de mentalidades”, lo más conveniente sea mantener una actitud crítica en ambas direcciones. En cualquier caso, es patente que el excesivo optimismo de otros tiempos ha sido sustituido por una mayor lucidez en cuanto al curso real de la historia. Queda la duda de si la lucidez es hoy (¿inevitablemente?) pesimista.

El panorama resulta inevitablemente complejo y quizá lo más útil sea plantear en términos generales los debates de mayor actualidad y recoger un buen número de posiciones representativas de una y otra corriente en liza, intentando de esa manera trazar un cuadro amplio por el que desfilan unos y otras. De esa forma quienes no nos identificamos con esta sociedad, pero al mismo tiempo nos sentimos impotentes, por débiles, para cambiarla, podemos seguir afinando y puliendo nuestro instrumentos de análisis y de combate mientras esperamos tiempos y circunstancias más favorables.

Pienso que este trabajo de Kepa Bilbao puede ayudar perfectamente a cumplir esa misión, aunque en ocasiones el estilo, un tanto brusco y excesivamente comprimido, pueda añadir alguna dificultad. Tal vez ello responda a una táctica consciente del autor, que obliga así a quien haya caído en sus páginas a releer y pensar despacio sus palabras. Eso me ha sucedido a mí y el esfuerzo creo que ha valido la pena.

                                                                                         Antonio Duplá

                                                                                Victoria-Gasteiz Enero de 1997

Un tratamiento histórico crítico del capitalismo en lenguaje muy claro

(Intervención de Joseba Luzárraga en la presentación del libro de Kepa Bilbao, Capitalismo. Crítica de la ideología capitalista del libre mercado. El futuro del capitalismo (Ed. Talasa, 2013), en el Casco Viejo de la villa de Bilbao, el 18 de abril de 2013)

                                                    Joseba Luzarraga

      (Licenciado en Económicas y Empresariales, es MSC en el Massachusetts Institute of Technology)

A mi me gustaría empezar mi presentación haciendo referencia al estilo del libro de Kepa.

En alguno de sus libros -no recuerdo ahora cuál- P. Krugman, autor al que Kepa cita en su libro, dice que en economía hay dos clases muy diferentes de libros o publicaciones. Por un lado están las artículos económicos escritos en “griego” -de manera formal, teórica, matemática- o lo que es lo mismo, escritos por la comunidad académica para entenderse sólo con el resto de la misma y, por otro, los libros de aeropuerto que todos conocemos y que están escritos en un estilo como el de “Cómo saber economía en tres días”….escritos en un lenguaje muy asequible.

Pues bien, dice Krugman que lo difícil es escribir lo que está en griego en lenguaje de aeropuerto. Es decir, poner la ciencia en lenguaje claro. Y éste creo que es el primer logro a destacar del libro. Kepa nos traslada en un lenguaje muy claro lo que ha estudiado en fuentes primarias y lo que ve en la realidad de cada día.

Además lo hace tomando partido. Es decir, y como iremos viendo, no plantea la teoría sin tomar partido científico e ideológico, pero lo hace fundamentando su posición: lo que se agradece.

Estudia por otro lado un tema clásico, pero que en estos momentos vuelve a estar de actualidad: el del capitalismo y sus crisis.

El libro opta por un tratamiento histórico del capitalismo, imprescindible para entender el sistema capitalista, porque como dice Galbraith, a quien Kepa cita varias veces en este libro: “en lo que se refiere a la economía la historia es sumamente funcional”.

Por eso me preocupa algo que he leído recientemente (aunque no sé dónde) respecto a que no se utiliza mucho la historia en este tipo de investigaciones. Si es así, me parece un craso error. A título personal diré que a mi edad algo que echo de menos es la lectura de una buena historia universal de la humanidad que evidentemente no es fácil de encontrar. Pues bien, a falta de esa historia o como complemento a la misma recomiendo el libro de Kepa para hacernos una idea completa y rápida del capitalismo, sus logros y miserias, así como su futuro.

Respecto al contenido, el prólogo hace un resumen excelente de la obra por lo que yo me limitaré a dar unas breves pinceladas sobre cómo se puede abordar el libro a partir de tres ideas básicas.

Todos conocemos las nefastas consecuencias de la crisis actual….y probablemente algunos de los aquí presentes nos podrían explicar muy bien los errores doctrinales de la versión más agresiva del capitalismo imperante en este momento: el neoliberalismo. Kepa nos lleva a este mismo escenario al final de su libro, pero parte, como él dice, de: “¿cómo empezó todo esto?”.

El libro presenta como el primer eslabón en la historia del capitalismo la obra de Adam Smith. Ya sabemos, como decía Schumpeter, que Adam Smith no aportó ideas económicas completamente originales, pero supo estar en el momento justo con la obra oportuna: La riqueza de las naciones. Como dice Kepa, Adam Smith estableció el punto de referencia para la teoría económica liberal posterior. Se hizo famoso por su: 1. defensa del libre mercado 2. su posición crítica de la intervención gubernamental y 3. por su célebre metáfora de la mano invisible que conduce al individuo al bien colectivo aunque éste no lo pretenda expresamente.

Sin embargo, ya lo apunta Kepa en el libro y lo desarrolla ampliamente, existía también el A. Smith de la Teoría de los sentimientos morales, el profesor de Filosofía Moral. Un autor preocupado por las consecuencias morales del capitalismo y cuya preocupación no parece que la hayan compartido autores modernos del neoliberalismo como Hayek.

Yo sugeriría la lectura del libro teniendo en cuenta esas tres ideas básicas a las que hacía referencia y que están relacionados con los pilares en los que se funda la eficiencia del orden capitalista. La eficiencia del sistema capitalista se fundamenta en dos instituciones: el mercado y la empresa por un lado y un supuesto de comportamiento, la racionalidad económica, que tiene su fundamento en la “codicia” en términos de Kepa.

Si dejamos de lado la empresa que no se analiza en el libro, pero que también tiene una historia apasionante, podremos comprobar que el libro va desarrollando una amplia crítica de la teoría de la autoregulación de los mercados y de la “codicia” como motor eficiente de la actividad económica.

Y en esta crítica aparece con frecuencia la figura de Keynes a quien se le dedica un amplio espacio en el libro a mi modo de ver plenamente justificado. La economía de Keynes nace fundamentalmente de su observación de la realidad y de las deficiencias que él observa en el sistema capitalista y que son inadmisibles a su juicio por distintos motivos.

¿Cuáles son estas deficiencias en relación con los pilares del sistema que aborda Keynes y que Kepa comparte y nos presenta en el libro ? Dos fundamentales:

En primer lugar, la teoría de la racionalidad económica o del así llamado “homo oeconomicus”.

Y en este punto me gustaría tomar prestadas de un pensador de izquierdas un par de reflexiones sobre la inconsistencia de esta hipótesis. Este autor define esta hipótesis del agente económico racional como sigue: “El agente económico -o sea nosotros- según esta teoría sería una especie de “robot” que toma siempre sus decisiones a partir de las reivindicaciones proporcionadas por el cálculo de maximización intertemporal de una función de utilidad que se toma como indicadora del bienestar de esos agentes”. Lo he citado enteramente para que, como dice este autor, seamos conscientes de que ni tú ni yo podríamos comprar un manojo de puerros conforme a los requisitos de esta teoría, algo que, por otro lado, ya sabemos.

A nadie se le escapa que esta teoría no es realista. Pero si no es así, la pregunta es por qué se ha mantenido durante tanto tiempo. Pues como dice este autor hay varias razones, pero hay una muy interesante que curiosamente está tomada de M. Friedman (el guru del neoliberalismo como veremos luego) y que se conoce como “instrumentalismo metodológico”.

¿Qué es el instrumentalismo metodológico? Para decirlo de una forma más plástica, voy a pedirle a Kepa que cuente el único chiste que aparece en el libro [Hay un chiste muy popular entre los economistas que según Anatole Kaletsky nos dice más sobre las causas y consecuencias de la crisis que cualquier estudio de Wall Street: Un economista, un químico y un físico naufragan en una isla. Su único alimento es una lata de frijoles, pero no tienen abrelatas. ¿Qué harán? El físico dice: «Pongamos la lata al sol, podría fundirla y hacer un agujero». «No», dice el químico. «Deberíamos verter agua salada en la tapa, podría oxidarla». El economista interrumpe: «Están malgastando el tiempo con esas ideas complicadas. Presumamos que tenemos un abrelatas».] Lo importante es, pues, el “como si”, no si la hipótesis es realista o no.

No vamos a pensar que M. Friedman era “estúpido”. M. Friedman escribió allá por el año 1953 un ensayo que todavía hoy en día constituye una referencia en el campo de la metodología de la economía titulado “Metodología de la Economía Positiva”. Aunque la contribución más reciente a este artículo nos pretenda convencer de que la metodología de Friedman es una variante de la posición filosófica conocida como instrumentalismo, lo de Friedman es “instrumentalismo metodológico” como lo argumenta definitivamente B. Caldwell.

Friedman afirma que el propósito de la ciencia es la predicción y que el “realismo” de las hipótesis no importa. “El realismo total es inalcanzable y la cuestión de si una teoría es suficientemente realista sólo se puede resolver si dicha teoría da lugar a predicciones que son suficientemente buenas para el propósito para el que se utilizan o son mejores que las predicciones que puedan producir otras teorías”.

Pues bien, hoy en día los filósofos de la ciencia rechazan el instrumentalismo no sólo desde el punto de vista metodológico sino también desde el punto de vista epistemológico.

Para decirlo con mayor claridad, los instrumentalistas no admiten que aunque no

seamos capaces de conocer si una teoría es verdadera o falsa, es de hecho verdadera o falsa. Por eso, hasta K. Popper rechazó el instrumentalismo al entender que forzaba a los científicos a abandonar la búsqueda de la verdad.

Además, desde el punto de vista metodológico hay que clarificar cuál es el propósito de la ciencia. Si como dice Friedman el propósito de la ciencia es encontrar teorías que sean capaces de predecir adecuadamente, el instrumentalismo es un instrumento metodológico adecuado. Pero si el propósito de la ciencia es el descubrimiento de teorías que expliquen la verdad el instrumentalismo no sirve. De modo que en el extremo, la preocupación por la predicción adecuada puede forzar a los científicos a preferir la correlación estadística a la explicación causal si aquella permite hacer mejor las predicciones.

Creo que los que aquí estamos compartiremos que nuestra preocupación va más allá de la idoneidad predictiva de la ciencia para admitir que estamos interesados en la búsqueda de la verdad aunque este camino sea muy largo. Por lo tanto, no queremos admitir el “instrumentalismo ideológico” por muy elegante que sea. Compartiremos, espero, que en los comportamientos humanos hay unos impulsos extraracionales que Keynes definía como los “espíritus animales”. Y cito a Keynes: “al calcular las posibilidades de inversión debemos tener en cuenta por tanto los nervios y la histeria y aún la digestión…..”

La segunda crítica que está íntimamente unida a la anterior se refiere al comportamiento de los mercados. Uno de los temas centrales del libro de Kepa es la denuncia de la teoría de la autorregulación de los mercados.

Como primera anotación a la tesis de la eficiencia de los mercados que se autorregulan hay que decir que la teoría supone que el sistema de mercados perfectamente interconectados es completo. Es decir, que existe un mercado para cada producto o servicio en todas las dimensiones y esferas de la vida social. Afortunadamente podemos decir que esto no es así y que lo humano es más que lo puramente económico, ya que de no ser así hoy no estaríamos aquí reunidos.

El análisis y hasta la reivindicación de Keynes e incluso de los post-keynesianos que se hace en el libro con respecto a esta crítica de la autorregulación de los mercados es abundante y detallada.

Keynes nos dice que no es correcto deducir de los principios económicos que el propio interés debidamente informado actúa siempre para el bien común.

Como dice Kepa, la novedad radica en que Keynes está convencido de que “la incertidumbre y la consiguiente inseguridad social y política son la norma y no la excepción en las economías capitalistas”. Por ello, la intervención, sobre todo para gestionar la demanda, es la condición necesaria para el bienestar económico y para la supervivencia de los mercados. Frente a Hayek, uno de sus oponentes y pioneros del neoliberalismo, el capitalismo era para Keynes el mal necesario guiado por una necesidad poco agradable como es el “amor al dinero”.

Ahora bien, aunque Keynes escribió un Tratado que, como dice Kepa, significó un acontecimiento de impacto similar al de la Riqueza de las naciones, su enfoque básico fue más bien práctico y no tanto puramente teórico. Quizá por ello el Tratado se convirtió en la referencia fundamental de la política económica durante muchos años.

Los resultados históricos de este planteamiento keynesiano y el bienestar social que se generó desde el año 1945 hasta mediados de los 70, en parte debido a estos planteamientos de intervencionismo selectivo, se detallan ampliamente en el libro.

Sin embargo, esta época de prosperidad llegó a su fin a mediados de los 70 y después de una época de altibajos ha terminado en una crisis de enormes proporciones como la actual.

Así como la época de prosperidad que va desde 1945 a mediados de los años 70 puede relacionarse con las doctrinas keynesianas y las del Estado de bienestar, ¿podemos identificar alguna escuela como responsable de las excesos de estos últimos años que han desembocado en la terrible crisis actual? Kepa le dedica a esta nueva escuela, al neoliberalismo, dos capítulos muy interesantes. Identifica a dos pensadores clave, Hayek y Friedman, y a dos ejecutores de sus teorías por todos conocidos, M. Thatcher y R. Reagan.

En efecto, si la crítica que hemos apuntado se puede aplicar a la teoría neoclásica, debería ser más rotunda cuando nos referimos a la versión actual de la misma, al neoliberalismo, que ha llevado al extremo, como hemos apuntado, algunas de las hipótesis más discutibles del sistema capitalista. Creo que el neoliberalismo, al no admitir las deficiencias del sistema capitalista, ha representado el mundo como el ideal de un “fundamentalismo económico” que ha degenerado en una ideología.

Esta radicalización respecto a las teorías neoclásicas es muy clara en lo que se refiere al planteamiento moral de este “orden económico” que es el sistema capitalista. Dice Hayeck que la moral no es necesaria porque este orden es neutro. El sistema no es ni bueno ni malo. Es eficiente y punto. Ya lo advierte Kepa: suele ser corriente entre los teóricos liberales separar economía y moral y ver la moral como algo dañino cuando se la introduce en la esfera económica. Sin embargo, esta posición radical no era compartida por pensadores como A. Smith como espero que lo puedan compartir hasta los más neoliberales.

Y esta neutralidad no es admisible. Cualquier sistema tiene que tener su justificación, su anclaje fuera de sí mismo: lo dijo Godel ( a quien M. Friedman cita en su famoso trabajo antes citado) en su segundo teorema. Y un sistema que afecta directamente a la vida social tiene que tener su anclaje en la moral. De hecho, autores como Keynes entendían la economía como una disciplina de la filosofía moral. Sólo el fundamentalismo de la nueva corriente neoliberal lo ha dejado de lado. Ahora bien, la fundamentación debe basarse en una moral que a su vez tenga sus raíces en la realidad de los conflictos y las pasiones humanas.

Los “resultados” que la colaboración de estas ideas de Hayek y Friedman y las políticas de Pinochet, Thatcher y Reagan produjeron en Chile, Reino Unido y Estados Unidos se detallan en el capítulo 6.

Finalmente un comentario sobre la crisis. Cuando Kepa habla de la crisis del pensamiento económico dominante hoy día, en el capítulo 8, nos dice que la crisis actual arranca precisamente de la desregulación de los mercados financieros soportada por toda una teoría de eficiencia de la desregulación que contribuyó a desarmar a los Gobiernos y a eliminar las cautelas frente a los riesgos y la incertidumbre.

Y a mi me parece que este es un resumen muy acertado de las causas clave de la crisis actual. En el origen de esta crisis está, no hay duda, la incapacidad y la dejación de los gobiernos para enfrentarse a los riesgos financieros por la debilidad en que se encuentran debido a la brutal desregulación y al desconocimiento de tales riesgos, debido en parte a la complejidad de los mismos y a la dejadez de su responsabilidad política.

En cuanto a la crisis, hay amplias e interesantes citas de autores tan importantes como Krugman, Stiglitz, etc. y hasta del viejo Kindleberger (a quien no dieron el Nobel a pesar de que probablemente lo tuvo bien merecido) todos ellos de algún modo relacionados con el MIT que de forma contundente repudian científicamente el pensamiento de esta nueva corriente y las funestas consecuencias que algunos comportamientos fomentados o tolerados, al amparo de estas ideas, están teniendo para los más indefensos.

