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El “Homo Deus”. La brecha genética y biológica.

 

Muchas de las predicciones que parecían imposibles en los inicios de la ciencia ficción se han cumplido, como la energía nuclear, los viajes espaciales a la luna o las del profesor Arthur C Clarke sobre internet.

Los últimos años son pródigos en revolucionarios descubrimientos biológicos y genéticos, pero algunas especulaciones teóricas no auguran un futuro menos temible e incierto que el actual. A lo largo de la historia, los ricos han gozado de muchas ventajas sociales y políticas, pero nunca había habido una enorme brecha biológica que los separara de los pobres. En el futuro podríamos ver cómo se abren brechas reales en las capacidades físicas y cognitivas entre una clase superior mejorada y el resto de la sociedad.

Como señala el autor De animales a dioses: breve Historia de la humanidad (Debate, 2014), el profesor Yuval Noah Harari, estos superhumanos gozarán de capacidades inauditas y de creatividad sin precedentes, lo que les permitirá seguir tomando muchas de las decisiones más importantes del mundo. Sin embargo, la mayoría de los humanos no serán mejorados, y en consecuencia se convertirán en una casta inferior, dominada por los nuevos superhumanos. Yuval pone el ejemplo de Angelina Jolie la cual en un artículo publicado en The New York Times se refería a los elevados costos de las pruebas genéticas. Hoy en día, la prueba que Jolie se hizo cuesta tres mil dólares (lo que no incluye el precio de la mastectomía, de la cirugía reconstructiva y de los tratamientos asociados). Esto en un mundo en que mil millones de personas ganan menos de un dólar al día, y otros mil quinientos millones, entre uno y dos dólares diarios. Aunque trabajen con ahínco toda la vida, nunca podrán costearse una prueba genética de tres mil dólares. Y las brechas económicas no hacen más que ensancharse. A principios de 2016, las 62 personas más ricas del mundo tenían tanto dinero ¡como los 3.600 millones de personas más pobres! Puesto que la población mundial es de alrededor de 7.200 millones de personas, ello significa que estos 62 multimillonarios acumulan en conjunto tanta riqueza como toda la mitad inferior de la humanidad.

GEN-RICOS versus GEN-POBRES.

El profesor de biología molecular y evolutiva Lee M. Silver, autor de la novela Vuelta al Edén. Más allá de la clonación en un mundo feliz (Editorial Taurus, Madrid 1998), a la que se comparó con un Un mundo feliz, de Aldous Huxley, plantea una contrautopía que arranca en el año 2350, en el que la extrema polarización de la sociedad -que empezó a fraguarse durante los años ochenta del siglo XX (los años de la revolución conservadora de Thatcher y Reagan)- llega a su culminación lógica con la aparición, como consecuencia del avance científico en la manipulación del genoma humano, de dos clases sociales bien diferenciadas, por un lado, el nacimiento de una elite de ciudadanos mejorados artificialmente, los genéticamente enriquecidos o gen-ricos, accesible solamente a los sectores más prósperos, son los que gobiernan la sociedad y, por otro, los gen-pobres o seres naturales lo que les imposibilita acceder en la escala social y sólo pueden optar a trabajos como obreros o funcionarios mal pagados y ¡claro! sus hijos irían a escuelas públicas. Unas escuelas que en nada se parecen a sus predecesoras del siglo XX, sino que han reducido sus fondos de modo continuo desde comienzos del siglo XXI; a los niños naturales sólo les enseñan las habilidades básicas que necesitan para realizar el tipo de tareas con que se encontrarán en los puestos de trabajo accesibles a los miembros de su clase. Las tecnologías de perfeccionamiento humano estarían desproporcionadamente a disposición de aquellos con más recursos financieros, ampliando, por tanto, la brecha entre ricos y pobres y creando una brecha genética.

