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Prólogo de J.A. Dorronsoro al libro Capitalismo

PRÓLOGO

Javier Álvarez Dorronsoro

El libro que Kepa Bilbao nos ofrece es un buen texto de historia del pensamiento económico guiado por el propósito de ofrecer una crítica de la ideología capitalista de libre mercado. A través de sus páginas nos acercamos al pensamiento de grandes economistas como Adam Smith, Joseph Schumpeter, John Maynard Keynes o Karl Marx, al tiempo que estos análisis y otras referencias del pensamiento económico proyectan luz sobre las ideas que han impregnado la mentalidad económica en las décadas anteriores a la crisis y sobre las políticas con las que los gobiernos han afrontado la misma.

Kepa Bilbao tiene al acierto de optar por un tratamiento histórico del capitalismo y a la vez enfatizar sus dimensiones social, política e ideológica, así como su capacidad de adaptación a diversos contextos. Ello le permite describir con más perspectiva las transformaciones que ha sufrido a lo largo del último siglo y, en función de esa plasticidad del sistema, reivindicar la utilidad de la crítica.

En realidad, la justificación de la necesidad de una crítica ideológica del capitalismo no es un asunto trivial. La ineficacia de la crítica ha sido argumentada desde diversas posiciones. Por parte de los defensores del capitalismo, mediante la idea de que el capitalismo escapa a cualquier escrutinio moral: no tiene moralidad, es un conjunto de leyes invariantes, la moralidad es en todo caso objeto de sus administradores. Y también desde la posición opuesta: el funcionamiento del capitalismo es inmutable, por tanto no vale la pena criticarlo. Ambos enfoques están destinados a invalidar cualquier intento crítico. Sin embargo, el capitalismo segrega ideología, como deseos insaciables o afán de lucro, y este hecho adquiere categoría de evidencia empírica. Bien lo sabían tanto los moralistas del despertar del capitalismo, que comenzaron por criticar estos efectos nocivos, como los que más tarde terminaron justificándolos – tal como nos recuerda Kepa Bilbao tomando como referencia el magnífico relato que de ello hace Albert Hirschman en su obra Pasiones e intereses– con el argumento de que la codicia humana atemperaba otras pasiones más peligrosas. En determinados contextos sociales y políticos estas ideas que destila el capitalismo han campado a sus anchas, en otros se les ha puesto límites institucionales e ideológicos. De ahí el interés de la crítica.

Una de los temas destacados de la obra de Bilbao es la crítica del mercado autorregulador y los efectos de la “mano invisible”. Bien justificada está la extensión con la que Bilbao nos introduce al pensamiento del inventor de este artificio, Adam Smith, y nos recuerda la doble dimensión de este postulado: su ficción como hecho empírico y su utilidad como argumento ideológico. Karl Polanyi a través de su conocida y apreciada obra La Gran Transformación nos advirtió de las nefastas consecuencias que este principio tuvo en las primeras décadas del siglo pasado. Polanyi creía firmemente que el mundo había escarmentado tras haberse dejado llevar por la idea de que el mercado libre se autorregula a sí mismo. Los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial parecieron darle la razón, en la medida en que la regulación –y en especial, la del capital financiero- fue una de las señas de identidad de la política económica de gobiernos socialdemócratas, liberales y conservadores. Pero a partir de los años 80, para los que deberíamos acuñar el término de Contrarrevolución Económica, todo cambió. No se trataba sólo de un giro en la política económica, el marco cultural en el que éste se realizó mostró profundas alteraciones en pocos años.

En los años setenta el pensamiento postmoderno destacaba lo efímero, la diversidad, la diferencia y el localismo como respuesta al quebranto sufrido por la ideología del progreso y las creencias utópicas. Sin embargo, a finales de los ochenta, en un clima favorecido por el declive del comunismo y la revolución informática, renació la teoría de la modernización y el progreso con algunos ingredientes distintos a los de épocas anteriores: no había alternativas sociales heroicas que proponer al capitalismo, pero se vaticinaba la universalidad del modo de producción, la convergencia cultural y moral de la humanidad y la igualación del nivel de vida de todos los países. Podríamos caracterizar esta visión con un término: Ideología de la Globalización. Como gran novedad, en esta proyección del futuro, el mercado jugaba un papel decisivo. El teórico social Jeffrey Alexander en su obra Sociología cultural comentaba cómo diferentes grupos de intelectuales contemporáneos reflotaron la narrativa emancipatoria del mercado, caracterizando el pasado como “sociedad antimercado” y el presente y el futuro como “transición al mercado”, y convirtiendo la liberación en algo que dependía de la privatización, los contratos, la desigualdad monetaria y la competitividad. Tony Judt, por su parte, en su texto Algo va mal puso de relieve uno de los elementos fundamentales de este cambio de época: “si tuviéramos que identificar una sola consecuencia general de la transformación intelectual que caracterizó el último tercio del siglo XX probablemente sería el culto al sector privado y, en particular, el culto a la privatización”. La apología de la eficacia del sector privado frente al público recorrió todo el espectro político, de derecha a izquierda, y allanó el camino de la ola de privatización que hoy nos invade. De aquellos polvos, estos lodos.