Por supuesto hay también al final, como no podía ser menos, un análisis muy interesante sobre la globalización y sus consecuencias y un descubrimiento de un autor que presenta algunas ideas muy claras sobre este fenómeno y sus consecuencias así como el trilema de la globalización, soberanía nacional y la democracia: el profesor de la escuela de gobierno de Harvard D. Rodrik. Yo no lo conocía y espero seguirle de cerca en el futuro

Eta azkenik, betiko galdera datorkigu burura, zein den kapitalismoaren etorkizuna eta zer egin behar dugun.

Kepak proposatzen diguna ezagutzeko liburua erostera animatzen zaituztet, halere bertan irakurri ditzakegun pare bat gauza aurreratuko dizkizuet.

Kepak lehenbizi adierazten digu sistema kapitalista oso moldakorra dela. Egokitzeko gaitasun handia duenez ez da erraza zein etorkizun izango duen asmatzea. Etorkizun posible hauetariko bat Keynes-ek aurreratua izan liteke, halaber demokrazia liberal eta kapitalismoak duten aukeretariko bat sozialismorantz hurbiltzea dela.

Bigarrenez historiak gaur egungo egoera ulertzen lagundu arren etorkizunerako hutsik egiten ez duen gida ez dela idazten du. Gure betebeharra bidezkoagoa den sistema baten alde lan egitea da.

Erakundeak eta gizartea aldatzeko lan egin behar dugula jakin behar dugu, horrela jokatu ezean badakigulako zer datorkigun: dagoeneko orainaldi bilakatu den eta maila guztietara heltzen den txirotasunez beteriko etorkizuna.

Eta horretarako Keparen liburua erosiz argi izan dezagun zergaitik heldu garen honaino, Keynes-ek, beharbada apur bat “inuzente” zioen bezala: «konbentziturik bainago sorturiko interesen boterea asko puztu dela ideien transgresioak…. manipulazioak suposatzen dutenarekin alderatuz».

* Traducción al castellano: Y para terminar la clásica pregunta, ¿cuál es el futuro del capitalismo y qué debemos hacer?.

Pues para que podáis conocer lo que Kepa propone yo os animo a comprar el libro aunque sí voy a anticipar un par cosas que aparecen en él..

La primera apuntada por Kepa es que el sistema capitalista es muy versátil y tiene una gran capacidad de adaptación por lo que no es fácil adivinar su futuro. ¿Podría ser una de estas opciones de futuro la insinuada por Keynes de que la democracia liberal y el capitalismo contienen muchísimas posibilidades entre ellas una aproximación al socialismo?.

La segunda es que la historia que nos ayuda a comprender el presente no es una guía infalible del futuro. Nosotros debemos trabajar por un sistema más justo.

Debemos ser conscientes de que hay que trabajar por cambiar las instituciones y la sociedad ya que de lo contrario sabemos que nos espera un futuro que ya es presente de mayor pobreza en todos los órdenes.

Y para ello tengamos claro por qué hemos llegado hasta aquí comprando el libro de Kepa porque como decía Keynes, no sé si un poco ingenuamente: “estoy convencido de que se ha exagerado mucho el poder de los intereses creados cuando se compara con la transgresión de las ideas…” .

Años de plomo

AÑOS DE PLOMO

Por Juan Tomás Enciondo

1.- Viví personal e intensamente todo el período que abarca el trabajo histórico de Kepa Bilbao Ariztimuño en Años de plomo. La excepcionalidad vasco-navarra en la transición, 1975-1985 (Gakoa, 2020). Como que tenía 20 años en el Mayo 68. Ese mismo año ya cursaba los estudios de Políticas en Madrid. Allí comencé a participar en movimientos estudiantiles y de barrio, aunque seguía con un ojo muy puesto en lo que se cocía en Euskal Herria. Era un “vasco” en Madrid, lo que por cierto entonces daba cierta puntuación positiva en los ámbitos progres.

De vuelta a casa en 1972 me integré en el asociacionismo vecinal, concretamente en la AAVV Kareaga Goikoa de Basauri, mientras continuaba estudios y ejercía mis primeros trabajos precarios. Participé modestamente en la consolidación del movimiento de AAVV y FF de Bizkaia y fui vocal de la junta de su Federación.

Miembro fundacional (1974) de la Comisión de Defensa de una Costa Vasca No Nuclear, precisamente en calidad de representante de la Federación de AA de Bizkaia, para lo que fui designado junto con el dirigente de la AAFF de Rekalde Carlos López. Poco a poco la frenética actividad de la Comisión me fue restando intensidad en la dedicación a la Asociación de Kareaga Goikoa y a la Federación. Hacia 1977 las AAVV dejaron de participar activamente en la lucha antinuclear siendo sustituidas por los Comités Antinucleares, con lo que la representación de la Federación de AAVVFF en la Comisión se hizo mas bien simbólica. No obstante seguí militando activamente, pero sin responsabilidades directivas, en el movimiento vecinal, si bien entre los años 76 al 81 me tocó vivir en el seno de la Comisión de Defensa la intensa e interminable pelea por la desnuclearización de nuestro país. Y tanto el asociacionismo vecinal como en especial la Comisión fueron una buena atalaya para conocer, sentir y participar la realidad de esos “años de plomo”.

Nunca milité en ningún partido político. Siempre me sentí algo así como un mero mandatario de la sociedad civil organizada. Desde esa no militancia de sigla sufrí intensamente de las intrigas partidarias y las peleas de los partidos por acaparar influencia en las plataformas populares.

2.- La Comisión de Defensa de una Costa Vasca No Nuclear ha sido uno de los (seguramente) muchos ejemplos de la capacidad que la sociedad civil tiene para auto organizarse, para aunar personas y colectivos dispares y plurales en pro de una (inicialmente) utopía, pero con una dedicación, constancia, preparación, creatividad e imaginación que logran implicar a una parte muy notable de la sociedad en aras a una reivindicación justa, irrenunciable e inaplazable. Y todo ello con el empleo de los únicos instrumentos a su alcance como la fuerza argumentativa científicamente contrastada, la utilización hasta el límite de la pelea jurídica, la movilización y la resistencia pacífica. En el caso de la controversia nuclear que se desarrolló en nuestra comunidad entre los años 1974 y 1984, la actuación de la sociedad civil organizada en oposición a los proyectos electronucleares, fue modélica y, tal vez, sin parangón en otras sociedades de nuestro entorno. La organización y la tenacidad consiguieron paralizar una estrategia diseñada por las empresas eléctricas y el estado franquista para imponer un modelo energético y de desarrollo socioeconómico, que pretendía esclavizar nuestro pueblo por siglos y someterlo a riesgos que podrían alcanzar la misma desaparición como tal. La Comisión de Defensa supo desde un principio componer un equipo de trabajo muy compensado, plural, de personas muy formadas y maduras, y supo transmitir el mensaje con rigor y contundencia. Dispuso de un grupo excepcional de asesores, tanto en materia jurídico/administrativa, como en el ámbito científico, desde el que se estuvo al corriente de todas las ideas e iniciativas antinucleares y con el que se obtuvo una eficaz labor divulgativa y comunicativa.

No se puede obviar el peculiar contexto socio político y cultural emergente, bien descrito en AÑOS DE PLOMO, que empujaba a todo un pueblo hacia su libertad y emancipación. Contexto que propició sin duda un caldo de cultivo para la conciencia y la movilización antinuclear. La fuerza alcanzada por la lucha contra las centrales nucleares en los momentos previos a la implantación de los partidos, hasta pongamos 1978, hizo que la sociedad civil pudiera seguir mucho tiempo organizada al margen o mas allá de los partidos, lo que le permitió mantenerse coherente y sin divisiones patentes.

Y la intervención de ETA, intensa, gradualmente creciente, llegó en algún momento a adquirir una apariencia de liderazgo absoluto del movimiento popular. Sin embargo no sería razonable concluir que la paralización de los proyectos y en especial el de Lemoiz, se debiera única ni principalmente a la dura ofensiva armada de ETA y algunos otros grupos, tal como aún hoy alegan quienes en su momento apoyaron la locura pronuclear y los que se ven todavía hoy en día favorecidos por el relato “oficial”, sino que el mérito principal del triunfo antinuclear hay que atribuírselo a la contundente y eficaz movilización popular. La propia ETA y las otras organizaciones fueron conscientes de que iban a remolque de la sociedad civil y, a su modo, trataron de romper por la fuerza la razón de la fuerza esgrimida por los promotores y colaboradores de la nuclearización.

3.- La Comisión de Defensa, a lo largo de esa década, publicó un sinfín de documentos, informes, comunicados… y tuvo la precaución y habilidad de recogerlos y concentrarlos en tres libro/informes: “HACIA UNA COSTA VASCA NUCLEAR? EL CASO DE LEMONIZ” 1977, “EUSKADI O LEMONIZ” 1979 y “LA CONTROVERSIA NUCLEAR LEMONIZ” de 1981. Además, quedó completado aunque pendiente de publicación un cuarto informe que recopila lo concerniente al último período, hasta 1984. El resto de la documentación generada en esa década de movilización, artículos y bibliografía científica, informes, recursos y resoluciones administrativas y judiciales, carteles, pasquines, pegatinas, material fotográfico y audiovisual, recortes de prensa, diversas obras de arte entregadas por los artistas al movimiento… componen un conjunto documental muy voluminoso y enormemente valioso. Todo ello ha sido aportado al patrimonio fundacional de “ENADEN BEGIAK FUNDAZIOA”, constituida en 2018 con sede en Ea, Bizkaia, y con finalidad de recoger el legado derivado de esa larga lucha y promocionar toda clase de iniciativas por el cambio de modelo energético, la sostenibilidad y reversión de la inexorable crisis medioambiental. Entre los cometidos de ENADEN BEGIAK FUNDAZIOA figura el de crear un “centro de documentación” que haga posible el análisis y la investigación de lo que supuso realmente el movimiento antinuclear, a fin de que las nuevas generaciones conozcan lo que realmente ocurrió y pueda extraer de ello precedentes utilizables en el vigente marco de la lucha medioambiental. Es decir que el paso dado por la Comisión va en la línea de colaborar en una interpretación fiel del período histórico al que se refiere AÑOS DE PLOMO, desde la perspectiva de un sector de la sociedad civil vasca organizada.  

Dicho lo cual…

La lectura de AÑOS DE PLOMO me ha satisfecho en muchos aspectos. Es un trabajo de historia muy documentado, riguroso, exhaustivo. Pese a su evidente intencionalidad científica se lee con facilidad. Claro que, como cualquier análisis histórico y no podría ser de otra manera, se evidencia la óptica ideológica de partida, sentido de pertenencia al pueblo vasco y de izquierdas, opción absolutamente legítima para analizar la historia, con la que en términos generales me identifico y que no resta un ápice de objetividad y rigurosidad. Lo cual no significa que se manipule el relato en aras a sustentar posiciones políticas necesitadas de que los hechos, en especial, la intervención de la sociedad, no hubiera sido la que realmente fue. Concretamente la mayor parte de los trabajos recientes sobre la movilización antinuclear, incluidos algunos documentales y programas de EITB, sólo tratan de minimizar la movilización y maximizar la influencia de la lucha armada hasta el punto de invalidar la propia reivindicación para reducirla a una estrategia terrorista.

Para mi, AÑOS DE PLOMO recopila hechos, acontecimientos, informaciones e interpretaciones de los hechos que se compadecen con lo que yo viví con intensidad y con lo que he digerido y reflexionado posteriormente en el transcurso y en la distancia de los años (que por cierto han seguido siendo “de plomo”, finalmente sin balas pero siempre con mucho sufrimiento para el conjunto de la comunidad).

El problema que tiene abarcar un período tan largo e intenso de la historia de un pueblo es que hay que dejarse mucho en la gatera, que te obliga a resumir, elegir, simplificar… Por eso es tan difícil dar una visión de conjunto suficiente y plenamente satisfactoria.

Y el trabajo de historiador obliga necesariamente a contar la sucesión de los hechos, su concatenación lógica y el testimonio de los testigos. La historia escrita se basa al menos en dos premisas: la correcta elección de los acontecimientos acaecidos, narrados e interpretados por sus testigos, principalmente a través de los medios de comunicación y los analistas, y en el rigor científico-técnico del propio historiador. Pero con ello y en el mejor de los casos (años de plomo lo es) se logra transmitir sólo una parte de la realidad, aquella que es perceptible con los instrumentos de la razón. Raramente se puede narrar la historia completa, la que además comprende la parte sensorial subjetiva, esto es lo que realmente vivió la comunidad como individuos y conjunto de personas, los sentimientos y las sensaciones, así como el grado de influencia de las mismas en el devenir de los acontecimientos. Sin duda son mejores historiadores los poetas, los cantantes y cómo no, los bertsolaris, aunque no sigan un relato sistemático e inmediatamente comprensible.

Pero también los que vivimos todos esos años despiertos, asustados e ilusionados, golpeados y eufóricos, derrotados y puntualmente victoriosos… podríamos (deberíamos) participar en la narración de la historia y saber comunicar sencillamente lo que vivimos y cómo lo hicimos.

Desde la Comisión, me imagino que desde otras muchas plataformas de lucha y reivindicación, las mujeres, el euskara y la cultura, las organizaciones de la sociedad civil de todo género, siempre nos ha preocupado la transmisión y la comunicación del legado construido a las nuevas generaciones. No bastan los libros, ni los centros de documentación. Hay que transmitir el relato del conjunto de las sensaciones, emociones, frustraciones. Comunicar cómo supimos organizarnos, motivarnos, ilusionarnos, implicar a gente de todo tipo y condición, además de grandes artistas e intelectuales en las movilizaciones. Hacer ver que en esos años del plomo mucha gente, mucha, se afanaba cada día por poner su granito de arena en la tarea de sacar adelante a este pueblo.

La contribución de libros como “AÑOS DE PLOMO” junto a la de otras publicaciones que analizan las aportaciones de los literatos y cantantes en esa época, de los documentales como EZ, ESKERRIK ASK0 GLADYSEN LEIHOA y otros muchos, de las entrevistas y testimonios gráficos, es fundamental. Pero tiene que ir acompañada de una revisión profunda de las actitudes, las emociones, el ingenio y la inventiva de aquella generación que participó intensamente en la llamada “transición” desde la primera línea de las organizaciones de la sociedad civil.

Posiblemente saldrían muchas lecciones que, aprendidas hoy en día por los actuales activistas sociales, nos pondrían en mejores circunstancias para afrontar los retos vigentes y, muy especialmente, el reto máximo al que se enfrenta la humanidad de revertir la catastrófica deriva medioambiental.

Lekitto, 2020, 06, 29 (Sanpedro eguna)

Notas sobre Hobsbawm y el libro ¡Viva la Revolución!

 A Eric Hobsbawm le empecé a leer y estudiar a principios de los 90 del siglo pasado. Es un historiador marxista especialista en el siglo XIX y XX del continente europeo: industrialización en Europa, revolución burguesa, movimiento obrero, Marx… Como anécdota diré que de joven viajó a España en bicicleta para ver qué pasaba y sumarse al bando republicano. En la frontera fue detenido, interrogado y expulsado por una patrulla anarquista, que lo creyó un espía.

   Desde 1936, junto a Maurice Dobb, Hilton, Hill, E.P. Tompson y otros, formó parte activa del grupo de historiadores del Partido Comunista Británico (PCB). En 1956, con motivo del XX Congreso del PCUS y el discurso de Kruschev sobre Stalin, la invasión de Hungría por la URSS y la fracasada oposición a ésta por parte del PCB, la mayoría del grupo de historiadores (Hilton, Hill, Tompson…) abandonarían el partido, junto a miles de comunistas británicos. En cambio, Dobb y Hobsbawm no lo hicieron hasta su disolución en 1991 porque, como el mismo Hobsbawm diría más tarde, “creía en la necesidad de un partido fuertemente organizado”.

   De su obra resaltan líneas de investigación como la industrialización y expansionismo del Capitalismo, rebeldes y bandidos, el fenómeno de las naciones, el nacionalismo y la invención de la nación moderna[1].

   Rebeldes primitivos (1959), un estudio sobre las formas arcaicas de la protesta social organizada en los siglos XIX y XX, centrada en el sur de Italia y, su ampliación, Bandidos (1969), son sus dos primeras obras de historia social, fuera del ámbito de la historia económica que fue en la que más trabajó.