Ante esta hipótesis la respuesta estándar de los científicos es que también en el siglo XX muchos adelantos médicos empezaron con los ricos, pero que al final beneficiaron a toda la población y contribuyeron a reducir y no a ampliar las brechas sociales. Para Yuval Noah Harari, en su última obra, Homo deus, Breve historia del mañana, la posibilidad de que este proceso se repita en el siglo XXI podría ser solo una ilusión, por dos razones importantes. Primera: la medicina del siglo XX aspiraba a curar a los enfermos. La medicina del siglo XXI aspira cada vez más a mejorar a los sanos. Segunda: la medicina del siglo XX benefició a las masas porque el siglo XX fue la época de las masas. Los ejércitos del siglo XX necesitaban millones de soldados sanos y la economía necesitaba millones de trabajadores sanos. Pero la época de masas podría haber terminado, y con ella la época de la medicina de masas. Algunas élites podrían llegar a la conclusión de que no tiene sentido proporcionar condiciones mejoradas o incluso estándares de salud para las masas de gente pobre e inútil, y que es mucho más sensato centrarse en mejorar más allá de la norma a un puñado de superhumanos: “Durante los siglos XIX y XX las masas han sido vitales para la economía y por lo tanto han tenido derechos. Que ya no sean necesarias por razones económicas o militares tendrá consecuencias desastrosas sobre las personas”.


¿Qué nos depara el futuro?: el Homo Deus


Yuval Noah Harari, comienza Homo Deus donde terminó su texto anterior, Sapiens: con los seres humanos ultimando su transformación de animales a dioses, en el sentido griego del término, esto es, seres dotados de potencialidades que exceden con mucho las del hombre corriente. Una continuación en la que explora y especula sobre lo que podría llegar a ser el futuro de nuestra especie. No se trata tanto de una predicción, ya que el autor reconoce que no es posible saber qué va pasar ni siquiera en los próximos veinticinco o cincuenta años con una probabilidad apreciable, cuanto de explorar con la mirada de hoy qué factores pueden ser relevantes en el futuro de la humanidad. Ya no será solo que el futuro lo decidan unos pocos, sino de que estos pocos poseerán rasgos que los harán diferentes del resto.


Yuval estima que, en el transcurso de este siglo, los computadores y los seres humanos empezarán a diseñar seres vivos que serán una combinación de partes orgánicas e inorgánicas. La fusión entre humanos y computadores daría origen a los cyborgs, y estas tecnologías nos permitirán tener una mejor memoria y crear una interfaz directa entre cerebro y máquina. Pero, a pesar de estas nuevas facultades, todos estos avances podrían profundizar los males de la sociedad como la reapertura de la brecha entre ricos y pobres.


El profesor se pregunta ¿qué ocurrirá con nuestra economía si más y más personas se vuelven completamente inútiles?: «Los políticos aquí y en todo el mundo no tratan los temas verdaderamente importantes para la humanidad. Se habla mucho de desempleo pero de aquí a 50 ó 100 años la mayoría de las personas no trabajarán porque ya no serán útiles». No tenemos una respuesta para eso.


En el siglo XIX, dice Yuval, vimos el surgimiento de una clase completamente nueva: el proletariado urbano. Ahora estamos viendo el nacimiento de una nueva y masiva clase de personas que no son útiles. No hay ningún nobel de Economía o ideología política que pueda dar respuestas a esta nueva clase: “Marx escribía en el siglo XIX bajo la idea de que el proletariado era el elemento imprescindible para la economía. Y que la huelga general era su arma irresistible. Pero ahora es irrelevante. La mayoría de las personas serán económicamente innecesarias. ¿A quién le importa que hagan huelga los mendigos? ¡Los algoritmos no van a la huelga!”. Este será para Yuval el principal desafío político y económico del siglo.