En las décadas siguientes el capitalismo incorporó elementos de esas dos subculturas que habían coincidido en los años 80. El horizonte de convergencia propio de la modernidad y rehabilitado con el nuevo modernismo, quedaba para el largo plazo, el mercado se encargaría de ello con el añadido de que la receta era la misma para todos los países fuera cual fuera su momento de desarrollo: la economía neoliberal. Por otra parte, elementos como la avidez por la diferenciación, la desigualdad, la realización personal inmediata, el “todo a corto plazo”, más en consonancia con las ideas que recogió el pensamiento postmoderno, resultaban funcionales para los nuevos modelos de consumo, producción y redistribución. Términos como flexiblidad y adaptación (que enmascaraban con frecuencia la precariedad en el trabajo) tomaron vida propia, cargados de una valoración positiva, independientemente de cualquier contexto. Como remate, la ideología del progreso -bajo nuevas formas- proporcionaba el recurso de tildar de reaccionario o regresivo a quien mostrara su rechazo a la globalización o a los procesos de transformación de la economía en curso.

En la economía convencional -tema al que Kepa Bilbao dedica especial atención- tuvo lugar la rehabilitación de la teoría del mercado autorregulador y de su creador -no el Adam Smith de La teoría de los sentimientos morales sino el inventor de la mano invisible– acompañada de otras como la teoría de las expectativas racionales o de los mercados eficientes, que al tiempo que subrayaban la inutilidad de la regulación pública de la economía, profetizaban una suavización de los ciclos económicos e incluso hasta la desaparición misma de las crisis.

Tras describir estas rupturas en la mentalidad económica, Kepa Bilbao entra de lleno en la crisis y en las políticas anticrisis. Su descripción deja entrever sobradamente cómo en el forcejeo entre las políticas de austeridad y las políticas de inversión pública subyacen debates que estaban en las controversias teóricas de economistas del pasado. Este revival de ideas económicas en la actualidad refuerza el interés de la disciplina de la historia en general y de la historia del pensamiento económico en particular, disciplina a la que desgraciadamente se otorga la misma atención que a las obras de museo sin apreciarla como herramienta creativa que explica el presente y proyecta el futuro. Desprenderse del marco histórico de los procesos económicos que nos han llevado a la catástrofe conduce con frecuencia a deslizamientos hacia explicaciones fáciles de la crisis como atribuir ésta a que los ciudadanos han gastado más de lo que ingresaban, a la falta de modernización de las administraciones públicas y de los servicios sociales o a la rigidez de los mercados de trabajo, certificando así que no se ha entendido nada de lo que nos ha ocurrido.

Kepa Bilbao no cierra el libro sin preguntarse por el futuro del capitalismo. Tras repasar los fundamentos de las dudas con las que algunos teóricos como Schumpeter o Keynes abordaron el destino de la economía de mercado, trae a colación los juicios que economistas críticos con la exuberancia neoliberal hacen de las tendencias actuales del sistema. Comentarios de gran interés de las obras de Jeffrey Sachs, Walden Bello, Joseph Stiglitz, Paul Krugman y Dani Rodrik, entre otros, ilustran este capítulo. Y si bien Kepa Bilbao a lo largo del libro ha concedido una importancia sobresaliente a la incidencia del pensamiento económico en la deriva del capitalismo -éste era al fin y al cabo uno de los objetivos del texto- no se olvida de recordarnos en el epígrafe “a modo de conclusión” la trascendencia que las fuerzas sociales y políticas tienen en este futuro.

En definitiva, la obra de Kepa Bilbao proporciona un gran angular para examinar la crisis y las tendencias actuales del capitalismo. Constituye una eficaz herramienta de reflexión y de ningún modo nos deja indiferentes ante los tiempos de oscuridad y zozobra que estamos viviendo.

Una lectura desde el psicoanálisis

La Biblioteca de Orientación Lacaniana de Bilbao, dentro del ciclo Política y psicoanálisis”, el 20 de junio de 2014, en el Centro Cívico La Bolsa, con motivo de la presentación del libro “Capitalismo. Crítica de la ideología capitalista del libre mercado. El futuro del Capitalismo” de Kepa Bilbao, organizó una mesa de debate con el título: Capitalismo y malestar en la democracia. Tomaron parte, además del profesor Kepa Bilbao, autor del libro, Joaquín Caretti miembro de la Asociación Mundial de psicoanalisis y Oscar Matute representante de Alternativa y parlamentario vasco. A continuación se recoge la intervención de Joaquín Caretti.

Una lectura desde el psicoanálisis

Joaquín Caretti Ríos

La primera cuestión que quiero plantear y justificar es el porqué de la presencia de un psicoanalista en la presentación de un libro que, en el prólogo, es definido como un libro de historia económica. Sin embargo, aunque, efectivamente, en los primeros capítulos se hace un recorrido muy interesante por la historia del capitalismo centrándose fundamentalmente en Adam Smith y Keynes, recorrido que nos permite ver su evolución, no es exclusivamente un libro de historia de la economía capitalista pues se preocupa de otras cuestiones tales como la situación de España en medio de la tormenta y la crisis del pensamiento económico dominante. Finalmente, cierra el libro con la pregunta por el futuro de este sistema del cual parece no haber salida. Lo digo de entrada, me parece un libro que articula la historia de este sistema económico con preguntas y reflexiones que te hacen pensar. Y, sobre todo, que introduce ciertas cuestiones que como psicoanalistas nos pueden interesar y mucho.