   La interpretación de Hobsbawm sobre el bandolerismo social del tipo que encarna Robín Hood, el ladrón noble, rompe con la tradición historiográfica que considera como mero delincuente, un “fuera de la ley”, a todo participante en las luchas armadas contra el poder establecido, situando en un primer plano, en el campo de la investigación histórica, a movimientos sociales que habían sido relegados al anonimato de los archivos policíacos, las páginas sensacionalistas de los periódicos, leyendas, relatos y cantos populares. Conceptualiza el bandolerismo social como una de las formas más primitivas de protesta social organizada, quizás la más primitiva, y sitúa este fenómeno casi universalmente en condiciones rurales, cuando el oprimido no ha alcanzado conciencia política, ni adquirido métodos más eficaces de agitación social pero se enfrenta al Estado y a sus agentes, policías, soldados cobradores de impuestos, lo mismo que a terratenientes, mercaderes y sus afines, desde sociedades en los que los lazos de solidaridad basados en el parentesco y la territorialidad, no han dejado de existir.

   Sus obras más importantes, las que le dieron la reputación a nivel internacional de la que gozó como historiador son la serie formada por La era de la revolución, 1789-1848 (1962) La era del capital, 1848-1875 (1975), La era del imperio, 1875-1914 (1987) a la que se puede añadir Historia del siglo xx (1994). Escribió su último libro en 2011 bajo el título “Cómo cambiar el mundo”.

   Hobsbawm no es un especialista en la historia de América Latina, un latinoamericanista, pero sí se interesó mucho, en especial en las décadas de 1960 y 1970 por ese continente, y escribió algunas cosas fruto de sus viajes turísticos, aunque del conjunto de su obra, no es lo de mayor valor. Consideró en su tiempo América Latina como un laboratorio del cambio histórico y de experiencias políticas. Como muchos, entonces, andaba en busca de la Revolución. Lo que sorprende, sin embargo, es el poco espacio que le dedicó a Latinoamérica en sus historias generales del mundo contemporáneo.

   Viajó a Cuba por primera vez en 1960 en calidad de miembro del Partido Comunista Británico invitado por Carlos Rafael Rodríguez, una figura relevante del Partido Comunista Cubano que se había unido al Movimiento 26 de Julio en la Sierra Maestra. Hay que tener en cuenta que Hobsbawm además de miembro del Partido Comunista de Gran Bretaña fue fundador del Comité Británico-Cubano. Al regresar a Londres en octubre, además del correspondiente informe ante el Comité de Asuntos Internacionales de PCB, escribió un artículo para New Statesman en el cual describió la Revolución Cubana como «un espécimen de laboratorio único en su tipo (un núcleo de intelectuales, un movimiento de masas de campesinos)»; algo «notablemente alentador y que se hace querer», que «excepto que los Estados Unidos intervengan militarmente» hará de Cuba, «muy pronto», «el primer país socialista en el hemisferio occidental»

   Entre el 1962 y 1963 hizo una estancia en varios países de América del Sur, visitó sobre todo Perú, Colombia y Brasil, un poco como historiador, buscando nuevos ejemplos de sus “bandoleros” y “rebeldes primitivos”, pero sobre todo con la esperanza de ver crecer y madurar los brotes de la insurgencia. Regresó de su primera visita a América del Sur convencido de que estaba destinada a convertirse en «la región más explosiva del mundo» en la década siguiente. Lo impresionaba en especial el potencial para la revolución de los movimientos campesinos en Perú y, sobre todo, en Colombia, que eran «virtualmente desconocidos en el mundo exterior».

   Hobsbawm respecto a Cuba apenas dice gran cosa. Lo hizo con buena parte de los paradigmas manejados en la época por la izquierda europea. Señala que, en los orígenes, Fidel era un líder populista de izquierdas: Aunque radical, ni Fidel ni sus camaradas eran comunistas, ni (a excepción de dos de ellos) admitían tener simpatías marxistas de ninguna clase. De hecho, el Partido Comunista cubano, el único partido comunista de masas en América Latina aparte del chileno, mostró pocas simpatías hacia Fidel hasta que algunos de sus miembros se le unieron bastante tarde en su campaña. Las relaciones entre ellos eran glaciales. Los diplomáticos estadounidenses y sus asesores políticos discutían continuamente si el movimiento era o no pro comunista -si lo fuese, la CÍA, que en 1954 había derrocado un gobierno reformista en Guatemala, sabría qué hacer-, pero decidieron finalmente que no lo era.

   El Partido Comunista, que no lo había apoyado, le suministró la organización y los cuadros necesarios para gobernar. Ese apoyo, y la cruzada anticomunista que lanzó Estados Unidos, volcaron a Castro al comunismo. Eso es todo lo que dice de Cuba. Es especialmente crítico con el Che y la teoría del “foquismo”. La considera una estrategia equivocada y, afirma, que costó vidas, cuadros, organizaciones y, sobre todo, que malogró oportunidades alternativas. Esto lo escribe en el 68, poco después de la muerte del Che. En el esbozo que hace de él dice que no tiene nada que ver con el mito del joven romántico, libertario y vanguardista que ya despuntaba. En su opinión, su modelo fue Lenin: análisis riguroso de la situación y una estrategia desarrollada con decisión, sin consideraciones sentimentales que obstaculizaran hacer lo que era necesario. Su muerte, dice, no se debió al sacrificio por una noble causa, que le atribuye aún hoy la posteridad, sino a una evaluación errónea de la situación. El gran error, añade, de quienes adoptaron el guevarismo fue no advertir que el triunfo de la revolución en Cuba modificaba las circunstancias objetivas, al poner en alerta a Estados Unidos y a los gobiernos locales, que aprendieron los métodos de la contrainsurgencia. La Revolución Cubana no tenía muchas probabilidades de ser copiada en otros sitios de América Latina: «Sus condiciones fueron peculiares y nada fáciles de repetir», escribió.

   Tras considerar el fracaso de Cuba. Hobsbawm en los 70 sigue buscando la revolución. Analiza dos casos que no encajaban en los manuales: la revolución peruana iniciada en 1968 por los altos mandos militares, y la transición democrática al socialismo del Chile de Allende. La asesina dictadura chilena de 1973, a la que siguieron similares dictaduras en otros países del área, cerró el ciclo de escritos sobre América Latina de un Hobsbawm desencantado de su sueño revolucionario. Estos regímenes militares de los setenta, caracterizados por su violencia y crueldad, fueron consecuencia, en opinión de Eric, del temor de las oligarquías locales a las masas urbanas movilizadas por los políticos populistas y los movimientos de la guerrilla armada rural inspirados por el Che y Castro, junto con el temor de los Estados Unidos a la propagación del comunismo en América Latina a consecuencia de la Revolución Cubana y en el contexto de la Guerra Fría. Todos los golpes sudamericanos fueron «apoyados con fuerza, acaso organizados, por los Estados Unidos»

   Continuó viajando, en especial a Perú, México, Colombia, Chile y Brasil, para dar conferencias, para participar en seminarios, para promocionar sus libros -traducidos todos al español y al portugués-, para recibir homenajes de las autoridades, pero prácticamente no volvió a escribir sobre América Latina. Solo lo hizo en Años interesantes, sus memorias publicadas en 2002, diez años antes de su muerte. El único país del que Eric se siguió ocupando fue Colombia. Un movimiento guerrillero de la vieja escuela, dirigido por el Partido Comunista y sostenido por el apoyo de los campesinos y los peones rurales, las «formidables y destructivas» Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) habían sobrevivido a la década de 1960 y habían cobrado fuerza en la de 1970 y los comienzos de la de 1980. Además, se le habían sumado otros movimientos guerrilleros: el Ejército Popular de Liberación (EPL), maoísta; el Ejército de Liberación Nacional (ELN) de inspiración cubana, y el Movimiento 19 de Abril (M-19). Pero la lucha armada no había logrado que Colombia se acercara a la revolución social. Sin embargo, Brasil resultó el país que atrajo la atención, y el afecto de Eric cada vez más. Brasil parecía ser la última oportunidad de América Latina, si no para la revolución social, al menos para una transformación social de importancia. El crecimiento sostenido del PT bajo la dirección de Lula era suficiente, escribió Eric en Años interesantes, para «alegrar el corazón de la vieja izquierda»

   Aquellas ilusiones de los años 70 se fueron enfriando con el paso de los años y ya en los últimos textos asume, a pesar de las buenas palabras dedicadas a las FARC, que la revolución anhelada no va a llegar. La decepción con Cuba, sus críticas al foquismo vanguardista que se quería exportar al resto de América Latina o a la guerrilla, su escepticismo por los proyectos de la Unidad Popular y la vía chilena al socialismo y del Partido de los Trabajadores (PT) brasileño, muestra una cierta frustración e impotencia con la evolución histórica regional, con la revolución que no fue o no pudo ser posible: “La revolución, dice, tan esperada, y en tantos países necesaria, no sucedió, asfixiada por los militares indígenas y los Estados Unidos, pero no menos por la debilidad interna, la división y la incapacidad”.

   Este desencanto apagó el interés de Eric Hobsbawm por América Latina. Siguió sin hacer un balance de Cuba, y su ilusión sobre la revolución campesina se quedó sin base. Eric sintió cierta simpatía por Hugo Chávez en Venezuela, pero más por su oposición a los Estados Unidos, y por el hecho de que lo apoyaban los remanentes del Partido Comunista Venezolano, que porque confiara en que construiría una sociedad socialista en ese país. Nunca visitó Venezuela en el período de Chávez,

   En 2002, celebró con champagne el triunfo de Lula en Brasil; entonces le preguntó a su amigo Leslie Bethell (el recopilador de los artículos del libro Revolución) si no debían esperar una nueva desilusión. Hobsbawm murió en 2012, hoy esa desilusión se hubiera visto confirmada con la victoria de Bolsonaro. ¿Qué hubiera dicho y escrito hoy Hobsbawm, si viviera, sobre Venezuela, Colombia o Brasil?

   Antes de morir dejó instrucciones para que se publicara una recopilación de sus artículos, ensayos y reseñas sobre América Latina. ¡Viva la revolución! es un popurrí de artículos y escritos varios sobre América Latina, más políticos que académicos: artículos de revista, largas reseñas críticas, un artículo en el New Statesman sobre la Revolución cubana (pero de octubre de 1960, poco podía decir de Fidel y la actuación del Gobierno) ensayos en obras colectivas o fragmentos de sus propios libros, recogidos por su colega, camarada y amigo Leslie Bethell con ese título. La mayoría de los artículos incluidos fueron escritos entre 1960 y 1974. Hay mucho que queda fuera del alcance del libro: las guerras y genocidios centroamericanos de la década de 1980 (Guatemala, Salvador Nicaragua), así como la «marea rosa» que azotó la región en la década de 2000, desde Venezuela hasta Argentina, desde Brasil hasta Nicaragua.

   Al final de su vida, murió con 95 años, admitió el fracaso del comunismo, pero se mantuvo fiel al ideal marxista. Como dijo de él Tony Judt, le fascinaba más el pasado que el futuro. Un pasado que pudo haber sido y no fue, por todo lo que en sus años de juventud soñó como futuro de la humanidad.

[1] Dedico un par de artículos a cómo aborda esta cuestión Hobsbawm en Crónica de una izquierda singular (De ETA berri a EMK/MC y a Zutik-Batzarre). Naciones y nacionalismos y otros ensayos (1991-2006), Kepa Bilbao Ariztimuño, p.173 y 187.

¿Marx, hoy? ¿Qué Marx?

(publicado en pensamientocritico.org, junio 2018)

El bicentenario de Marx ha sido celebrado no solo en Tréveris, la ciudad natal de Marx, sino también en numerosas ciudades y localidades de todo el mundo. Con este motivo, se han multiplicado los balances sobre la vida y obra del pensador alemán, máximo teórico de la crítica al capitalismo.

El propio itinerario biográfico de Marx ha conocido en estos días un interés renovado. Por una parte, hacía pocos meses que se estrenaba en Europa “El joven Karl Marx”, el film del haitiano Raoul Peck, y, por otra, Penguin lanzaba hace apenas dos años Karl Marx. Greatness and Illusion (Karl Marx. Grandeza e ilusión), un volumen de 800 páginas del historiador de la Universidad de Cambridge Gareth Stedman Jones, cuya versión española acaba de ser editada por Taurus. Así mismo, el filósofo alemán Michael Heinrich que participa en el proyecto MEGA 2, un monumental esfuerzo internacional para la publicación de las obras completas de Marx y Engels, formado en la escuela del marxismo crítico de Elmar Altvater, anunciaba su ambiciosa biografía intelectual y política Karl Marx y el nacimiento de la sociedad moderna. Una obra que se dividirá en tres volúmenes, de los cuales el primero acaba de salir en Alemania con motivo del bicentenario y los otros dos volúmenes están previstos para 2020 y 2022.

Marx sin “ismos”

Marx ha sido objeto de numerosas biografías de todo tipo, desde aquella pionera de Franz Mehring en 1918 hasta la de David McLellan Karl Marx. Su vida y sus ideas, publicada en 1973, considerada, en un tiempo, como la mejor y la más original. Estos nuevos biógrafos se esfuerzan por restituir a Marx a sus coordenadas históricas. Un Marx sin “ismos” que diría Paco Fernández Buey, sin los ismos que se crearon en su nombre y contra su nombre. Un Marx sin beatería, más secularizado, menos sujetado a las experiencias políticas y los sistemas ideológicos del siglo XX. Como otros biógrafos, Gareth Stedman intenta separar a Marx del marxismo, de la aplicación que de él se haría en el siglo XX. “Marx, dice el historiador, no habría aprobado los Estados autoritarios que se declaraban socialistas. Marx creía en la emancipación humana y lo que ofrecían estos países era sólo una dictadura. Lenin y Stalin manipularon sus ideas, leyeron lo que les interesó y lo mezclaron todo”. El propósito declarado de Gareth Stedman es situarle en el contexto del pensamiento alemán y europeo del siglo XIX y entender qué ha sucedido con las distorsiones, dogmatismos y malas interpretaciones que le han seguido, porque los planteamientos del materialismo dialéctico, dice, están más relacionados con la lectura de Engels que con los escritos de Marx. Sostiene que “Karl Marx no hubiera aceptado la interpretación que se ha hecho de su obra” y que el marxismo fue un invento interesado que hicieron de sus trabajos tras su muerte los socialdemócratas alemanes y, sobre todo, Engels.

Michael Heinrich, por el contrario, ha venido sosteniendo hasta ahora que si bien históricamente hablando la popularización de las últimas obras de Engels, en particular su Anti-Dühring, constituyó el punto de partida para la construcción del “marxismo”, sería un reduccionismo hacer de Engels el “inventor” del marxismo. Fue sólo bajo la presión de Bebel y Liebknecht que Engels se enfrentó en la década de 1870 a las opiniones del profesor universitario alemán Eugen Dühring, quien ganaba cada vez más adeptos entre la socialdemocracia alemana. Ya que Dühring afirmaba haber conformado un nuevo “sistema” integral de filosofía, historia, economía y ciencias naturales, Engels tuvo que seguirlo a todas estas áreas, pero no sin hacer hincapié en el prólogo para la primera edición en que su texto “no puede tener la finalidad de oponer al “sistema” del señor Dühring otro sistema”. Advertencia que cayó en saco roto. Históricamente, el Anti-Dühring acabó convirtiéndose precisamente en el punto de partida para ese “sistema” que se hizo famoso con el nombre de marxismo1. En la misma línea de protesta contra el engelsianismo, identificado con la escolástica soviética, considerado el responsable del extremismo ideológico y de la trágica historia del comunismo del siglo XX, se levanta la biografía de Friedrich Engels de Tristram Hunt El gentleman comunista (Anagrama, 2011)2.

El problema con los intérpretes de Karl Marx ha sido siempre el de distinguir entre lo que dijo, lo que quería decir y lo que sus seguidores querían que hubiera dicho.

En mi opinión, separar a Marx del marxismo, con todos los problemas que entraña, es un intento complicado pero interesante siempre y cuando no se establezca una diferencia absoluta. Marx está en el marxismo o en los marxismos, seleccionado, simplificado, caricaturizado o tergiversado, más en unas corrientes y tradiciones que en otras y más en unas personalidades que en otras. Que Marx haya pretendido fundar una cosa llamada marxismo es más que dudoso, sus últimas exploraciones nos informan que no estaba entre sus preocupaciones y que tenía la mente puesta en otros problemas: sobre la evolución histórica de la renta de la tierra en distintas sociedades, la comuna rural rusa y los recientes estudios etnológicos y antropológicos que estaban apareciendo en Alemania, EEUU, Inglaterra y Rusia. Marx no definió a su obra como marxismo, esta tarea, la “promoción del marxismo”, le tocó a Engels. En buena medida, la invención.

A propósito de “Engels fundador del marxismo”

Recién fallecido Marx, Engels confesaba a Sorge que era mejor que se lo hubiera llevado la muerte, ya que: “…vivir teniendo ante él numerosos trabajos inacabados, devorado por el ansia de acabarlos y la imposibilidad de conseguirlo—esto le hubiera sido mil veces más doloroso que la dulce muerte que se lo ha llevado…” (carta a Sorge, 15 de marzo de 1883).