Dentro de uno o dos siglos, el Homo sapiens –tal como lo conocemos– se extinguirá. No por una gran catástrofe o un holocausto nuclear, sino porque será potenciado. El ser humano se fusionará con los computadores para formar seres distintos a nosotros. Es lo mismo que vemos hoy, pero de forma generalizada: las personas se están fusionando cada vez más con los computadores y sus teléfonos móviles. Más y más vidas son conducidas por una realidad virtual y más y más decisiones son tomadas por algoritmos computacionales. Estamos muy cerca del momento en que podremos insertar chips en nuestro cuerpo y crear esa fusión: “con suficientes datos biométricos sobre mí y suficiente poder computacional, un algoritmo externo puede entenderme mejor de lo que yo me entiendo a mí mismo. Y una vez existe este algoritmo, el poder pasa de mí, como individuo, a ese algoritmo, que puede tomar mejores decisiones que yo. Esto empieza con cosas simples, como el algoritmo de Amazon que te propone libros, o los sistemas de navegación que nos dicen qué camino tomar. Eran decisiones que tomábamos basándonos en nuestros instintos y conocimientos. Ahora la gente cada vez confía más en aplicaciones y sigue instrucciones del teléfono móvil. Y esto irá pasando también en decisiones más importantes, cómo en qué universidad estudiar, a quién votar… Iremos cediendo poder de decisión, y no porque lo decida un poder dictatorial, sino que seremos nosotros quienes querremos hacerlo. Hay departamentos de policía de EEUU en los que es un algoritmo el que decide dónde se debe desplegar a los patrulleros en función de los patrones de delincuencia, no un sargento veterano como antes”.


Yuval señala que el verdadero problema al que nos enfrentamos no proviene de que las máquinas controlen todo lo que hacemos, como en la metáfora del Gran Hermano, sino de la disolución de nuestra individualidad al dejarnos dirigir por algoritmos externos que nos proporcionan una vida más placentera.


La agenda humana, nos dice, ha cambiado y los problemas que nos inquietan de cara al futuro son ahora bien distintos como la lucha contra el envejecimiento y la búsqueda de la inmortalidad, la conquista de la felicidad y la posibilidad de intervenir de manera activa en el futuro de la humanidad a través de los avances tecnológicos. Temas sobre los que se intuye que puede llegarse a ejercer un control, pero que todavía están fuera de nuestro alcance. Ahora bien, aunque no estén entre nuestras principales preocupaciones, sí son las que inquietan a los principales centros de investigación científica y tecnológica y, por tanto, las que acaparan la mayor parte de las inversiones en investigación. En ese futuro que nos pinta el profesor, la mayoría de las religiones se volverán irrelevantes, pero eso no será el fin de la religión. Simplemente veremos el surgimiento de una nueva religión, y eso ya está ocurriendo. Desde una perspectiva histórica, el lugar más interesante del mundo en la actualidad no es Oriente Próximo, sino Silicon Valley. Ahí puedes ver el auge de estas nuevas religiones, que podemos llamar ‘tecnorreligiones’, que creen en la tecnología. Estas reformulan todas las premisas tradicionales que tenían religiones como el cristianismo y el islam. También te prometen felicidad, justicia y la vida eterna en el paraíso. Pero, en vez de creer que estamos en las manos de Dios u otro ser sobrenatural, estas proponen que podemos desarrollar la tecnología para derrotar a la muerte.