De la lectura que he hecho del mismo me llamaron la atención varias palabras que figuran prácticamente en todos los capítulos, incluso en el prólogo, de forma insistente y sobre las que voy a sostener la presentación. Son las palabras codicia, egoísmo, insaciabilidad y pulsión que el autor sitúa en el corazón mismo del sistema capitalista. Pienso que estos significantes justifican sobradamente la presencia del psicoanálisis hoy aquí dado que, de este modo, Kepa Bilbao sitúa la subjetividad en una clara relación con el capitalismo. Esto no deja de ser muy freudiano pues es Freud quien asevera en su “Psicología de las Masas” que no hay diferencia entre la psicología individual y la social mostrando que no se puede pensar al sujeto por fuera de sus lazos sociales lo cual incluye la economía que prime en el sitio donde vive. Esta articulación entre capitalismo y subjetividad nos muestra que este sistema económico no es un asteroide que cayó sobre la tierra e impuso su reinado sin saber cómo sino que es un sistema que está sostenido sobre la propia subjetividad humana. Es un sistema productivo creado por los hombres que se quiere que sea definitivo.

Insisto: las palabras codicia e insaciabilidad, al quedar anudadas férreamente al capitalismo y ser resaltadas en el libro señalan con claridad esta articulación entre sistema económico y subjetividad. Algunos ejemplos del autor:

“Crece el escepticismo y cada vez resulta más dudoso que tal como está organizada y orientada la economía, dominada por la codicia, la competencia y el crecimiento ciego, sin fin y sentido, puedan encauzarse (…)” (p. 18)

los problemas que afectan al mundo o “un sistema que tiene la codicia como principio rector del desarrollo económico” (p. 18) cuya visión de progreso se reduce exclusivamente a la rentabilidad económica. Aún más: “El principio cultural de insaciabilidad, la voracidad como forma de estar en el mundo que guía a las empresas (…)” (p. 24) y “(…) el principio cultural del consumismo en el que la pulsión por comprar no se detiene nunca.” (p. 24) Finalmente: “¿No sería más cierto afirmar que la persecución de los insaciables deseos por parte de algunos lleva al desastre colectivo? (p. 34)

Hay que resaltar que, como dice Kepa Bilbao, este es un sistema de interrelaciones densas y complejas en el que todos estamos involucrados ya que nadie está por fuera del capitalismo y de sus efectos. Este sistema está sostenido en la figura del homo economicus “un ser egoísta que actúa movido únicamente por su propio interés” (p. 23) figura que para el autor es una antropología reductora del ser humano.

A su vez, se ha instalado una suerte de fatalismo que dice que este sistema es inamovible y que no hay forma de ir más allá de él. Se lo ha naturalizado. Llama la atención que una de las posibles salidas, la implosión del sistema, afirmada por el manifiesto de Democracia Real Ya, coincida con la visión que tiene Lacan cuando afirma en 1972 en Milán que

“Para nada les estoy diciendo que el discurso capitalista sea feo, al contrario es algo locamente astuto, (…) locamente astuto, pero destinado a estallar. En fin, es después de todo lo más astuto que se ha hecho como discurso. Pero no está menos destinado a estallar. Es que es insostenible… (y) no puede marchar mejor, pero justamente marcha demasiado rápido, se consuma, se consuma tan bien que se consume.”

Coincide con lo que afirma Jorge Alemán en su libro “Lacan, la política en cuestión”.

“Ser de izquierda implica sostener el carácter contingente del capitalismo, aunque no se pueda garantizar la salida de él ni tengamos un nombre para esa salida”.

El problema del interés individual es abordado en este libro donde se describe la mutación que ha habido sobre la valoración moral del mismo pasando de una posición crítica con este interés hasta convertirlo, no solo en el verdadero motor del desarrollo personal sino de la sociedad misma, tal como lo señala en la cita de la página 25 cuando habla del libro de Albert Hirschman “Las pasiones y los intereses” o cuando se refiere a Keynes quien piensa que es mejor que un hombre oriente sus inclinaciones peligrosas por la vía de hacer dinero en vez de dirigirlas a tiranizar a sus semejantes. Dice Keynes que “Es preferible que un hombre tiranice su saldo en el banco que a sus conciudadanos” (p. 25) Ciertamente ingenua esta apreciación de Keynes pues el sistema capitalista no se para en miramientos específicos de la propia cuenta bancaria y tiraniza sin cesar a la humanidad en un movimiento automático. Lo señala el autor después de abordar la transformación del egoísmo en un mero interés personal generador del bien común a través de los mercados, dice:

“Pensemos en la desastrosa que ha sido para el resto de la sociedad la búsqueda de su propio interés por parte de los banqueros en la actual crisis o de qué modo las fábricas clandestinas que explotan a sus trabajadores socavan las condiciones laborales de los demás.” (p. 34)