Lo que encontró Engels era, según el comentario sincero que le hizo a Kautsky, una criptografía propia de un jeroglífico. La parte publicada era sólo la punta de un iceberg, menos de un tercio de su obra, que emergía de una masa sumergida de manuscritos inéditos, apuntes, una abundante correspondencia con terceros, bocetos, notas, en suma, un verdadero continente compuesto con minúscula taquigrafía, que como le escribió a Bebel “nadie más que yo puede descifrar, ciertamente, y con grandes dificultades”. Dar forma a todo ello le llevó a Engels un trabajo de once años. Si ordenó y corrigió o no los materiales como Marx lo hubiera hecho es una cuestión que posteriormente ha sido largamente discutida.

La razón para que Marx no acabara El Capital, los manuscritos de los libros II, III y IV anunciados en el Libro I y de los que, al morir, había dicho que Engels “haría alguna cosa con ellos”, se debió probablemente a un conjunto de factores, además de un problema de salud -los últimos diez años fueron una lucha permanente contra la enfermedad-, a la actitud tan exigente hacia su trabajo, a su talante riguroso para asimilar aportaciones exteriores, para adaptarse a nuevas realidades y, sobre todo, a su imposibilidad de encontrar soluciones satisfactorias a problemas teóricos con los que estuvo luchando por resolverlos hasta su muerte.

McLellan explica la interrupción de la elaboración teórica de Marx exclusivamente por razones de salud3. Para Gareth Stedman la necesidad de enfrentarse a las dificultades teóricas que sus escritos le planteaban provocaba a Marx jaquecas, insomnio y las consabidas dolencias hepáticas, sin duda, dice, “sus dolencias eran genuinas, pero está claro que le dieron una cobertura para dilatar el momento en que debería ajustar cuentas consigo mismo”4. Para Eugenio del Río no es un problema fácil de explicar, hay razones de salud, de tiempo, de dudas acerca de algunas de sus concepciones. “En todo caso, dice del Río, si es seguro que hay un Marx que duda, también lo es que hay otro que no duda respecto al edificio teórico construido”5.

Son las ambigüedades, cambios y tensiones no resueltas en los escritos de Marx, lo que legitimará a los diversos marxismos en su pretensión de apoyarse en su obra. Marx cambió de opinión muchas veces, evolucionó a través de intensas lecturas y de la confrontación con los grandes acontecimientos de su época, inmerso en un mundo ya lejano del nuestro. Cuando escribió en el prólogo al primer volumen de El Capital, “bienvenido sea todo juicio crítico científico”, no era simplemente retórica. Marx era consciente de la provisionalidad y la falibilidad de las afirmaciones científicas. “De omnibus dubitandum” –“todo debe ser puesto en duda”– escribió como respuesta a la pregunta sobre el lema de su vida para un cuestionario de moda que su hija le había dado. La enorme masa de manuscritos que dejó inéditos y las numerosas modificaciones de textos ya publicados dan testimonio del hecho de que no excluía a su propio trabajo de esa duda.

En la última década estudia intensamente. Llena decenas de cuadernos en letra casi ilegible. Se interesa por una gran variedad de temas, entre los cuales destaca, en sus dos últimos años, la situación de Rusia (tras su muerte, Engels encontró dos metros cúbicos de estadísticas rusas entre sus papeles). El Capital es una obra inconclusa, fragmentaria, a la que le faltan partes importantes por elaborar de un vasto proyecto inicial y que acabará convirtiéndose, en manos de sus epígonos, en un texto sagrado y en la ingenua creencia de que en Marx estaba dicho todo y sobre todo y, por tanto, bastaba comprenderlo.

Como escribiera Sacristán acerca de muchos de los temas en discusión de su obra “no creo que esté clara la última palabra de Marx acerca de todas estas cosas que estamos discutiendo. Creo que, a pesar de la aspiración que siempre tuvo de producir obra muy terminada literariamente -lo cual es una de las causas de que dejara tanto manuscrito inédito-, Marx ha muerto sin completar su pensamiento, sin pacificarse consigo”6.

Engels tras la muerte de Marx, se ve enfrentado con la tarea de transmitir su obra a un número creciente de jóvenes socialistas con tendencia a vulgarizarlo, se ve obligado a aceptar y simplificar el paradigma primario, a disimular sus dificultades y a definir concisamente, en vez de evaluar críticamente, sus caracteres esenciales, para facilitar así su transmisión. Apremiado por los socialdemócratas alemanes y rusos, asumió no sin resistencia la tarea de divulgar, concluir y presentar como sistema acabado una teoría en realidad en proceso, abierta e inconclusa. El “ismo” en Marx nació fundamentalmente en las revistas de partido dirigidas por Kautsky y Bernstein, en la correspondencia de Engels con Bebel, en sus textos y prólogos, así como de las polémicas del propio Engels con fracciones, escuelas, críticos, socialistas de cátedra y populistas rusos.

Para el marxismo, que sucede inmediatamente a Marx, el de su yerno Paul Lafargue en Francia, el de Karl Kautsky en Alemania, o el de Plejánov en Rusia y del que Lenin heredaría la idea del marxismo como algo definitivo y completo, Marx no interesaba como un pensador que estaba constantemente aprendiendo y desarrollando sus concepciones teóricas, sino más bien como alguien que producía verdades acabadas –”el marxismo”.

El marxismo nació, se desarrolló, se profesionalizó en escuela y en ideología legitimadora de los Partidos Socialdemócratas y de un poder político, el de la Rusia soviética, cuando la obra de Marx no era aún accesible en su totalidad e incluso cuando importantes partes de su “corpus” estaban inéditas, como fue el caso de los Manuscritos económicos y filosóficos, La Ideología alemana, los Fundamentos de la Crítica de la Economía Política (Grundrisse) y la Teoría sobre la plusvalía que no se publicarían hasta los años treinta y cuarenta7.

El marxismo se constituirá pues partiendo de un desconocimiento generalizado de la obra de Marx, dando pié a multiplicidad de interpretaciones y simplificaciones. A esto habría que añadir que la lectura de su obra era difícil lo que hacía que quienes la leían eran una muy reducida minoría. La mayor parte de los escritos de Marx son incomprensibles si se leen sin tener en consideración el contexto biográfico e histórico en el que fueron producidos.

¿Es Marx hoy relevante? ¿Qué Marx?

Marx fue un filósofo alemán, un humanista en el sentido renacentista, por la diversidad de temas y asuntos humanos que le interesaron, un analista económico, un historiador, un polemista político vigoroso, que simultaneó durante toda su vida la actividad teórica y el compromiso político.

Su obra es un compuesto de análisis social, que se quiere científico, y política. Pero, además, el tipo de análisis social de Marx influido por la idea de totalidad hegeliana, tiene una pretensión mas abarcadora que la que es normal hoy en las ciencias sociales y como política, Marx hace agitación, alienta la fe y hace profecías.

El fin de la guerra fría ha permitido que podamos leer a Marx de una manera menos partidista y prejuiciada, que nos separemos de las interpretaciones mediatizadas por el dogmatismo o la ortodoxia. En suma, que lo podamos estudiar en su totalidad, en sus errores, aportaciones, limitaciones y ambigüedades, sin canonizaciones.

No hay pensamiento humano que no sea deudor de su época, sin fisuras y contradicciones y que no conlleve una variedad de interpretaciones. En filosofía, economía y, en general, en ciencias sociales dos siglos es mucho tiempo para que alguien salga indemne de las transformaciones de todo tipo que han tenido lugar8.

El curso histórico ha desmentido algunas de sus teorías y predicciones, pero también ha revelado algún acierto teórico, algunas ideas originales -en el sentido, siempre relativo, en que se puede hablar de original en la historia de las ideas- y sugerencias valiosas.

El legado más positivo y original de Marx es su concepción de la historia, columna vertebral de su pensamiento, en especial su noción del papel desempeñado por el desarrollo tecnológico. Sin embargo, ya en vida de Marx hubo epígonos que distorsionaron esta concepción convirtiéndola en un mero determinismo económico y fue esa caricatura, que pretendía descifrarlo todo a partir de la acción de factores económicos lo que tuvo más éxito en el marxismo que se difunde a finales del siglo XIX con el nombre de materialismo histórico9. Si el enfoque peculiar de Marx, no la mala copia, se toma como una vía entre otras para aproximarse a las realidades históricas y sociales, puede resultar provechosa. Para Kolakowski, este denominado materialismo histórico: “es un principio heurístico valioso, que obliga al estudioso de conflictos y movimientos de todo tipo -políticos, sociales, intelectuales, religiosos y artísticos- a relacionar sus observaciones con los intereses materiales, incluidos los derivados de la lucha de clases (…) Si esto es obvio, es porque el marxismo lo ha hecho obvio (…) Reconocer dentro de unos límites la validez del materialismo histórico no es lo mismo que reconocer la verdad de que el marxismo es un “sistema” que lo explica todo”10.

Un gran pensador desarrolla y presenta nuevas ideas al mundo y por mucho que intente controlar su significado y uso no puede. En las manos de otras personas las ideas originales se transforman desarrollándose en direcciones y conceptos que poco o nada tienen que ver con el original. El marxismo de Marx no es una excepción.

Marx se presta a muchas interpretaciones. Es claro, por un lado, y ambiguo, por otro, y esta ambigüedad da pie a múltiples lecturas y, por tanto, a interminables disputas escolásticas. El marxismo de finales del siglo XIX y comienzos del XX, incorpora las ideas de Marx de forma selectiva, simplificando, exagerando y deformando esas ideas. Por otra parte, no se puede negar que Marx es, en alguna medida, responsable, por así decirlo, de las ideas hipersimplificadas y vulgarizadas que pueden defenderse mediante muchas citas de su obra, ahora bien, no podemos afirmar que el socialismo despótico que hemos conocido en el siglo XX es el socialismo pretendido por Marx. La versión leninista-estalinista-maoista del comunismo fue una interpretación posible, aunque no la única de la doctrina de Marx, lo que sería caer en el absurdo es decir que fue un resultado directo de la propia ideología. No obstante, el hecho de que los escritos de Marx fueran utilizados de esa forma no es irrelevante y nos debe llevar a preguntarnos qué hay en ellos para que fueran interpretados de esa manera. El comunismo del siglo XX surgió a partir de muchas circunstancias históricas, con la tradición marxista entre ellas y cambió radicalmente el mundo en una dirección que Marx ni siquiera llegó a imaginar. Ha sido mas bien un intento de poner en práctica las ideas que Marx expresó en forma filosófica sin unos claros principios de interpretación política11.

Aunque el marxismo ya no es “el horizonte intelectual de nuestra época” como quería Sartre, la nueva crisis mundial que estalló en 2008 vino a recordarnos que al menos el diagnóstico crítico de Marx sobre la dinámica de expansión del capitalismo con sus crisis periódicas y con su carga de miseria, exclusión y violencia sistémica, permanece vigente. Las reediciones de El Capital se reactivaron entonces en todo el globo mientras que el nuevo best-seller en materia económica que vino a mostrar la relación entre aumento de la tasa de acumulación del capital y crecimiento de la desigualdad, se titulaba justamente El Capital del siglo XXI (Piketty). Esto no significa que Marx ofrezca una solución a las dificultades económicas actuales.

En sus escritos económicos hay una investigación muy valiosa sobre el funcionamiento del capitalismo de su época, sus tendencias a la acumulación del capital, el funcionamiento del ciclo económico, su internacionalización; pero no encontramos en El capital ni una versión única de la crisis ni una visión de una caída final automática, puramente económica. Para que ello se diera debía concurrir el factor activo, subjetivo, consciente, el proletariado. Marx dejó su gran obra, El capital, sin acabarla. No creo que se pueda decir con rotundidad que esté clara su última palabra acerca de estas cosas. Marx nunca abandonó su fe en el final inevitable del capitalismo, pero en cuanto al modo y momento en que éste iba a producirse murió sin dar una respuesta técnica clara, como en otras cuestiones, sin completar su pensamiento. Así, aunque de otro modo, seguimos leyendo a Marx en el siglo XXI. Pero no para volver a Marx sino para ir más allá de Marx.

Marx es una figura intelectual sobresaliente y políticamente comprometida de una época histórica pasada, la de la Revolución francesa, la Comuna de Paris, la filosofía de Hegel, de la primera industrialización inglesa y de la economía política que emanó de ella. Hoy habitamos en un mundo más globalizado, plural, complejo y dinámico, muy distinto al de finales del siglo XIX, y para comprenderlo, Marx, a excepción de algunas ideas e inspiraciones que he comentado, poco puede ayudarnos en ello. Más que citar a Marx, de la misma manera que los escolásticos citaban a Aristóteles o la Biblia, nos ayudaría poder contar con su talento para interrogar el mundo, su voluntad y capacidad de conocer, con el fin de abrir nuevos espacios para el pensamiento y la acción. Como le dijo Engels al socialdemócrata ruso Voden en una de sus visitas en las que este le apremiaba para que publicara lo antes posible todos los escritos de Marx: “preferiría que los militantes, rusos o no, acabaran por una vez de ir buscando citas de Marx [y de él mismo], y que en lugar de ello pensaran tal como Marx hubiera pensado en su lugar”.

Mayo, 2018


1Michael Heinrich, “Je ne suis pas marxiste” (online 06/09/2016). También, Francisco Fernández Buey, “De la polémica al sistema” en Engels y el marxismo, Fundación de Investigaciones Marxistas, Madrid, 1994, pp.73-85. Engels aceptó la tarea de escribir el Anti-Dühring como un sacrificio. Así se quejaba en una carta a Marx el 28 de mayo de 1876: “Tú lo has dicho muy bien. Puedes quedarte en el cálido lecho, ocuparte de las relaciones agrarias rusas en particular y de la renta territorial en general: nada te lo impide. Y, mientras, yo debo sentarme en el duro banco y hartarme de vino frío, interrumpirlo todo de golpe y ajustar cuentas con ese pesado de Dühring. No queda más remedio que obrar así, aunque voy a verme metido en una polémica cuyo fin no es posible prever en absoluto; pero si no lo hago, ni yo mismo estaré tranquilo”. Por otra parte, el hecho de que Marx se comprometiera a escribir la parte de la crítica a Dühring dedicado a la historia de las teorías económicas acabó de convencer a Engels de la necesidad de hacer el sacrificio. En el prólogo a la segunda edición del libro Engels asegura que sometió el manuscrito a la aprobación de Marx.

2Antes de 1914 Engels gozó de gran reputación. Fue, en mayor medida que Marx, responsable de la difusión del marxismo dentro del movimiento socialista como un saber sistemático que prometía respuestas a todas las cuestiones de filosofía, de ciencias naturales y ciencias sociales. Sin embargo, después de 1914 y de la revolución rusa, se cuestionó más su posición. Dos obras escritas por Engels, en vida de Marx, serán la prueba de las mayores acusaciones, las observaciones hechas por Engels en la Dialéctica de la Naturaleza y La subversión de la ciencia por el señor Eugen Dühring, esta última con la participación de Marx y considerada la obra fundacional del marxismo. Las diferencias entre Engels y Marx se convirtieron en objeto de disputa en los marxismos posteriores. Engels pasó a ser el responsable de la vulgarización del marxismo, y de sus formulaciones mas deterministas, economicistas o cientifistas. Algunos autores, como Maximilien Rubel, destacaron de forma extrema esta diferenciación entre uno y otro (“La leyenda de Marx o Engels como fundador (1972)”, recogido en Marx sin mito, Octaedro, Barcelona, 2003, pp. 31-36). Por mi parte, me identifico con los que, sin negarlas, matizan estas diferenciaciones en, “¿Engels contra Marx?”, en La modernidad en la encrucijada. La crisis del pensamiento utópico en el siglo XX: el marxismo de Marx, Gakoa, Donostia, 1997, pp.28-32.