Ante la pregunta ¿Qué nos depara el futuro? Yuval Noah Harari augura un mundo no tan lejano en el cual nos veremos enfrentados a una nueva serie de retos. Homo Deus explora los proyectos, los sueños y las pesadillas que irán moldeando el siglo XXI. Según Yuval Noah Harari, en las próximas décadas «vamos a convertirnos en dioses», ya que «adquiriremos habilidades que tradicionalmente se pensaban que eran habilidades divinas»; en particular, capacidades para la ingeniería o para crear vida. «Al igual que en la Biblia Dios creó animales, plantas y humanos de acuerdo a sus deseos, en el siglo XXI nosotros probablemente aprenderemos a diseñarlos y fabricarlos de acuerdo a los nuestros». Se usará la ingeniería genética para crear nuevos tipos de seres orgánicos, interfaces cerebro-ordenador para cíborgs y «podemos tener incluso éxito en la creación de seres completamente inorgánicos», opina este historiador, quien resume: «Los principales productos de la economía del siglo XXI no serán los textiles, vehículos y armas, sino más bien cuerpos, cerebros y mentes». quien denomina a los «descendientes» del Homo sapiens, Homo deus, por sus «poderes divinos de creación y destrucción». No obstante, asegura que «si malinterpretamos las amenazas de guerra nuclear, el cambio climático y la interrupción tecnológica, tal vez nunca tengamos una segunda oportunidad».


Homo deus es una especulación seductora y provocativa sobre el futuro de la evolución de la especie humana, a veces bien fundamentada y no exenta de interés.

¿Para qué sirve la sociología?

Hace años que sigo al sociólogo polaco Zygmunt Bauman (1925-2017), un agudo pensador y analista de la realidad social, que acaba de dejarnos el pasado 9 de enero a los 91 años.

En su larga vida sufrió los horrores del siglo XX -la guerra, la persecución, las purgas, el exilio- pero eso no le hizo conformista con nada de lo que vino después. Apenas tenía 13 años cuando su familia, judía aunque no religiosa, escapó de la invasión nazi de Polonia en 1939 refugiándose en la URSS. El joven Bauman se alistó después en la división polaca del Ejército rojo. Tras la guerra pudo volver a Varsovia, casarse con Janina Lewinson (superviviente del gueto de Varsovia, también escritora, su compañera hasta su muerte en 2009) y compatibilizar su carrera militar con los estudios universitarios, además de la militancia en el Partido Comunista. En 1968 se vio obligado a irse de Polonia a causa de la política antisemita desarrollada por el gobierno comunista.

Posteriormente a su purga de la Universidad de Varsovia, enseñó sociología en países como Israel, EEUU y Canadá. Desde 1971 residió en Inglaterra, donde fue profesor en la Universidad de Leeds. En el año 2011 en una entrevista con el importante semanario polaco Polityka criticó al sionismo y a Israel, mencionando que no estaba interesado en la paz y esto fue “tomando una ventaja del Holocausto para legitimar actos inconcebibles”. Comparó la Barrera israelí de Cisjordania como un muro comparable a las paredes del gueto de Varsovia donde cientos de miles de judíos murieron en el Holocausto.

Este inquisitivo e irónico pensador, al decir de quienes le conocieron, pasará a la historia intelectual como el teórico de la modernidad líquida, esa forma de organización social en la que nada permanece, en la que todo es fugaz, incompleto, indefinido, donde, en efecto, todo lo sólido se desvanece en el aire, de acuerdo con la más sugestiva metáfora que en su Manifiesto Comunista propusieron Marx y Engels. No es sólido el Estado-nación, ni la familia, ni el empleo, ni el compromiso con la comunidad. Y hoy “nuestros acuerdos son temporales, pasajeros, válidos solo hasta nuevo aviso”.

Figura muy respetada por los movimientos de indignados del nuevo siglo (desde el 15-M a Occupy Wall Street), él comprendía sus motivos y se interesaba por sus experiencias, pero apuntaba sus debilidades e incongruencias, convencido como estaba de que es más fácil unir en la protesta que en la propuesta. “Hace no mucho el precariado era la condición de vagabundos, homeless, mendigos. Ahora marca la naturaleza de la vida de gente que hace 50 años estaba bien instalada. Gente de clase media. Menos el 1% que está arriba del todo, nadie puede sentirse hoy seguro. Todos pueden perder los logros conseguidos durante su vida sin previo aviso”. Ante esa circunstancia, señala: “hoy hay una enorme cantidad de gente que quiere el cambio, que tiene ideas de cómo hacer el mundo mejor no sólo para ellos sino también para los demás, más hospitalario. Pero en la sociedad contemporánea, en la que somos más libres que nunca antes, a la vez somos también más impotentes que en ningún otro momento de la historia. Todos sentimos la desagradable experiencia de ser incapaces de cambiar nada. Somos un conjunto de individuos con buenas intenciones, pero que entre sus intenciones y diseños y la realidad hay mucha distancia. Todos sufrimos ahora más que en cualquier otro momento la falta absoluta de agentes, de instituciones colectivas capaces de actuar efectivamente”.