Este funcionamiento del capitalismo fue descripto por Lacan como un discurso que no tiene límite ya que opera al modo de la pulsión en una circularidad que no se detiene. Kepa Bilbao lo dice así:

“(…) el deseo de un nuevo producto impide el goce del producto recién conseguido en un espiral de frustraciones sin fin.” (p. 24)

Podríamos matizar que lo que realmente mueve a este sistema no es el deseo sino un goce pulsional que poco tiene que ver con el objeto concreto y que se encuentra en el movimiento mismo de adquisición y frustración. Es una satisfacción que en realidad produce insatisfacción porque allí donde se creía que un objeto vendría a colmar la falta de goce, el sujeto lo que se encuentra es que el objeto, en vez de colmar, se muestra insuficiente y hay que ir a adquirir otro con el cual se reproducirá el mismo esquema de la insaciabilidad nombrado en el libro: falta de goce-objetos que vienen a colmarla-insatisfacción-falta de goce-volver a empezar-lo insaciable. Esto funciona como un imperativo donde falta y exceso (lo que no se sacia nunca) se hacen presentes a la vez. Un grupo de rock argentino llamado Sumo lo decía de esta manera en una canción: “No sé lo que quiero pero lo quiero ya” donde se escucha la imperiosidad superyoica de tener algo que no se sabe lo que es pero que debe ser ya. El goce de esta operación sin deseo, donde el objeto no es lo importante, queda bien demostrado.

El autor señala que Keynes (p. 117) pensaba que esta codicia en la que se sostiene el capitalismo era buena porque permitiría lograr la abundancia para todos. Esto satisfaría a los sujetos quienes emplearían a partir de ese momento el deseo en otros fines. Dice Keynes:

“Durante al menos otros cien años debemos fingir, por nosotros mismos y por todos, que lo bueno es malo y lo malo es bueno; porque lo malo es útil y lo bueno no. La avaricia, la usura y la precaución deben ser nuestros dioses durante un poco más de tiempo, porque son las únicas que nos pueden sacar del túnel de la necesidad económica y guiarnos a luz.” (p. 117)

Vemos en la actualidad los efectos desvastadores de esta apuesta utilitarista keynesiana. Nada frena al capitalismo y menos una supuesta satisfacción, tal como señala el autor:

“El capitalismo exacerba el amor al dinero por el dinero. El capitalismo se basa en este crecimiento ilimitado de los deseos materiales, (…) la codicia es algo profundamente arraigado en la naturaleza humana pero que ha sido intensificada por el capitalismo que la ha convertido en los cimientos psicológicos de toda una civilización” (p. 118)

Esto es así porque el capitalismo es un movimiento circular que no presenta ningún corte exterior que lo limite y donde el individuo accede a un goce que no se enfrenta a ninguna imposibilidad convirtiéndose un goce mortífero. Conviene no desconocer que es un goce inherente a la estructura subjetiva y que por ello este sistema triunfa, porque se sostiene en el movimiento pulsional que nos habita. Podemos recordar cómo percibió Étienne de La Boétie en el fenómeno de la servidumbre el compromiso subjetivo en la aceptación de un amo: habló de la voluntariedad de servir.

Esta ausencia de imposibilidad del discurso capitalista, ausencia de castración decimos en psicoanálisis, ausencia de algún límite, pone a los sujetos en la vía de someterse a un goce pulsional que termina por consumir al sujeto al eliminar cualquier posibilidad de tener una experiencia del inconsciente. Experiencia que dicho muy brevemente tiene que ver con la posibilidad de poner un límite al goce transformándolo y dejar entrar a lo heterogéneo, a lo no programado por el discurso, a lo que aún no está escrito, a la angustia, al deseo, al síntoma, a la división subjetiva, a la interrogación, a lo más propio de uno.

Esta desaparición de la posibilidad de hacer la experiencia de lo más singular que nos habita tiene que ver también con que en la era del neoliberalismo este es, a su vez, un productor de subjetividad. Aparte de la generación de una falta de goce insaciable articulada a la fabricación incesante de nuevos objetos técnicos, el neoliberalismo impone la producción de dos figuras a la subjetividad, figuras en las que la experiencia de destitución subjetiva –donde el sujeto ya no se queja de su falta en ser sino que inaugura una nueva relación con el saber y el deseo- queda clausurada: estas nuevas subjetividades son la del individuo empresario de sí mismo y la del hombre endeudado. Dos figuras que nacen del superyó contemporáneo y que son, como efectos del neoliberalismo, causa del malestar en la democracia que es lo mismo que decir malestar en el capitalismo ya que la democracia ha quedado atrapada en las redes discursivas del discurso de los que mandan. Han conseguido unir en un tándem poderoso capitalismo y democracia.

El remodelamiento de la subjetividad que desde hace más de treinta años impone el neoliberalismo consiste en la transformación del individuo en un empresario de sí mismo como consecuencia de la ideología de la competencia generalizada a todas las ramas del lazo social y de la imposición de la empresa como modelo a subjetivar: es la nueva razón del mundo, al decir de Laval y Dardot. Esto sirve para justificar las desigualdades crecientes y cualquier tipo de tropelía amparado en las razones del mercado y sostenido en la culpa que genera el hacer responsable de su situación al que la padece.