3McLellan, David, Karl Marx. Su vida y sus ideas, Crítica, Barcelona, 1983, p.489

4Gareth Stedman, Jones, Karl Marx. Ilusión y grandeza, Taurus, Madrid, 2018, pp.616-618

5Río, Eugenio del, La sombra de Marx, Talasa, Madrid, 1993, pp.77-78

6Sacristán, Manuel, Pacifismo, Ecología y Política Alternativa, Icaria, Barcelona, 1987, pp.109-110

7Hoy es el día en que aún no existe una edición crítica completa en lengua alemana de sus obras. En 1921, David Riazánov fundó en Moscú el Instituto Marx-Engels donde, al año siguiente, inició un ambicioso proyecto: la publicación de las Marx-Engels Gesamtausgabe, las obras completas de Marx y Engels en 42 volúmenes (lo que se conoce como “primera MEGA”). Sin embargo, Stalin, en una de sus purgas, fusiló a Riazánov y paralizó el proyecto. Hubo que esperar a mediados de la década de 1970 para que, tras el deshielo, en la República Democrática Alemana se volviera a plantear una iniciativa de edición filológicamente rigurosa de los textos originales de Marx. Pero, de nuevo, la historia volvió a inmiscuirse. La implosión del bloque socialista interrumpió el proceso de publicación, que se reanudó a finales de la década de 1990 gracias al esfuerzo coordinado de institutos de investigación de Alemania, Holanda y Rusia. El proyecto, conocido como “segunda MEGA”, es una obra editorial monumental que se espera alcance los 115 volúmenes -62 ya han sido producidos- y concluya el año 2025.

8Para Simone Weil, los problemas con los que se ha encontrado el marxismo no se deben fundamentalmente a los cambios históricos: “En mi opinión, no son los acontecimientos los que imponen una revisión del marxismo, es la doctrina de Marx la que, en razón de las lagunas e incoherencias que encierra, está y lo ha estado siempre muy por debajo del papel que se le ha querido hacer desempeñar; lo que no significa que se haya elaborado entonces o después algo mejor” (Sobre las contradicciones del marxismo (I), proyecto de artículo, 1937, extraído de Escritos Históricos y Políticos, Trotta, 2007).

9“Cuando Marx afirma que el modo de producción de la vida material determina el proceso social -comenta Eugenio del Río- está empleando determina en un sentido hegeliano para referirse simultáneamente a tres aspectos que se manifiestan íntimamente unidos: (1) la atribución, por parte del elemento determinante, de las propiedades que singularizan al objeto determinado; (2) los límites que lo condicionan; y (3) los nexos que gobiernan las relaciones entre lo determinante y lo determinado. En cualquier caso, esta relación de determinación posee un significado muy especial y complejo, irreductible a una relación simple de causa-efecto, que es a lo que acabará reducida con frecuencia en el marxismo”. La sombra de Marx. Talasa, Madrid, 1993, p 176.

10Kolakowski, Leszek, Las principales corrientes del marxismo I Los fundadores. Alianza Universidad, Madrid, 1985, pp.368-369

11Kolakowski, L, op.cit.,1985, p.417

¿Es la globalización el fin de la nación y el Estado nación?

La cuestión del porvenir de los Estados es uno de los temas centrales de los debates sobre globalización. Una globalización que se ha convertido en las últimas décadas en una ideología, en una forma de ver el mundo. La idea dominante es que la globalización conlleva la desaparición del Estado-nación y la subsiguiente muerte de la nación como principal elemento de identidad y de identificación de las personas. Frente a esta perspectiva más profética que realista, autores como Giddens, Held, Stiglitz, Gray, Sassen, Harvey, Beck y Rodrick han relativizado esta cuestión y han criticado las exageraciones de la globalización.

Como dice Roddick: «Los líderes políticos alegan impotencia, los intelectuales fabulan esquemas de gobernancia global impracticables y los perdedores cada vez más culpan a los inmigrantes o a las importaciones. Si uno habla de volver a otorgarle poderes al Estado-nación, hay gente respetable que sale corriendo en busca de resguardo, como si uno hubiera propuesto revivir una plaga» (Proyect Sindicate, 2012)

Ciertamente, el largo proceso globalizador ha originado una redefinición y una reubicación del Estado-nación en la sociedad y en el sistema internacional. Pero alteración no significa desaparición. Los conceptos evolucionan con el tiempo, así como las sociedades, y el de soberanía, así como el de Estado, no son la excepción.

En su libro “Nacionalismo banal” (Capitán Swing, 2014), el profesor Michael Billig sostiene que la globalización no está haciendo que la nación esté desapareciendo como la principal identidad del individuo. De hecho, el uso de la identidad nacional estaría presente en todas partes. Estaríamos ante un tipo de “nacionalismo banal”, más vivo que nunca.

Mientras que la teoría tradicional ha puesto el punto de mira en las expresiones más radicales del nacionalismo, el autor centra la atención especialmente en la crítica al nacionalismo de las naciones Estado, en las formas diarias y menos visibles de esta ideología, que se encuentran profundamente arraigadas en la conciencia contemporánea, y que constituyen lo que define como un «nacionalismo banal».

Billig entiende el nacionalismo como “el conjunto de creencias ideológicas, prácticas y rutinas que reproducen el mundo de los Estados- nación” y banal no como «insignificante o sin importancia». Sería un error, dice, suponer que el «nacionalismo banal» es «benigno» porque parece contener un aura de normalidad tranquilizadora, o porque parece carecer de las pasiones violentas de la extrema derecha. Como señaló Hannah Arendt (1963), banalidad no es sinónimo de inocuidad. En el caso de los estados-nación occidentales, el nacionalismo banal difícilmente puede ser inocente: reproduce instituciones que poseen arsenales de armamento inmensos. Como demostraron las guerras del Golfo y de las Malvinas, se pueden movilizar fuerzas sin necesidad de realizar prolongadas campañas de preparación política. El armamento está cargado, listo para su uso en la batalla. Y las poblaciones nacionales también parecen estar cargadas, listas para apoyar la utilización del armamento.

El profesor defiende que no solamente en los lugares en pugna por crear un Estado-nación, sino también “en las naciones consolidadas, la nacionalidad se “enarbola” o recuerda de forma continua. Para Billig, “las fuerzas de la globalización no están produciendo homogeneidad cultural absoluta. Tal vez estén erosionando diferencias entre culturas nacionales, pero también están multiplicando las diferencias en el interior de las naciones”. “La percepción de la importancia de una patria con fronteras y la distinción entre ‘nosotros’ y ‘los extranjeros’ no han desaparecido. Es más, esos hábitos de pensamiento persisten no como vestigios de una era pasada que haya sobrevivido a su función, sino que hunden sus raíces en formas de vida en una era en la que el Estado tal vez esté cambiando, pero todavía no ha desaparecido”.

Si bien, para el autor, el Estado puede estar cambiando, no por ello las personas dejan de sentirse identificadas con una nación, ya sea una consolidada en forma de Estado o en búsqueda de uno nuevo, como son los casos escocés o catalán en Europa. Muchos escoceses rechazan ser británicos y muchos catalanes y vascos rechazan ser españoles, pero no por ello dejan de identificarse con una nación que, según sus aspiraciones, debería ser también un Estado. Pero no son los únicos que apuestan por la nación.

La conclusión a la que llega Michael Billig es que, a pesar de la globalización, la nación sigue siendo la identidad más importante para la mayoría de las personas, aunque eso no signifique que sean unos nacionalistas furibundos y agresivos. El hecho de que la mayoría sigamos pensando en términos de nacionalidad se debe a las influencias diarias a las que estamos sometidos por el nacionalismo banal y su “bajo y discreto tono”. “En las prácticas rutinarias y los discursos cotidianos, en especial los de los medios de comunicación, se enarbola de forma habitual la idea de nacionalidad. Hasta el pronóstico diario del tiempo lo hace. Mediante este tipo de enarbolamientos, las naciones consolidadas se reproducen como naciones, donde se recuerda sin alharacas a la ciudadanía cuál es su identidad nacional”.

Los defensores de la globalización hablan del fin del Estado, el fin de la frontera, el fin de los muros y rejas, pero no pueden explicar por qué las fronteras se vuelven más fuertes y los muros se multiplican, al mismo tiempo que la globalización se incrementa. Así sucede en toda Europa y en EE.UU, donde se dan los dos procesos de integración económica más fuerte y donde las fronteras se militarizan con más intensidad.

El hecho de que la globalización haya mermado las facultades estatales, aunque suene paradójico, con el consentimiento del mismo Estado, nos hace preguntarnos sobre la posibilidad de que el Estado soberano llegue a desaparecer. ¿Puede concebirse que la globalización llegue a destruir al Estado como tal, o este es tan necesario para que el fenómeno continúe desarrollándose? En la crisis financiera global, se pregunta Rodrick, ¿Quién rescató a los bancos, inyectó la liquidez, se comprometió a un estímulo fiscal y ofreció las redes de seguridad para los desempleados a fin de evitar una creciente catástrofe? ¿Quién está reescribiendo las reglas sobre la supervisión y regulación del mercado financiero para impedir que vuelva a ocurrir lo que pasó? ¿Quién carga con la mayor responsabilidad por todo lo que salió mal? La respuesta es siempre la misma: los gobiernos nacionales.

Una visión más amplia con interesantes reflexiones y comentarios críticos del debate sobre el futuro del Estado, las diferentes teorías de la globalización y algunas perspectivas sobre la gobernanza mundial nos la proporcionan Mª Victoria Gómez y Javier Álvarez Dorronsoro en su libro El cambio social en la era de la incertidumbre (Talasa, 2013). Los autores, en el capítulo sexto, «Declive y permanencia de las estructuras estatales», confrontan las teorías de quienes ven en el eclipse del Estado-nación una necesidad histórica y que además celebran esta desaparición como un signo de liberación, con las posiciones de quienes lamentan la erosión de la democracia y reivindican la necesidad de unos anclajes que el mundo globalizado no proporciona. Cierran el capítulo con el relato del debate que a mediados de la década de los noventa tuvo lugar en EE.UU organizado por Martha Nussbaum sobre el cosmopolitismo y el patriotismo introduciendo, de esta manera, un enfoque filosófico y moral en un tema en el que, como bien dicen, han predominado las perspectivas y las exigencias económicas.

Desde posiciones (neo)liberales se sostiene que la globalización trae libertad, progreso, la igualación del nivel de vida de todos los países, la convergencia cultural y moral y desde algunas posiciones marxistas, de izquierda, las dinámicas de la globalización aparecen como las fuerzas que favorecen el proceso de liberación de los oprimidos.

Como señalan Mª.Victoria Gómez y J. Álvarez Dorronsoro, el punto de vista de la función superflua de los Estados no solo ha sido promocionada por sectores de intelectuales próximos a los medios financieros, también desde la izquierda surgieron teorías en línea con esa perspectiva, citando la defendida por Michael Hardt y Antonio Negri en su obra Imperio (Paidós, 2002) como la de mayor difusión.

El Imperio sería hoy la incorporación al capitalismo de toda la humanidad. Ya no hay primero, segundo y tercer mundos. El nuevo Imperio no tiene centralidad. Estados Unidos -dicen Hardt y Negri- no constituye el centro de un proyecto imperialista. El poder está disperso. El estudio destaca, también, la obsolescencia del Estado-nación y de las fronteras territoriales. Hay una nueva forma global de soberanía: el Imperio, como «aparato descentrado y desterritorializador». El Imperio no tiene límites ni fronteras temporales. El Estado-nación «ha sido derrotado» y las grandes compañías multinacionales gobiernan la tierra. Según Hardt y Negri, «la decadencia del Estado-nación (…) es un proceso estructural e irreversible». Las tareas y funciones del Estado-nación habrían migrado hacia «los mecanismos de mando del nivel global de las grandes empresas transnacionales». 
Hardt y Negri, sustentan sus argumentos sobre la existencia de un Imperio sin imperialismo, sin Estados nacionales, sin un centro real de poder (hablan de «un no lugar»), sin periferia, sin «eslabones más débiles», sin clases sociales, sin un enemigo concreto, en una noción de un mercado mundial dominado por corporaciones multinacionales «globales», que han convertido a las naciones y a los estados imperiales en anacronismos.

¨Desde esta perspectiva, dicen Mª Victoria Gómez y J. Álvarez Dorronsoro, las naciones constituyen uno de los obstáculos principales de la emancipación en la era de la globalización y, en consecuencia, los movimientos forzados o no (como por ejemplo, los movimientos migratorios), que amenazan o superan las fronteras de los Estados se convierten sorprendentemente en vectores del proceso de liberación de los dominados”.

Al sostener que el poder se localiza en el sitio global, en el capital organizado globalmente y en las organizaciones supranacionales, la ortodoxia de la globalización -en la izquierda y la derecha- socava la importancia del sitio nacional, del Estado, de las clases sociales, así como desconsidera la enorme diferencia entre los Estados en lo que respecta al poder económico, militar y político, algo que está mucho más cerca de la realidad que el enfoque especulativo de Hardt y Negri.

En esta versión de la globalización, la línea que separa al mito de la realidad se difumina y la globalización se transforma en una “teleología”. Como señalan Mª Victoria Gómez y J. Álvarez Dorronsoro, ¨la lectura de Imperio invita al lector a hacerse la pregunta de si para sus autores la globalización no juega un papel similar al que desempeñaba el desarrollo de las fuerzas productivas para el advenimiento de la revolución socialista dentro del esquema marxista¨.

                                                                                                  12-10-15

“Las almas heridas”

Lo importante no es lo que hagan con nosotros, sino lo que hagamos nosotros con lo que hicieron con nosotros”  (Jean Paul Sartre)

Al mismo tiempo que leía en la prensa que según Europol al menos 10.000 niños refugiados han desaparecido nada más llegar a Europa o que en 2015 llegaron cerca de 26.000 menores sin acompañamiento de un total de 270.000 niños refugiados, terminaba de leer “Las almas heridas”. Un nuevo libro de Boris Cyrulnik (Burdeos, 1937), renombrado neurólogo y psiquiatra especialista en resiliencia a partir de su propia biografía, tras haber pasado parte de su infancia en un campo de concentración, donde perdió a su familia judía emigrada de Ucrania. El resto de su infancia lo pasó con familias de acogida. Empezó a ir a la escuela a los 11 años y acabó convirtiéndose en uno de los fundadores de la etología humana y uno de los principales teóricos y divulgadores de la resiliencia, que ha revolucionado el campo de la psicología contemporánea.

No es fácil para un niño saber que le han condenado a muerte”. Era el típico caso perdido, un “patito feo” condenado a llegar a la edad adulta convertido en un maltratador, un delincuente o un tarado. Pero no fue así. Cyrulnik conoció a unos vecinos que le descubrieron el lado afable de la vida, le trataron como a una persona y le animaron a estudiar psiquiatría.

El mismo Cyrulnik lo relata de esta forma. “Cuando era pequeño me decía que todo esto era una locura: ¿Por qué mataron a mi familia? ¿Por qué mataron tanta gente? ¿Por qué me han querido matar? Tenía seis años, no había tenido el tiempo de cometer tantos crímenes. Tardé en comprender que aquello ocurría porque era judío. Entonces pensé que debía ser psiquiatra para comprender cómo era posible una locura así. Aprendí muchas cosas, pero no es la locura la que puede explicar el nazismo, ni tampoco los conflictos en Oriente Próximo, o en Francia, y que se están expandiendo en el mundo. Tardé décadas en entender que no es la psiquiatría la que puede explicar esto, es la sociología, la cultura, las novelas, los cineastas, los periodistas, los fabricantes de humor, los filósofos quienes pueden explicar esta tragedia o la reparación de una tragedia, pero no es la psiquiatría”.

Con la neurociencia, si a una persona le gusta la música, dice Cyrulnik, fotografiamos, por ejemplo, la parte posterior del hemisferio derecho, que consume más energía cuando escucha música. La neurociencia permite comprender el efecto de los problemas sociales en el desarrollo de un niño. Son los conflictos sociales los que esculpen el cerebro y que provocan los conflictos de comportamiento en un niño. Cuando hice mis estudios no se podía razonar de esta manera: el cerebro por un lado y el espíritu por otro, como decía Descartes. La neurosicología, aún hoy, es incomprensible para algunos pensadores que ven el cuerpo separado de la mente, sin comunicación alguna. El oído musical no está en la oreja, está en el cerebro. Y el cerebro está en la cultura, y es la cultura la que esculpe las zonas cerebrales que convierten a los niños en capaces de escuchar la música. Lo mismo ocurre con el lenguaje. El lenguaje esculpe las zonas cerebrales; si le hablamos mucho a un niño, y le enseñamos el placer de las palabras, vemos que esta zona cerebral funciona mejor. Si no le hablamos a un niño, si dejamos unas ciertas zonas sin teatro, sin cine, sin filósofos, sin educadores, esta zona cerebral no se diferenciará y entonces el niño pasará a actuar sin reflexionar. Y puede convertirse en un delincuente, su cerebro está mal formado por la desorganización social. La neurociencia confirma la importancia de la cultura”.