En su última obra publicada, Extraños llamando a la puerta (Paidós), observa la crisis de los refugiados desde la comprensión de la ansiedad que genera en la población y el rechazo a vallas y muros. El pensador volvía así a uno de los temas que más le han preocupado: el rechazo al otro, el miedo al diferente, que ya había tratado en sus primeros años en Varsovia en relación al antisemitismo. Así, en su último artículo escrito en el País decía: “Las fronteras no se trazan teniendo en cuenta las diferencias; las diferencias se buscan, se encuentran o se inventan en función de unas fronteras que ya han sido trazadas, o al menos así lo afirmó e ilustró profusamente el gran antropólogo noruego Fredrik Barth en su obra magna Grupos étnicos y fronteras. La organización social de la diferencia cultural (publicada en 1969) (…) Estamos viendo hoy cómo Europa se dedica a elevar las prácticas descritas por Barth, hasta ahora consideradas excentricidades de populistas sin escrúpulos, a la categoría de criterio legal autorizado y universalmente vinculante (…) las fronteras de Europa están volviendo a fortificarse frente a los otros indeseados y las condiciones para entrar son cada día más estrictas (…) Estos nómadas, que lo son no de forma voluntaria, sino por el veredicto de un destino despiadado, nos recuerdan de manera irritante la vulnerabilidad de nuestra posición y la fragilidad de nuestro bienestar”.

Este sabio maestro nunca quiso escribir para agradarnos. Sino para agitarnos, para hacernos pensar.

En el último libro que he leído: ¿Para qué sirve realmente…? Un sociólogo (Paidós, 2014), Bauman despoja la disciplina de todo aquello que la hace comercial y le reserva el papel más humanista.

Bauman hace una encendida defensa de la sociología como un diálogo constante con la experiencia humana, y al hacerlo nos convoca a cuestionar el mundo en el que vivimos, a que dejemos de vernos como víctimas de las circunstancias y nos convirtamos en los creadores de nuestra propia historia. Nos inquiere a que empecemos a cuestionarnos el sentido de nuestra vida cotidiana. En un mundo de carácter empresarial y práctico como el que vivimos (un mundo que busca el beneficio inmediato), todo aquello que no pueda demostrar su valor con cifras es muy arriesgado. Por tanto, materias de estudio como la historia, la música, la filosofía…, que contribuyen al desarrollo del ser humano, más que una ventaja social, política o económica son un peligro. Porque el ser humano ha dejado de tener valor “humano” para pasar a ser un simple objeto de producción o consumo..

“Al cuestionar nuestro conocimiento de sentido común, la sociología nos impulsa y nos alienta a reevaluar nuestra experiencia, a descubrir más interpretaciones posibles y a tornarnos algo más críticos, a aceptar cada vez menos las cosas como son actualmente o como creemos que son (…) Pensar sociológicamente significa comprender más a fondo a la gente que nos rodea, con sus proyectos y sus sueños, sus preocupaciones y sus desgracias. Quizá podamos entonces apreciar mejor a los individuos en sí mismos y quizá lleguemos a sentir más respeto por su derecho a hacer lo que nosotros estamos haciendo, y a hacerlo con placer: elegir la forma de vida que prefieran, seleccionar sus proyectos, definirse y -finalmente, pero no lo menos importante- defender con vehemencia su dignidad. Tal vez nos demos cuenta de que al hacer todas esas cosas los demás tropiezan con los mismos obstáculos con que nosotros tropezamos y se sienten a veces tan amargados y frustrados como nosotros nos sentimos. Y por último, el pensamiento sociológico favorece la solidaridad, una solidaridad fundada en la comprensión y el respeto mutuos, una solidaridad que se expresa a través de nuestra común resistencia ante el sufrimiento y de nuestra unánime condena a la crueldad que lo causa. Si se alcanza ese efecto, habremos fortalecido la causa de la libertad, porque la habremos elevado al rango de una causa común” (Pensando sociológicamente, Editorial Nueva visión. Buenos Aires, 1994).