La deuda se erige como uno de los modos de dominación más perversos utilizado desde los albores de la humanidad pero refinado hoy a escala masiva sobre los países y sus habitantes. Definida por Kepa Bilbao como “la fuente económica más amenazadora de perturbación sistémica” (p. 142) entiendo que tiene otra cara que se había ocultado hasta hace muy poco. Esta es la de convertir a todos y cada uno de los sujetos en deudores, culpables y responsables frente al capital que aparece como el Gran Acreedor Universal en palabras de Maurizio Lazzarato. La sociedad entera queda endeuda aumentando las diferencias de clase. Emerge una figura que es la del “hombre endeudado” donde se debe aceptar la deuda soberana y la transformación de la deuda privada en deuda pública porque esta deuda se ha generado no, como realmente ha ocurrido, por el desfalco de lo público o los malos negocios de lo privado sino por la exigencia de los ciudadanos de querer vivir cada vez mejor. El famoso “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. El chantaje de la deuda sirve para imponer las más regresivas medidas necesarias para continuar transfiriendo dinero a los sectores empresariales bajo la forma de las privatizaciones, exención de impuestos, rebaja de salarios, despidos, pensiones, etcétera. Todo el esfuerzo de la economía de un país está puesto en lo que se denomina “honrar la deuda” tal como lo instituyeron los dos partidos mayoritarios al modificar la Constitución. La trampa es infinita porque la deuda es impagable y año tras año se desangran los bolsillos del pueblo mediante el pago de los intereses. Sabiendo que es impagable, lo que interesa es mantenerla como modo de control y empobrecimiento.

Estas dos producciones de subjetividad que he descripto se pueden producir porque tocan aspectos del sujeto, el narcisismo y la culpa, que quedan atrapados en esta imposición. Vemos cómo es imposible pensar en la economía como una cuestión puramente técnica o de gestión. El neoliberalismo sabe qué teclas hay que tocar para conseguir la sumisión de la población.

Para no extenderme, pienso que estas pocas palabras fundamentan el porqué de la presencia del psicoanálisis en la presentación del interesante libro de Kepa Bilbao y, aún más, porqué es importante la articulación entre la política y el psicoanálisis como un modo de contribuir a pensar la política más allá de los fenómenos de masas o de servidumbre donde la subjetividad pueda tener su cabida. Para ello he rescatado esta dimensión subjetiva que tan bien muestra el libro en el juego del capitalismo. Si esta dimensión no es abordada de una manera nueva entiendo que no será posible salir de la lógica de la explotación y no se abrirán las puertas para un proyecto emancipatorio. Es preciso, junto con la toma de medidas políticas y económicas para frenar el saqueo neoliberal, que el libro aborda en su último capítulo, atacar prioritariamente el mecanismo de producción de subjetividad neoliberal. Para ello, hay que dar paso en la política al sujeto en la singularidad de su síntoma y al deseo que habita en cada uno. Lo que llamamos “Dejar hablar al deseo”. Esta es la manera de combatir lo que el autor señala como el poder auto-destructivo del dinero-capital. (p.142) Es decir, hacerle la contra a la pulsión de muerte.

Finalmente, pienso que podríamos debatir sobre un punto del último capítulo del libro: el más allá del capitalismo, si es que lo hubiere. El autor nos aporta una reflexión de Marc Saint Upery con la que el autor coincide:

“(que) la eventual transición a un sistema postcapitalista es mucho más un problema antropológico de largo aliento que una cuestión de decisiones y de estrategias políticas a corto plazo, aun menos un pretexto para consignas rimbombantes. Supone la emergencia paralela de nuevas configuraciones de incentivos económicos y morales y de nuevos diseños institucionales arraigados en prácticas organizativas y materiales sustentables.”

Dejo dos preguntas:

¿cuál es el problema antropológico de largo aliento?

¿De qué nuevas configuraciones de incentivos económicos y morales habla?

Bilbao, 20 de junio de 2014

Triunfo y fracaso del capitalismo


(Capítulo primero del libro Capitalismo. Crítica a la ideología capitalista
del «libre» mercado. El futuro del capitalismo, Madrid: Talasa, 2013).

La economía de mercado capitalista, el capitalismo, ha quedado como la única opción viable de organización económica. Se ha convertido en el dueño del planeta, ha copado el mercado mundial y, de esta forma, se ha hecho, en una buena medida, responsable directo o indirecto de mucho de todo lo bueno y lo malo que en él hay. Ya no tiene competidor alternativo con el que compararse y lavarse la cara, un mal modelo alternativo como lo fue el socialismo de Estado, el que fuera conocido como el sistema soviético, que era utilizado para sacar pecho por los partidarios de la economía liberal de mercado al mismo tiempo que servía como tapón para que las mejores críticas a la economía capitalista no fueran escuchadas. Ahora bien, el fracaso de uno no significa el triunfo del otro. En los dos últimos siglos, el sistema capitalista ha tenido mucho éxito en lo concerniente a la invención, la afirmación individual, la producción en masa y la distribución comercial de todo tipo de bienes y servicios, pero son demasiados los fallos del sistema, los daños y las víctimas que ha causado y causa como para caer en falsos triunfalismos o actitudes autocomplacientes y no sopesar, como mínimo, su esencial ambivalencia. Su base moral es tan insegura como lo era en sus orígenes. La globalización económica ha creado ganadores y también perdedores. El éxito y el fracaso van, con demasiada frecuencia, muy unidos. 