En este fascinante libro, Cyrulnik nos cuenta como a su alrededor, se explicaba la guerra y el nazismo afirmando que Hitler era sifilítico. Durante los años 1960, cuando el psicoanálisis empezó a participar en los debates culturales, se afirmó que Hitler era histérico, y cuando la psiquiatría aportó su grano de arena, se dijo que era paranoico. Estas explicaciones no explicaban nada, pero aportaban una forma verbal en una sociedad cartesiana que, al constatar un fenómeno de locura, como la guerra o el racismo, debía encontrarle una causa loca, tomada de los estereotipos que recitaba la cultura ambiente.

Las ideas simples, dice, son claras, lástima que sean falsas. Las causalidades lineales no existen casi nunca. Son un conjunto de fuerzas heterogéneas las que convergen para provocar un efecto o atenuarlo. Algunos se sienten cómodos en un pensamiento sistémico que da la palabra a disciplinas distintas y asociadas. A otros les irrita, pues prefieren explicaciones lineales que aportan certidumbre: “El nazismo se explica por la sífilis de Hitler”, dicen quienes sobrevaloran la medicina. “De ninguna manera -responden los amantes de las teorías económicas-, es el capitalismo el que ha provocado el nazismo”. “Por supuesto que no -replican algunas feministas-, el nazismo es la culminación del machismo”. Todos le sacan partido a su antojo, pero la realidad cambiante no puede reducirse a una fórmula simple.

Resiliencia

Recuperar a personas que han sufrido un trauma infantil. Esa acabó convirtiéndose en la misión de su vida. Con “Los patitos feos” (2001) puso de manifiesto que una infancia infeliz no tiene porqué determinar una vida: los traumas se pueden trabajar, se pueden superar.

De hecho, se le considera uno de los padres de la resiliencia, ese término, ahora tan en boga, que indica la capacidad de volver a la vida tras pasar por un trauma.

El término resiliencia tiene su origen en el mundo de la física. Se utiliza para expresar la capacidad de algunos materiales de volver a su estado o forma natural después de sufrir altas presiones deformadoras. La palabra viene del latín resalire (re saltar). Connota la idea de rebotar o ser repelido. El prefijo re refiere la idea de repetición, reanimar, reanudar. Resiliar es, entonces, desde el punto de vista psicológico, rebotar, reanimarse, ir hacia delante después de haber vivido una experiencia traumática.

La resiliencia, según Boris Cyrulnik, es el arte de metamorfosear el dolor para dotarle de sentido, es la capacidad de ser feliz incluso cuando tienes heridas en el alma, para resistir y superar las adversidades.

Las experiencias de huérfanos, niños maltratados o abandonados; de mujeres que han padecido violencia machista de sus parejas; de víctimas de guerras, de tortura, de catástrofes naturales, o de enfermedades han permitido constatar que muchas personas no se encadenan a sus traumas toda la vida, sino que cuentan con este antídoto.

Cabe deducir que si la resiliencia requiere de un contexto de amor y solidaridad, la superación del trauma de los refugiados que llegan a Europa, muchos de los cuales vienen de vivir situaciones muy traumáticas, dependerá en buena medida de la respuesta de las sociedades que les acogen, por el momento, de la acción solidaria de colectivos de la sociedad civil que están respondiendo con humanidad para que algunos afectados puedan resiliar tan dramáticas circunstancias ya que esta resiliencia difícilmente se podrá desarrollar entre la numerosa población de refugiados a las puertas de Europa, afectada por la indiferencia, el rechazo y las vejaciones del poder insolidario y autoritario de los gobernantes europeos ¡Una vergúenza y un atentado a los derechos humanos por parte de las instituciones europeas en pleno siglo XXI!

Cylulnik nos dice: “un golpe hace daño, pero es la representación del golpe lo que causa el trauma”. El ser humano no solo siente dolor, sino que lo sufre, es decir, lo percibe, lo interpreta, y es en este proceso donde la representación artística, y específicamente la poética, puede cumplir una función fundamental de redención y restauración, pues al transformar la desdicha en relato, canto o lienzo pintado, la persona se logra distanciar de ella haciéndola soportable, o más bien logra que “la memoria de la desdicha se metamorfee en risa o en obra de arte” (Cyrulnik, 2001), ya que en la elaboración artística del sufrimiento el individuo se hace dueño de sus emociones puesto que es él o ella quien presenta su obra e influye a otro, sea un otro concreto que escucha un cantico, relato o ve un drama o pintura.

Cuando los traumatizados no consiguen dominar la representación del trauma, simbolizándolo por medio del dibujo, de la palabra, de la novela, del teatro o del compromiso, entonces el recuerdo se impone y
captura la conciencia, haciendo volver sin cesar, no la realidad, sino la representación de una realidad que les domina.

Hölderlin decía que la poesía era el hospital de las almas heridas. Cuando un alma está herida, dice Cyrulnik, el medio más seguro para no someterse a la herida es transformarla en belleza, en poesía, en filosofía, en compromiso político, en altruismo. Yo, como niño herido, no soporto que se hiera a un niño. Voy a comprometerme para que no se hiera más a los niños. Y de esta forma le damos sentido a nuestra vida.

Un diario de a bordo

«Almas heridas» (Gedisa, 2015) de Cyrulnik es un testimonio personal, “un diario de a bordo”, de cincuenta años de experiencia desde y sobre el nacimiento de una disciplina que llamamos psiquiatría. Un libro que ayuda a comprender las dificultades a las que se enfrentan las personas que han sufrido un trauma, una herida profunda en su alma. Por lo demás, un prodigio de equilibrio en cuestiones de envergadura como neurología, influencias genéticas y sociales, la epigénesis y su influencia en los cambios del funcionamiento neuronal, cuestiones metodológicas y la importancia de la integración multidisciplinar.

Para ser especialista se deben tener unos conocimientos muy amplios. La fragmentación del saber lleva a incoherencias epistemológicas. Lo que es parcialmente cierto puede ser totalmente falso. Cyrulnik, toma visiones de distintas disciplinas y consigue ligarlas para obtener una visión más completa.

En cada época, dice, algunas palabras nuevas quedan colocadas en el punto de mira. Lo que provoca la inflamación de una palabra es el coro de loritos que hacen ver que piensan recitando juntos el mismo eslogan. Ocurrió con el psicoanálisis, con la genética; pasa cada vez que un concepto entra muy rápido en la cultura: todo el mundo adopta esa palabra y diluye su significado.

Cuando la palabra “gen” hizo su aparición, dice Cyrulnik, sirvió para explicarlo todo, de modo que acabó por no explicar nada. Antes si alguien pensaba en el suicidio bastaba con hablar de su “pulsión de muerte” para quedar bien con dos o tres palabras. Hoy en día, cuando una aptitud parece estar fuertemente inscrita en el corazón de una persona o de una institución decimos: “Está en su ADN”. Esta expresión se ha vuelto la estrella desde que la policía usa el ADN para encontrar a criminales…¡y a padres!

La inflamación semántica ha hecho que se diga que resiliencia significa que uno puede curarse de todo. Y yo nunca utilizo el término curarse. Además, uno no puede curarse de todo. Pero si no se hace nada, uno no se cura de nada. Si se hace algo, a veces se mejora un poco, aunque no siempre”.

No hay biografía sin heridas

En opinión de Cyrulnik, todos los seres humanos experimentan pruebas en la vida. No hay biografía sin heridas. Todo el mundo, en mayor o menor medida, atraviesa la vida recibiendo golpes. Algunos se dejan abatir, todos son heridos y algunos se vuelven a reconstruir a pesar de ello. Si un ser vivo, un hombre, un niño o una persona mayor está desgarrada por un traumatismo, ¿qué hacemos?, ¿Nos pasamos la vida llorando, gimiendo? ¿Hacemos reivindicaciones, buscamos venganza? ¿Hacemos una carrera como víctimas? ¿O por el contrario buscamos reconstruirnos? Tenemos esa opción y la “resiliencia” intenta eso, reconstruir. Ahora bien, matiza Cyrulnik, el entusiasmo producido por la palabra y la ignorancia de su definición hacían decir que gracias a la resiliencia todo se podía superar, hasta los peores traumas. Esta ingenua afirmación daba a la resiliencia una imagen de felicidad fácil, de pensamiento barato. La resiliencia es una nueva actitud ante el sufrimiento psicológico, que no es ni redentor ni irremediable. Cuando se vuelve a empezar la vida, incluso si se hace bien, ello no ocurre sin secuelas. Me costó comprender que terminaremos la vida con nuestras heridas, que forman parte de nuestra identidad. Estamos constituidos por esa herida.

Cuando se habla de resiliencia se plantea de inmediato su aplicación en el plano social, de salud o educativo a las poblaciones más desfavorecidas por una sociedad que genera pobreza, inequidad, exclusión, delincuencia, enfermedades de todo tipo. Y surge la sospecha. El fomento de la resiliencia ¿no es funcional al sistema de injusticia social que predomina? ¿no es un parche que hace olvidar las estructuras sociales que generan la injusticia? ¿no estamos postergando indefinidamente su solución? ¿se trata sólo de modificar al yo del sufriente, dejando intactos los discursos legitimadores de estructuras de poder que siguen generando injusticia, maltrato e infelicidad?

Muchos de los que trabajan con el concepto de resiliencia dicen que eso se encuentra lejos de su pensamiento. En este sentido, Boris Cyrulnik ha marcado con mucha precisión el lugar de la resiliencia entre los diferentes quehaceres de una sociedad y lo dice así: “Cuando un niño sea expulsado de su hogar como consecuencia de un trastorno familiar, cuando se le coloque en una institución totalitaria, cuando la violencia del estado se extienda por todo el planeta, cuando los encargados de asistirle lo maltraten, cuando cada sufrimiento proceda de otro sufrimiento, como una catarata, será conveniente actuar sobre todas y cada una de las fases de la catástrofe: habrá un momento político para luchar contra esos crímenes, un momento filosófico para criticar las teorías que preparan esos crímenes, un momento técnico para reparar las heridas y un momento resiliente para retomar el curso de la existencia”.

25-04-16

(publicado en www.pensamientocritico.org/kepbil0616.pdf)



Emociones políticas (la emoción patriótica). La propuesta filosófica de Martha Nussbaum.

El estudio de las pasiones o emociones humanas es un tema clásico y muy controvertido en la historia del pensamiento filosófico occidental. Sin embargo, en la diversidad de planteamientos, la nota dominante es la de considerarlas negativamente, como algo a controlar o reprimir para que prevalezca la razón. Una razón considerada no sólo como el principal instrumento para conocer, sino también como la instancia que regula las acciones moralmente correctas frente a los desvaríos e interferencias de las emociones que distorsionan, enturbian y perturban la capacidad de pensar con claridad. A lo largo de los siglos el dualismo emoción/razón ha sido una constante. Hay excepciones como las de Aristóteles o Spinoza (1), pero hasta muy entrada la segunda mitad del siglo XX no se ha dejado de tener una visión negativa de las emociones y de pensarlas como inherentemente corporales, involuntarias e irracionales.

Una falsa visión dicotómica: razón/emoción

De la misma forma que desde la filosofía Spinoza rompió con la dicotomía vigente entre cuerpo y alma (mente), desde la neurociencia las investigaciones de Antonio Damasio han permitido superar la pretendida frontera entre emoción y razón, acabando con el tópico de que para tomar las decisiones adecuadas hay que dejar las emociones a un lado. En El error Descartes, frente a la distinción dualista entre mente y “cuerpo no pensante” del “pienso, luego existo” del filósofo francés, que ha hecho escuela, Damasio defiende un monismo en el que el cuerpo propiamente dicho y el cerebro forman un organismo integrado. Sus investigaciones no han hecho sino corroborar que no hay razón sin emoción y que la mejor decisión racional es aquella que está modulada -en un proceso de ida y vuelta- por la emoción (2).

En el ámbito de la teoría política contemporánea, la dicotomía entre razón y pasión ha generado una narrativa hegemónica de la política que sitúa su dimensión positiva del lado de la razón y elabora las diferentes dimensiones de la emoción como su antítesis negativa. En este dualismo las pasiones o emociones constituyen siempre el problema, y la razón se presenta como la única solución. Las emociones o pasiones, desde hace varios siglos, se han relegado al ámbito privado de los individuos, fuera de la esfera pública que sólo admitía ciertas emociones correctas como las “pasiones tranquilas” (afán de lucro, el ganar dinero) racionalizables y reconvertibles en “intereses” (3) que ha consolidado un modelo basado en el homo economicus y en las teorías de la elección racional.

A pesar de los avances en las dos últimas décadas en el conocimiento de las emociones, estas se siguen percibiendo como procesos independientes de los juicios reflexivos o racionales, y como consecuencia se consideran experiencias negativas que malogran las buenas ideas, las conductas o las actitudes de los individuos. Y ello a pesar de que, no ya en fenómenos gravemente dolorosos como los atentados yihadistas o los refugiados, sino en la práctica político-electoral más corriente de nuestras democracias, las campañas de los partidos están llenas de recursos emocionales, de apelaciones, al miedo, la indignación, el entusiasmo… consideradas como imprescindibles para obtener un buen resultado.

Algo muy frecuente en la retórica política es la instrumentalización de la dicotomía emoción/razón. En los debates sobre los nacionalismos catalán y vasco, por ejemplo, es habitual encontrarse en medio de una confrontación equívoca y excluyente entre razones y emociones. Las opiniones y discusiones están llenas de referencias, por parte de los que esgrimen tener la razón política, a la irracionalidad de unas ideas y comportamientos -las de los nacionalistas periféricos- condicionados por las emociones y los sentimientos, siendo vistos estos dispositivos emocionales como fuerzas peligrosas, incontrolables, que inducen al sectarismo y dificultan la negociación y el compromiso (4).

Para el politólogo Rámon Máiz, la política se ha elaborado teóricamente como el reino por excelencia de lo racional, como la hazaña de la razón. Lo resume de la siguiente manera: “La idea de individuo razonante aislado de los otros, sin vínculos afectivos con los demás conciudadanos (…); la racionalidad misma reducida a cálculo (…) como maximización del propio interés, sin estar contaminada por afecto, metáfora o esquema interpretativo alguno en el seno de un dispassionate decisión making; el diseño institucional concebido como combinación de mecanismos de agregación e intermediación de intereses, de contrapesos y filtros destinados a ‘enfriar’ las pasiones, o bien a desactivarlas como calm passions reducibles en última instancia al interés, a fin de que estén lo menos presentes posible en el espacio público…son argumentos varios que han ido elaborándose y entreverándose, si bien de modo diverso y con distinto alcance, desde Descartes a Weber pasando por Kant, de Stuart Mill a la teoría del Rational Choice, Rawls o Habermas” (5)

Sin embargo, las aportaciones de la neurobiología, la psicología social, la sociología, la filosofía, entre otras, han ejercido una fuerte influencia en la teoría política reciente, conminándola a revisar sus postulados racionalistas y a reformular el reduccionista y estrecho concepto de razón política hasta ahora hegemónico.

En el campo de la filosofía, Martha Nussbaum nos proporciona una de las reflexiones más importantes y elaboradas para la reconsideración de las emociones, con importantes aportaciones para el ámbito de la teoría política.

Si bien en obras anteriores había sugerido la necesidad de reflexionar sobre las emociones, fue en Paisajes del pensamiento: la inteligencia de las emociones (2001-Paidós, 2008) cuando comenzó a sistematizar sus tesis, en una línea de continuidad con los planteamientos clásicos de Aristóteles, de que las emociones tienen en sí mismas contenido cognitivo y que no deben ser consideradas en oposición a las razones. Posteriormente en El ocultamiento humano (2004-Katz, 2006) y en Emociones políticas (2013-Paidós, 2014) analizará el papel de la repugnancia, la vergüenza, el miedo, la compasión o el amor en ámbitos como la justicia o la constitución del patriotismo que más adelante comentaré en detalle, en particular este último. Antes diré algo brevemente sobre su teoría de las emociones.

Una teoría cognitiva-evaluadora

De los distintos marcos teóricos (6) que desde la filosofía y la psicología contemporáneas se han propuesto para dar una explicación de las emociones y de las características determinantes a la hora de definirlas, Nussbaum considera que la teoría cognitiva es la mejor equipada para explicar las peculiaridades de cada emoción y, en base a ella, ha articulado un marco analítico para pensar las emociones en general.

Sostiene que las emociones son profundamente racionales en el sentido de que valoran, resaltan o nos avisan sobre aspectos de la realidad que tienen una importancia crucial para nuestra vida y nuestro bienestar. Las considera una pieza de nuestro engranaje mental que nos permite deliberar y sopesar diferentes cursos de acción como lo avalan las investigaciones desde la neurociencia de los casos conocidos de pacientes con lesiones cerebrales que han visto rota la conexión entre procesos emocionales y de valoración e interpretación de lo que ocurre en el mundo. Privados los pacientes de la competencia emocional necesaria para interpretar una situación y sopesar las alternativas adecuadas para enfrentarse a ellas, se convierten en seres socialmente impedidos.