 

 

 

 

 

 

 

                                                                                                             

La libertad de las marionetas

Unos humildes titiriteros han sido encarcelados y están siendo tratados como peligrosos delincuentes acusados por «enaltecimiento del terrorismo».

Los que mueven los hilos ya saben que se trata de no dejar títere con cabeza en el gobierno municipal de Madrid. Lo espeluznante es que la detención se produce por la misma manipulación de pruebas que la obra pone de manifiesto. Como alguien ha escrito, este país es un guiñol esperpéntico en el que quienes mueven los hilos, tratan de manejar en beneficio propio a las instituciones y a la opinión pública como si fueran títeres.

Con este motivo y porque tiene alguna relación con este hecho cito un libro de John Gray que he leído no hace mucho y tiene un título sugerente «El alma de las marionetas» (2015, Sexto Piso). Un libro que trata de ahondar en el concepto de libertad.

Que somos marionetas ignorantes, de qué o de quién las mueve, ha sido y es tema recurrente de la filosofía, la religión, la literatura y otras artes. ¿Somos libres?

¿Existe el libre albedrío? ¿Entendemos todos lo mismo cuando empleamos estos términos?

En «El alma de las marionetas», John Gray asemeja la libertad humana a la libertad de las marionetas. En nuestro caso, el titiritero habita oculto en nuestra propia conciencia, y los hilos vienen dados por nuestra historia e ideas, pero nada implica que podamos evadirnos de los límites que constriñen y determinan nuestros actos en el mundo. John Gray observa que el anhelo sigue siendo liberar de una vez por todas al ser humano de sus ataduras, para dar comienzo a una nueva era de libertad humana y de plenitud. En cambio, John Gray argumenta con lucidez casi lo contrario: justo ahí donde creemos liberarnos de las cadenas que nos atan, los seres humanos nos revelamos como simples marionetas incapaces de admitir las fronteras a las que irremediablemente nos constriñe nuestra condición.

El libro es un estudio sobre cómo el ser humano persigue el espejismo de la libertad, pretendiendo inútilmente desafiar sus limitaciones a través del conocimiento y expone lo que considera sus límites y contradicciones a partir de una aproximación básicamente literaria y poética. Por sus páginas desfilan el sacerdote del XVII Joseph Glanvill, Giacomo Leopardi, Stanislaw Lem, Mary Shelley, Andréi Tarkovsky, Edgar Allan Poe, Jorge Luis Borges o Hobbes.

La novedad del enfoque de Gray es que utiliza el símil de la marioneta al revés de lo que es usual. El tópico clásico de que los humanos no somos libres por ser marionetas es sustituido por la idea de que, precisamente por no serlo, sentimos nuestra falta de libertad. Esto nos lleva a una lucha sin esperanza y a depositar vanas perspectivas en que el avance del conocimiento intelectual y la razón nos vayan a liberar.

La idea o el mito o la superstición del progreso moral, así como el de la capacidad de los seres humanos para dejarse guiar por la razón son dos de los temas recurrentes en los libros de Gray.