El capitalismo ya no tiene un antagonista mundial, la competición se juega en casa, entre las distintas variedades, familias, países o regiones capitalistas. Si atendemos a las previsiones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), China adelantará en apenas cuatro años a Estados Unidos como la primera potencia mundial. Además, en su imparable ascensión, la economía china logrará situarse por delante del conjunto de la eurozona ya en 2012. Le seguirá la India de la que prevé que también logrará a medio plazo superar a EE UU y, junto con Indonesia, también a China. El Producto Interior Bruto (PIB) de China fue en 2011 un 17% del total mundial, porcentaje equivalente al de la eurozona pero todavía inferior al 23% de Estados Unidos. No obstante, el PIB chino pasará a suponer el 28% en 2030, cuando los de los otros dos bloques habrán quedado reducidos al 12% y al 18% respectivamente, indica la OCDE. 

Esta evolución económica está trastocando equilibrios de poder político más o menos estables dentro del sistema internacional. La geopolítica está alejándose de un mundo dominado por Europa y EE UU. Nos dirigimos hacia un mundo capitalista con muchas potencias regionales, pero sin un dirigente mundial, y se acerca una nueva era de inestabilidad económica debida tanto a los límites físicos del crecimiento como a la agitación financiera. Estamos pasando de un mundo unipolar, encabezado principalmente por EE UU, a otro multipolar, en el que EE UU, Europa, países emergentes como Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica y potencias menores como Turquía tienen una influencia regional. Esta pugna intensifica la codicia por aumentar las ganancias de los grupos económicos y financieros más poderosos, por hacerse con el dominio de más mercados o abrir nuevos. Las distintas regiones –incluidos los países– quieren obtener beneficios unas a expensas de otras, compitiendo duramente para defender su lugar y jugar un papel en la economía y la política futuras. La feroz competencia global entre las potencias económicas regionales no excluye que se de una colaboración entre ellas pero tampoco escenarios de fuertes enfrentamientos, algunos violentos.

La complejidad combinada con la incertidumbre es un rasgo fundamental de la escena global contemporánea. Crece el escepticismo y cada vez resulta más dudoso que, tal como está organizada y orientada la economía, dominada por la codicia, la competencia y el crecimiento ciego, sin fin y sentido, puedan encauzarse, cuando menos de un forma mínimamente satisfactoria, no solo los problemas globales financieros que hoy ocupan el centro de atención, sino otros tan urgentes como el subdesarrollo, la pobreza, las crecientes desigualdades de riqueza y de renta, los déficits democráticos, el agotamiento de muchos recursos naturales, el encarecimiento de los alimentos, la escasez del agua, las guerras, la destrucción del medio ambiente y el paro. 

El capitalismo se ha beneficiado del debilitamiento de la crítica en las dos últimas décadas y de una mala crítica. Toda crítica, la mejor y la peor, era rápidamente descalificada por los legitimadores del capitalismo. Bajo este ángulo estamos ya en un nuevo período. Una nueva voluntad crítica se abre paso estimulada por las políticas liberales y la mundialización capitalista. La crítica ha encontrado una voz más fuerte con la crisis actual, con la dirección y el ritmo que está tomando la globalización económica.

Esta complejidad de nuestro mundo, muy interconectado y superpoblado, diverso y plural, en donde los cambios económicos, sociales, culturales y técnicos se suceden de forma acelerada, no pone las cosas fáciles a la buena crítica y a las soluciones constructivas. 

El concepto de capitalismo ha sido objeto de intensos debates y existen discrepancias sobre su significado, origen y evolución histórica. En cualquier caso, el desacuerdo no es tan radical como puede parecer a primera vista. Se trata más bien de que cada autor o corriente ideológica hace énfasis en aspectos constitutivos diferentes de lo que tanto en el ámbito científico como coloquial llamamos capitalismo. El término, muy posterior a capital y capitalista, de los que se deriva, comenzó a utilizarse a mediados del siglo XIX para indicar, a menudo con un sentido de crítica social, el sistema contemporáneo de producción económica. Por otra parte, la evolución del capitalismo posterior a la Primera Guerra Mundial (mayor intervencionismo estatal, economías mixtas, nuevas formas de gestión, globalización de la economía, etc.) ha llevado a introducir importantes matices y diferenciaciones en una conceptualización que parte principalmente de las características del siglo XIX europeo. Por mi parte, quiero precisar que cuando hablo de capitalismo me refiero a un conjunto de prácticas económicas que aparecen imbricadas dentro de un mundo social que tiene poco que ver con la economía. La economía contiene elementos extraeconómicos que no son generados espontáneamente por lo que entendemos como dinámica propiamente capitalista, sino que proceden de fuera de ella, de las instituciones políticas, para acabar integrándose, mejor o peor, en un todo. 