Un esquema necesariamente simplificador, que no hace honor a la complejidad de la autora, ni mucho menos a la riqueza de matices que bajo la etiqueta de teoría cognitiva-evaluativa se han argumentado, sería el siguiente.

Las emociones:

– Son cognitivas y por lo tanto carece de sentido establecer una escisión conocimiento/sentimiento.

– Son acerca de algo, tienen un objeto hacia el que el sujeto dirige su atención (sea cosa, persona, nación, clase, situación o lo que sea) y por lo tanto no pueden ser íntegramente fisiológicas.

– Están íntimamente relacionadas con ciertas creencias acerca de su objeto.

– Tienen un carácter eudaimonista (7): otorgamos un valor a los objetos en función de la importancia que ocupan en nuestro esquema de objetivos y fines, es decir, se encuentran estrechamente relacionadas con el florecimiento del sujeto que las experimenta, con aquellas cosas que son importantes y buenas para él.

– Pueden originarse en instancias no evidentes de la historia del sujeto, muchas veces derivan de un pasado que comprendemos imperfectamente. En nosotros guardamos potente material emocional que deriva de nuestras más tempranas relaciones con los objetos. Estas emociones continúan motivándonos, y salen a la superficie, unas veces con intensidad perturbadora, otras en conflicto con otras evaluaciones y emociones que prevalecen en nuestro presente.

– No todas las emociones son expresadas en forma proposicional, lingüística, pueden explicitarse en diferentes formas simbólicas, a través del arte, la música, la pintura o la danza.

– Es distinto valorar un objeto que determinar la validez de una creencia o verificar un juicio, es decir, una cosa es valorar un objeto como peligroso y sentir miedo ante ello y otra que la creencia que ha provocado dicho miedo sea falsa o verdadera.

– Actuamos muchas veces basándonos en motivos o creencias incorrectas que acaban, con frecuencia, en reacciones emocionales desproporcionadas o inapropiadas, pero no son irracionales, como suele creerse, sino que siguen una lógica en función de lo que creemos, lo que deseamos, y cómo deseamos conseguir lo que queremos.

– La modificación de las emociones depende de la modificación de la creencia. Ahora bien, las emociones están vinculadas con la cognición no sólo en un sentido unidireccional, de la creencia a la emoción, sino que operan en un doble sentido porque, si bien una creencia puede provocar una emoción, también parece cierto que sentir una emoción y tener una disposición afectiva puede hacer emerger, estimular, crear y reforzar una creencia.

– Las emociones pueden y tienen que ser, por tanto, educadas con una visión adecuada de la vida buena

– Son poderosos motivadores de la acción y resultan necesarias para pasar a la acción consciente o inconscientemente.

– Algunas emociones son compartidas por todos los seres humanos y también por los animales no humanos. Hay una base biológica común a todas las criaturas capaces de experimentar fenómenos emocionales.

– Las emociones humanas, son conformadas de forma distinta por sociedades distintas. La experiencia subjetiva de la emoción, también se encuentra modelada por las normas sociales y la historia individual, por el entorno económico, social, cultural, ideológico y jurídico en el que se desenvuelve la conducta de las personas.

En síntesis, las emociones no son fuerzas ciegas, no son irracionales, no son meros impulsos ingobernables, no dependientes de lo social, sino un entramado de cogniciones y evaluaciones, formas de pensamiento, deudoras de las normas, culturas, lenguajes y estructuras sociales específicas. Son “respuestas inteligentes a la percepción del valor” que provienen de juicios respecto de objetos y personas que están mas allá de nuestro control pero que son importantes para nuestro florecimiento. Las emociones implican pensamiento, juicio y evaluación y, pueden educarse con miras al mejoramiento de la vida moral y política.

La valiosa función cognitiva y práctica de las emociones requiere una apropiada educación y conducción temprana de nuestras maneras de sentir y emocionarnos. Existe un sentir social que la persona interioriza y aprende por contagio de las personas con las que vive y se relaciona. Un sentir manipulable, para bien y para mal. Pero no podemos vivir ni razonar sin ellas. Lo que si podemos es aprender a sentir de forma adecuada igual que podemos actuar de forma adecuada. En el encauzamiento de las emociones juega un papel importante la facultad racional pero no para eliminar las pasiones o las emociones, sino para darles el sentido que conviene más a la vida, tanto individual como colectiva, esto es lo que propuso Aristóteles y la filósofa estadounidense recupera, actualizándolo.

En una entrevista, Nussbaum comentó que empezó a trabajar sobre las emociones solo porque eran importantes para la vida ética, pero en el trayecto se dio cuenta de su gran importancia para la vida política. Un fruto maduro de años de trabajo de la filósofa, además de otros anteriores, es su libro Emociones políticas: ¿por qué el amor es importante para la justicia?

Las emociones políticas

El libro comienza con la siguiente frase: “Todas las sociedades están llenas de emociones, las democracias liberales no son ninguna excepción [están salpicadas] de un buen ramillete de emociones: ira, miedo, simpatía, asco, envidia, culpa, aflicción y múltiples formas de amor ” (8)

Nussbaum se interesa por aquellas emociones políticas o públicas que «tienen como objeto la nación, los objetivos de la nación, las instituciones y los dirigentes de esta, su geografía, y la percepción de los conciudadanos como habitantes con los que se comparte un espacio público común» (p. 14).

Según cuáles sean estas emociones públicas, a menudo intensas, pueden impulsar, colaborar, en la realización de los planes políticos, o descarrilarlos, introduciendo o reforzando divisiones, jerarquías y formas diversas de desunión. Ello supone que, dado cualquier proyecto socio-político, debamos preguntarnos cuáles son las emociones que queremos activar en la ciudadanía con el fin de que nos ayuden en su logro.

Utiliza la nación como unidad de análisis “dada su importancia fundamental a la hora de fijar condiciones de vida para toda persona sobre la base de la igualdad de respeto, y por tratarse de la mayor unidad política conocida hasta el momento que ha podido ser mínimamente responsable ante las voces del pueblo y capaz de expresar el deseo de este de procurarse a sí mismo aquellas leyes por él elegidas” (p.33)

La autora se centra en el libro en los dos países que mejor conoce, Estados unidos y la India, y de ellos extraerá la casi totalidad de los ejemplos de acontecimientos históricos, personajes relevantes (R. Tagore, Mahatma Gandhi, Abraham Lincoln, Franklin Delano Roosevelt, Martin Luther King Jr.), discursos políticos, himnos nacionales, monumentos y arquitectura urbana que mostrará como encarnación de las ideas expuestas.

Por otra parte, su tesis sobre las emociones presupone un conjunto de principios o compromisos normativos (9) que son los del liberalismo político, entendido este, por la autora, como algo cercano a las concepciones de J.S. Mill, John Rawls, a los objetivos del New Deal y a las de muchas socialdemocracias europeas. A lo anterior habría que sumar su enfoque de las capacidades: todos tenemos necesidades y capacidades básicas, pero todos somos asimismo discapacitados de alguna forma y en grados diferentes, puesto que carecemos en mayor o menor medida de determinados tipos de funcionamientos esenciales para nuestro florecimiento como seres humanos. A partir de aquí, lo que Nussbaum se pregunta y trata de responder en este libro es cómo podrían las emociones ayudar a que esos principios estuvieran implantados de forma más estable y sus objetivos materializarse.

Para ello nos ofrece, por una parte, un conjunto de emociones necesarias que deben estar presentes en la cultura pública de una sociedad decente como la simpatía, la compasión, la emoción patriótica, el interés por los otros, el amor, advirtiéndonos de las que hay que mantener a raya como el asco, la vergüenza, la envidia, el miedo y, por otra parte, nos proporciona estrategias y recursos para el cultivo de las emociones públicas deseables.

Nussbaum admite que la tarea de la creación de emociones públicas posee dos aspectos diferenciados, el de la motivación y el institucional, y que ambos deben funcionar en estrecha armonía: “Dicho de otro modo, los gobiernos pueden intentar influir en la psicología de los ciudadanos (por ejemplo, mediante la retórica política, las canciones, los símbolos y el contenido y la pedagogía de la educación pública), o pueden idear instituciones que representen las percepciones profundas obtenidas a partir de una forma valiosa de emoción (por ejemplo, un sistema fiscal decente puede ser representativo de las percepciones profundas obtenidas a partir de una compasión debidamente equilibrada y apropiadamente imparcial)” (p.36).

El papel de las instituciones es muy importante ya que las emociones en sí necesitan estabilizarse. Cualquier programa social de redistribución que pretenda sustentarse exclusivamente en las emociones está condenado al fracaso -decía Adam Smith que las personas pueden sentirse hondamente conmovidas por un terremoto en China y, al instante, olvidarse de esa impresión porque ha comenzado a dolerles un meñique-, y este es el papel que se le asigna a las leyes e instituciones. Nussbaum se centra en el libro en el aspecto de la motivación, aunque manteniendo siempre una especie de diálogo con el institucional.

Un reto complicado

Desde el primer capítulo y a lo largo de todo el libro, deja clara la dificultad de conciliar las aspiraciones de una sociedad liberal, tal como ella la entiende, y el ideal de promover unas emociones sociales fuertes, que lleven a los ciudadanos a trascender su interés particular y a esforzarse por el bien común.

Los partidarios del liberalismo suelen dar por supuesto que una teoría de los sentimientos públicos iría en contra de la libertad y la economía.

El cultivo de las emociones desde la esfera pública, argumenta Nussbaum, ha sido visto por los filósofos políticos liberales, desde Locke, como una vía que podía llevar a una limitación de la libertad de expresión o a otras medidas incompatibles con las ideas liberales de libertad y autonomía.

Estudia las propuestas de “religión civil” o “religión de la humanidad” de autores como J.J. Rousseau, A. Comte, J.S. Mill y Rabindranath Tagore con el objetivo de buscar pistas para su planteamiento. Encuentra más elementos valiosos en los dos últimos, aun cuando señala que ambos, sobre todo Mill, tuviera en su momento una ingenua fe en el progreso humano, producto de una teoría psicológica incompleta que hoy no nos sirve.

Rousseau creía que el Estado debía suscitar esos “sentimientos de sociabilidad” por medio de la “religión civil”, pero, sin embargo, sólo alcanzaría ese objetivo si se hacía cumplir mediante la coacción, suprimiendo ciertas libertades relativas a la expresión (tanto religiosa como de otro tipo). Para Kant, nos dice la autora, ese era un precio demasiado alto que no estaba dispuesto a aceptar, pero sin embargo, al no cuestionar la idea de “religión civil” de Rousseau, se resignó a admitir que la capacidad del Estado liberal para promover esas emociones y combatir lo que llamó el “mal radical” (10) es muy limitada.

Precisamente este es el desafío que Nussbaum trata de afrontar con su propuesta: “cómo una sociedad decente puede hacer más por la estabilidad y la motivación de lo que Locke y Kant imaginaron, sin convertirse por ello en antiliberal y dictatorial como en el modelo ideado por Rousseau” (p.19)

El reto se acrecienta cuando se le añade la condición de que la sociedad decente a la que aspira Nussbaum tiene que ser una forma de “liberalismo político” y que, como tal, en ella los principios políticos no deben erigirse sobre ninguna doctrina comprehensiva concreta, ni religiosa ni laica, del sentido y el propósito de la vida. Es decir, puesto que las emociones para Nussbaum, como hemos visto, no son simples impulsos, sino que incluyen también valoraciones que tienen un contenido evaluativo, el desafío consistirá en asegurarse de que el contenido de las emociones apoyadas por el Estado no sea el de una doctrina comprehensiva concreta a costa de otras.

La heterogeneidad de nuestras sociedades y la existencia de una amplia diversidad de opiniones, exige que la cultura pública sea poco densa y de ámbito limitado. “Limitada, dice Nussbaum, en el sentido de que no ataña a todos y cada uno de los aspectos de la vida humana, ni mucho menos, sino solamente a los más pertinentes para la política (incluyendo, eso sí, los derechos sociales y económicos básicos) (…) Y debe ser así para poder convertirse, con el tiempo, en objeto de un «consenso entrecruzado» entre las múltiples concepciones generales razonables de la vida que la sociedad contiene en su seno. (p.468) 
Un desafío ciertamente difícil si tenemos en cuenta que lo que ocurre, a menudo, es que son los miembros más poderosos dentro de la nación los que establecen jerarquías, valores y rasgos definitorios.

Es por ello que Nussbaum subraya la idea, que se desprende de los escritos de Mill y Tagore, de que: “la cultivación pública de la emoción tiene que estar sometida al escrutinio de una cultura pública vigorosamente crítica y firmemente comprometida con la protección de las expresiones disidentes” (p.35) 


Emociones adecuadas e inadecuadas: el amor

Para Nussbaum hay un enorme agujero negro en el proyecto liberal. Su apuesta institucional no solo le parece fría, basada en principios políticos abstractos, sino que, a la postre, resulta ineficaz. Sustentado teóricamente en la comentada dicotomía «razón» y «emoción», el liberalismo político ha tratado de separar a la política de las emociones. La irrupción de las emociones y pasiones en el ámbito público -que no sean la codicia, el afán de lucro- es percibido como algo no sólo peligroso del uso de la razón pública sino también algo potencialmente autoritario y despótico.

Pero sin emociones no existe indignación ni compasión ante la crueldad, fundamentos mayores de la moral y la justicia. Para Nussbaum resulta imposible avanzar en la equidad si la política se desentiende de esa dimensión. El Estado de derecho, el respeto al imperio de la ley, no basta. Un régimen político liberal requiere emociones para existir, adquirir estabilidad y lograr sus metas. Sobre todo ciertos objetivos que requieren esfuerzos y sacrificios, como las políticas redistributivas, la inclusión de los grupos marginados, la protección al medio ambiente, la ayuda al exterior o la defensa nacional. Para alcanzar estas metas es necesario contar con las emociones adecuadas. No todas las emociones contribuyen en la misma medida ni de la misma forma a estos objetivos. Para Nussbaum hay buenas y malas emociones para la vida pública. Compasión, indignación y amor entrarían en el primer grupo, mientras que la repugnancia, la vergüenza, la envidia y el miedo no pueden formar parte de la psicología política de una sociedad decente. La utilización del asco (proyectivo) o repugnancia y la vergüenza, en su opinión, deben ser marginadas ya que suponen una amenaza para una sociedad libre dado que construyen jerarquías entre los seres humanos, contribuyen a estigmatizar a personas y grupos vulnerables (homosexuales, pobres, discapacitados físicos y mentales).

A pesar de que una buena parte de las ideas del libro están contenidas en trabajos previos, en él son articuladas de una forma distinta, con la finalidad de incorporar el amor al conjunto de emociones importantes para la vida común. Para Nussbaum, todas las emociones fundamentales sobre las que se sustenta una sociedad decente tienen sus raíces en el amor o son formas del mismo. Pese haber escrito mucho y en numerosas ocasiones sobre el amor, no elabora un análisis de la emoción, de la misma forma que lo hace con otras emociones como la compasión, la vergüenza o la repugnancia. Centra su investigación en subrayar el aspecto práctico de esta emoción y su importancia para la vida pública. Define el amor simplemente como unos apegos intensos a cosas que se encuentran más allá del control del sujeto. Y afirma que todas sus formas son beneficiosas “para impulsar una conducta cooperativa y desinteresada” o para limitar “los impulsos de la codicia en favor de los seres amados” o para promover la reciprocidad y la fraternidad, tan olvidada hoy. Nussbaum se muestra muy optimista sobre las posibilidades del amor. El amor, dice, es lo que da vida al respeto por la humanidad en general y eso lo convierte en algo imprescindible en las sociedades reales, imperfectas, que aspiran a la justicia. 


La emoción patriótica

Si en Los límites del patriotismo (11) Nussbaum rechazaba el patriotismo -porque lleva al chovinismo nacional, al racismo- y abogaba por la ciudadanía mundial, por la razón universal y un cosmopolitismo moral basado exclusivamente en la idea de igual dignidad de todos los seres humanos, en este libro vuelve sobre el tema, pero aceptando que hay un hueco en la educación moral y cívica para un tipo de patriotismo. Un patriotismo correcto -como ella lo califica- y que lo articula con la emoción del amor -amor a la nación propia- para el logro y el sostenimiento del bienestar colectivo. Nussbaum rebaja sus posiciones beligerantes de entonces contra el patriotismo e incorpora a su ideario algunas observaciones valiosas que han aportado algunos autores liberales -definidos como comunitaristas- al debate.