Hoy retirado de la vida docente, este sugerente y heterodoxo profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Oxford y de Pensamiento Europeo en la London School of Economics suele ser descrito como una suerte de ¨profeta de la fatalidad¨, un ¨pesimista racional¨ o un ïlustrado oscuro¨. Con su ataque a la teoría sobre el fin de la historia y certeros vaticinios como el desastroso escenario del Irak posbélico o el colapso bancario mundial que anticipaba en «Falso amanecer. Los engaños del capitalismo global», su nombre se hizo un hueco entre los pensadores británicos más influyentes.

«El alma de las marionetas» se inspira en un libro del pensador alemán Heinrich von Kleist «Sobre el teatro de marionetas», para quien la libertad sería a la postre «un estado del alma en el que se ha eliminado todo conflicto» o, quizá más exactamente, en el que no se arrostrara «la carga de tener que elegir». Por el contrario, lo que nos sugiere Gray es que aquello que escapó a la comprensión del poeta alemán, el hecho problemático de que lo singularmente humano es el conflicto interno, puede también ser fuente liberadora de autoconciencia y creatividad. O, como escribió Albert Camus: «que si hay un pecado contra la vida, tal vez este no consista tanto en la desesperación ante la vida que tenemos como en la esperanza de otra, y en eludir la grandeza implacable de esta vida».

Al final del libro, Gray nos dice que «Sólo criaturas tan imperfectas e ignorantes como los seres humanos pueden ser libres del modo en que son libres los seres humanos», siempre y cuando renuncien a explicarlo todo desde una conciencia absoluta y acepten su condición efímera y limitada: su condición de marionetas que no mueven los hilos.

                                                                                                        10/02/16

Patriotismo versus nacionalismo

(Galde 12, otoño 2015)

El sentido de la realidad nos dice que el hecho nacional(ista) es un rasgo persistente en la vida social humana, guste o no, y lo va a seguir siendo en el futuro, no puede ser superado, pero, eso sí, puede y debe ser revisado, modificado y acomodado: no sólo el mío, sino el tuyo y el de aquel y el de aquel otro.

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El sentido de la realidad

Kepa Bilbao
hika, nº96, enero 1999

Hay dos clases de intelectuales, de pensadores, de artistas, de seres humanos en general: el erizo y el zorro. Esta diferencia metafórica remite a un verso del poeta griego Arquíloco, que dice: «La zorra sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una importante».

Isaiah Berlin recurrió a esta distinción en su ensayo sobre el pensamiento de Tolstoi, inclinándose por una de sus posibles interpretaciones y advirtiéndonos que al igual que todas Sigue leyendo

In memoriam -Isaiah Berlin-

Kepa Bilbao
hika, nº84, diciembre 1997

Después de una prolongada enfermedad, el pasado 5 de noviembre murió a los 88 años de edad Isaiah Berlin (1909-1997). Un testigo de excepción, un lúcido historiador y un filósofo de las ideas políticas y morales de los más brillantes de este nuestro siglo que acaba, lo que lo ha convertido en referencia indispensable para los analistas del presente. Sigue leyendo

Contra el fanatismo y el antifanatismo fanático Amos Oz, un traidor

Kepa Bilbao
(hika, nº150, diciembre 2003)

Amos Oz, maestro de la prosa moderna hebrea, es uno de los escritores israelíes más leído -traducido a más de treinta lenguas- y reconocido internacionalmente por su lucha para que la paz se abra camino entre los fanatismos de israelíes y palestinos. Sigue leyendo

La noción de ciencia en el siglo XX

Kepa Bilbao
(Del libro La modernidad en la encrucijada. La crisis del pensamiento utópico en el siglo XX: el marxismo de Marx, Gakoa, Donostia, 1997)

1.-La imagen tradicional de la ciencia.

La posibilidad de lograr la verdad universal (monismo epistemológico) ha estado presente a lo largo de los siglos en el pensamiento occidental. Ya desde la Grecia clásica se comenzó a distinguir la ciencia ( un tipo de conocimiento totalmente cierto), de la opinión ( un tipo de Sigue leyendo