No podemos perder de vista que las economías de mercado y todas las economías funcionan en un marco institucionalizado: político, jurídico, ideológico, cultural e incluso moral. Hay muchos marcos distintos, y cada uno de ellos tiene consecuencias para la distribución de la riqueza, así como para el crecimiento, para la eficiencia, el cuidado del medio ambiente y la estabilidad. No todos funcionan de la misma manera ni producen los mismos resultados en cuanto a bienestar social.

El capitalismo es un sistema social con una gran capacidad de adaptación que muta y evoluciona en respuesta a un entorno cambiante. Es un sistema de interrelaciones muy denso y muy complejo en el que todos estamos involucrados, aunque en modo muy desigual y con muchas contradicciones. Un sistema que tiene la codicia como principio rector del desarrollo económico. Un sistema con una visión del progreso reducida exclusivamente a la rentabilidad y productividad económicas. La historia del capitalismo está marcada por una interacción constantemente cambiante entre el progreso tecnológico y los ciclos financieros, en un proceso permanente de autodestrucción y recreación. Su mayor fortaleza radica en su capacidad para abordar sus propias contradicciones internas y relanzar su dinámica a partir de ellas, así que la cuestión de su fin o de su superación no es un tema para profecías baratas.

Estos dos factores, la falta de una alternativa y su capacidad de regenerarse, ha hecho que se instale en la sociedad, por una parte, un fuerte fatalismo, un cierto determinismo económico que se puede resumir con la frase el capitalismo siempre se abre paso adelante y, por otra, la esperanza escatológica de una implosión del capitalismo siguiendo, por analogía, el ejemplo del comunismo soviético, una esperanza bastante extendida y que ha llegado a formar parte de una de las ideas del manifiesto de Democracia Real Ya del movimiento 15-M: «El obsoleto y antinatural modelo económico vigente bloquea la maquinaria social en una espiral que se consume a sí misma enriqueciendo a unos pocos y sumiendo en la pobreza y la escasez al resto. Hasta el colapso» (del manifiesto «Democracia real ya», mayo 2011).

publicado en. http://www.pensamientocritico.org/kepbil0613.htm

 

Capitalismo ¿Tarjeta roja o amarilla?

Puede resultar paradójico, pero en la situación actual, aun habiendo una enorme crisis de legitimidad del discurso neoliberal, de sus recetas económicas y, en cierta medida, de confianza en el sistema capitalista, estamos muy lejos de poder contemplar que un cambio radical del orden económico existente pudiera contar con un amplio apoyo popular.

Tampoco es que abunden las tarjetas rojas, las alternativas de transformación social y económica de conjunto. De hecho, si uno echa un vistazo a las distintas propuestas económicas de los principales partidos de izquierda, desde el PSOE a Podemos, pasando por IU, EH Bildu y ERC, estas no pasan de ser tarjetas amarillas, propuestas parciales de corrección del modelo capitalista neoliberal, unas un poco más audaces que otras, eso sí, nada desdeñables, pero todas ellas de corte keynesiano en lo económico y socialdemócrata clásico en lo político. Medidas al fin y al cabo conservadoras que tratan de minimizar las pérdidas de muchos de los logros sociales alcanzados. Nada que pueda ser considerado de socialista, revolucionario, disparate, quimérico, extremista o de medidas que nos puedan llevar al apocalipsis, como vienen siendo calificadas e interpretadas de forma interesada por una buena parte de analistas y tertulianos de las revistas especializadas y de los medios de comunicación y persuasión, la mayoría en manos de la banca y de las grandes empresas.

El keynesianismo nunca fue un programa de transformación económica, sino de conservación de un capitalismo en crisis. Es principalmente un programa para reavivar las economías nacionales, cosa que podría hacerlo a corto plazo, pero la hiperglobalización ha complicado de manera importante este problema.

No es mi intención entrar en el análisis de dichas propuestas neokeynesianas correctoras del capitalismo, de su viabilidad, sostenibilidad y enormes dificultades para ser llevadas adelante dado el estrecho margen de negociación en el marco de una Unión Europea en la que predomina el dogmatismo económico conservador, entre tanto ruido de los mercados, manejos de multinacionales, paraísos fiscales, intereses nacionales -en muchos casos antagónicos- y juegos de poder. Tampoco pretendo debatir acerca de la posibilidad de salirse de la dicotomía neoliberales/socioliberales versus neokeynesianos que ocupa el centro del debate hoy en Europa en los programas económicos, ni de la complejidad que entraña la construcción de un proyecto rupturista alternativo de transformación socio-económica de conjunto, de los límites existentes en Europa y en el mundo actual con los que se encontraría, si lo hubiera, o, por último, de discutir los fundamentos o su falta.- de quienes diagnostican la corrosión terminal del capitalismo y su inminente colapso.


En las siguientes líneas me centraré en hacer unas breves observaciones sobre el objeto central de discusión, de corrección en unos casos o de ruptura en otros, el capitalismo.