Nussbaum sabe que toda buena propuesta sobre la emotividad pública debe lidiar con las complejidades del patriotismo. Así mismo, es consciente de que muchas personas miran con escepticismo o rechazan directamente toda apelación al sentimiento patriótico, pero, así y todo, pese a sus abundantes peligros, considera que ninguna cultura pública «decente» puede sobrevivir y florecer sin cultivar la emoción patriótica o el amor al país propio de una forma adecuada.

Nussbaum compara el patriotismo con el dios Jano, el de las dos caras: una mira hacia fuera, llamando a veces al yo a cumplir con obligaciones para con los otros, a sacrificarse por el bien común; y la otra, mira hacia adentro, invitando a los «buenos» o «verdaderos» patriotas a distinguirse de los foráneos o disidentes para luego excluirlos. No obstante, asegura que vale la pena considerar su lado positivo, ya que la emoción patriótica puede servir para el desarrollo de proyectos valiosos.

Para argumentarlo se apoya en las ideas del patriota italiano Giuseppe Mazzini (1805-1872), quien ante la pregunta ¿Por qué necesitamos una emoción así? respondió que puesto que vivimos inmersos en la codicia y el interés propio, necesitamos una emoción fuerte orientada hacia el bienestar general que nos inspire para que apoyemos el bien común con medidas o gestos que impliquen sacrificio. Y añade, para que esa emoción tenga suficiente fuerza motivacional, no puede ir dirigida hacia un objeto puramente abstracto, como la «humanidad», sino que su meta debe ser más concreta. La idea de la nación para Mazzini encajaba perfectamente dentro de estos objetivos. El sentimiento fraternal debe organizarse inicialmente a nivel nacional, porque el sentimiento cosmopolita de la simpatía directa -sin otros objetos intermedios- por todos los seres humanos -“la hermandad por todos, el amor por todos”- es un objetivo poco realista en un mundo en el que las personas están demasiado inmersas en proyectos egoístas y lealtades locales. Mazzini comparaba el patriotismo con un punto de apoyo («un fulcro») en el que apalancar el sentimiento universal. Para el italiano, instituir la democracia en Europa, no era, en su raíz misma, un problema legal, sino de corazones y mentalidades (12).

La nación, dice Nussbaum, puede conquistar los corazones y las imaginaciones de las personas debido a sus conexiones eudemónicas; habla de un “nosotros” y de “lo nuestro”, y, por tanto, como decía Mazzini, hace posible, una transición desde unas simpatías más estrechas hacia otras más extensas.

Nussbaum menciona de pasada el hecho de la existencia dentro del Estado soberano de otras formas de amor patriótico que puede estar dirigido al estado federado (no soberano), a la ciudad, a la región -está pensando en Estados Unidos- y, dice que, aunque fuente de tensiones, pueden coexistir con el amor a la nación e incluso fortalecerlo. La nación puede construirse de muy diferentes modos, y cada uno de ellos tiene consecuencias distintas para la promoción (o no) de unos objetivos valiosos.

Nussbaum vuelve a la mitología y retoma la imagen de Escila y Caribdis para ilustrar los peligros y soluciones del patriotismo. Dado que Escila tenía múltiples cabezas, las simboliza como los peligros del patriotismo: Una primera cabeza es el peligro de los valores mal orientados y excluyentes; otra es el peligro de someter la conciencia de los ciudadanos mediante la imposición de unas actuaciones rituales; y la tercera es un exceso de énfasis en la solidaridad y homogeneidad capaz de eclipsar el espíritu crítico. En la otra orilla, Caribdis representa la falta de motivación para sacrificarse por el bienestar de los demás, sería el peligro de la motivación “aguada”, ese peligro que Aristóteles anunciara que se daría en toda sociedad que intentara gestionar sus asuntos públicos sin la aplicación de un amor particularizado.

Nussbaum responde uno a uno a los argumentos que se esgrimen en contra.

Los peligros de Escila

Para hacer frente al primero, el de los valores equivocados y excluyentes, señala la importancia de una cultura pública crítica, de inculcar desde la escuela la enseñanza igualmente crítica de la historia, el pensamiento reflexivo y el razonamiento ético. Especifica que es preciso verificar que el relato de la historia y la identidad actual de la nación no sea excluyente; esto es, que no enfatice sólo la contribución de un grupo étnico, racial o religioso, omitiendo o denigrando a los demás, afirmando la superioridad de una determinada tradición histórica o lingüística particular.

Las emociones al tener una dimensión valorativa, pueden estar orientadas a la libertad y la igualdad o a la exclusión, la violencia y el mantenimiento de privilegios. Las actitudes que, a menudo, conducen a situaciones de conflicto étnico, religioso o nacional están informadas por evaluaciones cognitivas socialmente construidas, que proporcionan una idea equivocada del otro, e impiden verlo como un semejante, portador de una inalienable dignidad, y, por tanto, merecedor de respeto. En su opinión, será tarea de una educación apropiada la de descomponer pacientemente estas ideas erróneas y peligrosas. Respecto a las instituciones públicas que pueden colaborar para un adecuado desarrollo de las emociones que conlleve una buena educación moral y cívica, además del sistema educativo, estarían los medios de comunicación, los líderes políticos, el pensamiento económico y jurídico.

En cuanto al segundo y tercer peligro, la filósofa señala que el sentimiento patriótico y la discrepancia respetuosa no son incompatibles. Nos insta a que interioricemos que la actitud realmente patriótica es la que rechaza la homogeinización forzada, la ortodoxia y la presión coercitiva, estimulando la actitud crítica a una edad temprana y el disenso respecto a las opiniones dominantes.

Teniendo en cuenta estos peligros, invita a preguntarse al lector si no sería mejor prescindir completamente del amor patriótico y favorecer sentimientos más dependientes de unos principios abstractos, “más fiables o serenos”, como los propuestos en las teorías de dos de los autores más influyentes de la teoría política contemporánea, Jürgen Habermas y John Rawls. A Nussbaum no le convence, particularmente, la propuesta «caribdiana» de Habermas, debido a que no ofrece un modelo para el cultivo de unas emociones intensas y sostenidas al no prestar suficiente atención al problema de la motivación «aguada».

Caribdis: la motivación «aguada»

La referencia a la motivación «aguada» la retoma Nussbaum de la crítica que Aristóteles en su Política hizo a Platón. En la ciudad ideal, dice Platón, los vínculos familiares habrían de ser eliminados, de tal forma que todos los ciudadanos cuidaran de los demás, con independencia de las relaciones de consanguinidad. Aristóteles le objeta que hay dos cosas principalmente que hacen que las personas tengan interés y afecto: la pertenencia [el que piensen que algo es sólo suyo] y la estimación [el que crean que ese algo es el único que tienen de su clase]. Esto es, para que los seres humanos se preocupen y comprometan por algo, hay que hacerles ver que el objeto de su potencial interés es en cierto sentido «suyo» y forma parte de su «nosotros». Por lo tanto, si se eliminan los vínculos filiales, los ciudadanos no sentirán completamente suyos a los “hijos de la nación”. En consecuencia, no habría suficiente cariño y atención como ocurre en las familias. Así, habría una preocupación o interés «aguado» por los hijos de todos en general. Para que las personas amen algo, el objeto amado debe ser considerado en cierto sentido «suyo», como algo «único» que tienen de su clase y que forma parte de su «nosotros». Las grandes emociones son «eudemónicas», es decir, están ligadas a la concepción de florecimiento que tiene la propia persona y al círculo de interés personal al que se extiende esa concepción (13).

Quien critica el papel público de las emociones, dice Nussbaum, asume que los objetivos buenos se autopropulsan sin más y se sustentan por sí solos sin necesidad de ninguna motivación emocional fuerte. La historia desmiente categóricamente esa idea. Y se pregunta, ¿Qué le sucede al bien carente de emoción cuando compite con un mal cargado de emotividad?

Volviendo a las dos teorías de la emotividad patriótica muy fundamentadas en principios de John Rawls y Jürgen Habermas, la autora plantea las mismas dudas de Aristóteles, si los sentimientos que se cultivarían a partir de ellas no resultarían demasiado desapegados y anémicos.

Nussbaum menciona la teoría de Rawls acerca de la reciprocidad, según la cual, existe una tendencia a amar y a sentir preocupación por aquellas personas que son recíprocas con tales sentimientos. El amor familiar puede con el tiempo convertirse en un amor asociativo de alcance más amplio, hasta hacerse extensivo a los principios políticos que conforman la nación. No obstante, Nussbaum explica tres objeciones a esta teoría psicológica básica que su autor la elevó a «hecho psicológico profundo». La primera es que para llevarla a cabo, sería necesario tener una teoría sobre cómo amar y esforzarse para alcanzar ciertos objetivos cuando las condiciones en las que se vive no son ideales. En segundo lugar, explica que se trata de una concepción muy ideal de las personas, no entra a estudiar cómo son realmente los seres humanos. Y en último lugar, le achaca que resulta una propuesta sumamente abstracta; las personas de verdad no se enamoran de las ideas abstractas como tales si no hay por medio un aparato adicional de metáforas, símbolos, ritmos, melodías, elementos geográficos concretos, etc., e ironiza diciendo que si Martin Luther King Jr. hubiera escrito sus textos a la manera de Rawls, la historia mundial hubiera sido muy diferente. En su opinión, el proyecto de Rawls sólo muestra lo que sería posible lograr, pero al omitir las vías de la motivación que impulsa a las personas reales, ignoró tanto recursos como peligros potenciales.

En conclusión, para Nussbaum la teoría de Rawls aunque resulta vacía en algunos aspectos, sin embargo, a diferencia de la de Habermas, tiene algunos importantes méritos y la posibilidad de poder ser desarrollada de forma fructífera. La que si le parece vulnerable a la objeción que Aristóteles planteó a su maestro ateniense es la teoría moralizada sobre ese sentimiento político de apoyo que ofreció Habermas en defensa de su «patriotismo constitucional». Su teoría, dice, no ofrece una imagen de cómo son las emociones ni de cómo funcionan y resulta tan abstracta que no es posible confiar en que pueda funcionar en la vida real.

“De lo que se trata, más bien, es de que la cultura pública no sea tibia y desapasionada, pues, de serlo, corremos el peligro de que no sobrevivan los buenos principios y las buenas instituciones: esa cultura pública debe contar con suficientes episodios de amor inclusivo, con suficiente poesía y música, con suficiente acceso a un espíritu afectivo y lúdico, como para que las actitudes de las personas para con los demás y para con la nación que todas ellas habitan no sean una mera rutina inerte” (P.38).


                                       ***
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La superación de la dicotomía clásica razón/pasión y su consecuencia, el rechazo de las emociones en la teoría política, gracias a los avances de los conocimientos en las últimas décadas, restablece la esencial articulación emotivo/cognitiva de la política. 
Martha Nussbaum, combinando aportaciones de la filosofía clásica, la psicología, la neurociencia, la ética, la literatura y la música, analiza de forma sistemática -y polémica- la función y la idoneidad de las diferentes emociones para el ámbito público. Se podrán compartir en mayor o menor medida las propuestas de esta pensadora estadounidense, comprometida a lo largo de su vida con la construcción de unas sociedades más justas, compasivas, imaginativas, amorosas y solidarias, pero de lo que no cabe duda, es de que hay muchos aspectos de su análisis y de su concepción que invitan a la reflexión y que, en conjunto, nos ofrece una perspectiva innovadora y sugestiva en relación a una cultura que ha despreciado el cultivo de las emociones.

                                                                                                    Mayo, 2016

(publicado en http://www.pensamientocritico.org/kepbil0516.pdf)


1 La teoría clásica más completa es la desarrollada por Aristóteles en su obra Retórica, (Gredos, Madrid 1999). Para Aristóteles, al contrario que Platón, las dos dimensiones del alma, racional e irracional, forman una unidad y entiende que las emociones poseen elementos racionales como creencias y expectativas, razón por la que es considerado un precursor de las teorías cognitivas de la emoción. También la Etica de Spinoza desarrolla una teoría cognitivista de los afectos, puesto que éstos van siempre  acompañados de una idea de los mismos.

2 En “El error Descartes: la emoción, la razón y el cerebro”, publicado por primera vez en 1994, Antonio Damasio utiliza la experiencia de Phineas Gage para argumentar que, cuando las partes del cerebro que están vinculadas con las emociones han sido dañadas, la capacidad para tomar decisiones y hacerlo con sensatez queda seriamente comprometida. Antonio Damasio dedicó dos de sus obras –En busca de Spinoza y El error de Descartes (Ed. Crítica, 2005 y 2006)- a explicar que emoción, raciocinio y sentimiento forman parte de un mismo proceso mental.

3 Albert O. Hirschman, Las pasiones y los intereses, Península, 1999.

4 De los muchos ejemplos que nos proporciona el debate sobre Cataluña de esta instrumentalización en la retórica política, basta como muestra un botón. En una entrevista a Francesc de Carreras, ante la pregunta de si está en contra del independentismo o sólo del nacionalismo, contestó: «El nacionalismo… en sí mismo es altamente perjudicial porque no tiene ningún fundamento racional, solo emocional (…) Para mí, que me considero dentro de la tradición ilustrada, todo nacionalismo, por lo que tiene de romántico es irracional, es malo en sí mismo» (la cursiva es mía, 10-11-2015, Jot Down).

5 Máiz, Ramón, “La hazaña de la razón: la exclusión fundacional de las emociones en la teoría política moderna”. Revista de estudios políticos, 149: 11-45, (2010:14).

6 Uno de los trabajos de clasificación más importantes que dan cuenta de esta diversidad de perspectivas, es el realizado por Cheshire Calhoun y Robert C. Solomon, ¿Qué es una emoción? Lecturas clásicas de psicología filosófica (México, FCE, 1992).

7 Nussbaum prefiere utilizar el término eudaimonista en vez de eudemónico porque considera que este último se ha asociado a una perspectiva utilitarista debido a una traducción engañosa de “felicidad” por eudaimonia, según la cual la felicidad entendida como placer constituye el bien supremo. La palabra en Nussbaun, como en la antigua Grecia, tiene un sentido mucho más amplio y es compatible con diversas teorías del bien. Dentro de la eudaimonia se encuentran, por supuesto, los objetivos de una persona, pero también una jerarquización de éstos y el reconocimiento de su vulnerabilidad.

8 Nussbaum, M., Las emociones políticas:¿por qué el amor es importante para la justicia?, Paidós, Madrid 2014, p.13-14. Todas las citas restantes corresponden al libro.

9 El ideal normativo es para Nussbaum: “un conjunto de principios que no «oficializan» una «doctrina comprehensiva» (por usar la expresión de Rawls) religiosa o secular determinada, y que pueden ser objeto, al menos, potencialmente, de un «consenso entrecruzado» entre varias de esas doctrinas comprehensivas suscritas por los diversos ciudadanos, siempre y cuando estos estén preparados para respetarse mutuamente como ciudadanos que son en pie de igualdad” (p.39) En el capítulo 5 detalla la tesis normativa de lo que debe entenderse por sociedad decente (de calidad) a la que valga la pena aspirar y sea digna de ser sostenida.

10 En La religión dentro de los límites de la mera razón (Alianza, 2007),kantargumenta que la mala conducta en sociedad no es un simple producto de las condiciones sociales imperantes en ese momento: tiene sus raíces en la naturaleza humana universal, que encierra ciertas tendencias al abuso de otras personas (es decir, a tratar a esos otros individuos no como fines en sí mismos, sino como instrumentos). Kant llamó a tales tendencias el «mal radical».

11 Nussbaum, M. Los límites del patriotismo. Identidad, pertenencia y “ciudadanía mundial” (Paidós,1999). El libro recoge el debate que a mediados de los 90 tuvo lugar en EEUU sobre cosmopolitismo y patriotismo. Las tesis de Nussbaum expuestas en su ensayo Patriotismo y cosmopolitismo, con el que se abre el libro, son refutadas, matizadas o complementadas por otros dieciséis conocidos intelectuales, Judith Butler, Amy Gutman, Hilary Putnam, Amartya Sen, Charles Taylor, Immanuel Wllerstein y Michael Walzer, entre otros. Si bien el debate tuvo un marcado signo filosófico y moral contenía importantes implicaciones políticas y sociales.

12 Giussepe Mazzini, Pensamientos sobre la democracia en Europa y otros escritos, Madrid, Tecnos, 2004. Mazzini sostenía que una nación democrática comprometida con la igual dignidad de todas las personas es la intermediaria necesaria “entre el ego y el conjunto de la humanidad”, puesto que la emoción implica apegos intensos y éstos, a su vez, una fuerza motivadora de la que carecen los principios abstractos (p.56).

13 Aristóteles, Política (Madrid, Gredos, 1988).