Expondré algunos de sus rasgos generales que considero son los fundamentales y que tienen una relación estrecha con la crítica. Mi propósito es que sirvan de marco reflexivo general introductorio, previo a poder abordar en otra ocasión con una mayor perspectiva las cuestiones anteriormente planteadas.

1.- La primera observación que quiero hacer es que el capitalismo no es un sistema diabólico sostenido por la maldad de unos pocos, ni un virus maligno instalado en el cuerpo sano de la humanidad. Esforzarse por tratar de huir de la tentación por las simplificaciones es la primera condición de todo observador crítico. El capitalismo es un sistema de interrelaciones muy denso y muy complejo en el que todos estamos involucrados, aunque en modo muy desigual y con muchas contradicciones.

2.- El capitalismo se inserta en un sistema institucional determinado, político, jurídico, ideológico, cultural e incluso moral. Hay distintos sistemas institucionales, y cada uno de ellos tiene consecuencias para la distribución de la riqueza y el poder, así como para el crecimiento, para la eficiencia, el cuidado del medio ambiente y la estabilidad. No todos funcionan de la misma manera ni producen los mismos resultados en cuanto a bienestar social.

3.- No existe un único modelo de desarrollo económico capitalista, las economías capitalistas se pueden situar en un continuo entre dos tipos ideales extremos, el conocido como modelo angloamericano y el modelo renano-nipón que se practica en Alemania, Suiza, el Benelux, en Europa del Norte y, con variantes en Japón. Por lo demás, estos dos modelos, desde hace más de treinta años, con la hiperglobalización económica y la hegemonía del neoliberalismo, no han dejado de aproximarse y cada vez resulta más forzado separar por una línea clara estas dos clases de capitalismo.

4.- El capitalismo es un producto histórico con una gran capacidad de adaptación que muta y evoluciona en respuesta a un entorno cambiante. Es un sistema relativamente joven y en constante evolución. Apenas tiene algo más de tres siglos desde que se originó en Occidente gracias al surgimiento en el temprano período moderno en Italia, los Países Bajos y Gran Bretaña de un sistema bancario que vinculó al Estado y a la naciente burguesía mercantil en la generación de dinero crédito para financiar la producción y el intercambio. No es lo mismo el capitalismo semiesclavista primitivo que el de los treinta años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, ni aquel al actual. Tampoco es lo mismo el capitalismo de hoy de la Europa occidental al existente en Rusia o en China. Tal vez habría que hablar de capitalismos más que de capitalismo.

5.- Derivado de lo anterior, podemos decir que el sistema económico capitalista no es un sistema abstracto que se aplique en todo tiempo y lugar con los mismos efectos, independientemente de las estructuras sociales, culturales y políticas. El capitalismo toma cuerpo en sociedades históricas concretas que le confieren características peculiares. Con esto no quiero decir que el capitalismo no posea un núcleo duro, que lo caracteriza y que no ha variado a lo largo de su historia: la transformación permanente del capital, de los bienes de equipo, de las materias primas y demás recursos como la fuerza de trabajo en mercancías, de la producción en dinero y del dinero en capital.

6.- En los dos últimos siglos, la economía capitalista ha mostrado un gran dinamismo, ha tenido mucho éxito en lo concerniente a la invención, la afirmación individual, la producción en masa y la distribución comercial de todo tipo de bienes y servicios, pero, a su vez, ha sido y es fuente de grandes problemas. Ha demostrado ser un sistema de mercados defectuoso que, cuando menos, si no se regula y limita su desarrollo, lleva a profundas depresiones periódicas, a crisis como la que estamos viviendo, a grandes desigualdades, guerras, a un imprudente tratamiento de los recursos naturales y agresiones al medio ambiente fruto de su voracidad congénita. Son demasiados los fallos del sistema, los daños que ha causado, causa y puede causar, como para caer en actitudes autocomplacientes y no sopesar, como mínimo, su esencial ambivalencia.

7.- Prescindir del mito de que los mercados son libres, que se bastan por sí solos y que son generalmente eficientes es el primer paso para la comprensión del capitalismo. Los mercados son el locus del conflicto y la lucha entre grupos económicos e intereses desiguales. Aquí, los precios no expresan simplemente un equilibrio eficiente entre la oferta y la demanda determinado espontáneamente por miríadas de individuos no relacionados que buscan maximizar su utilidad. Por el contrario, los precios representan el resultado de una lucha por el poder económico entre distintos intereses de grupos definidos por su posición en el sistema capitalista.

8.- Los mercados requieren necesariamente de instituciones ajenas para poder funcionar. Necesitan el Estado. El alcance de su intervención en la economía es objeto de controversia desde A. Smith y el que sea mayor o menor caracteriza las opciones políticas y las distintas variedades de capitalismo. La pregunta relevante no es si actúa o no, sino cómo actúa y en qué sentido orienta sus actuaciones. Si lo hace en la búsqueda del interés general o para satisfacer las demandas de un sector minoritario de la población que persigue en exclusiva el beneficio propio.

9.- El capitalismo tiene la codicia como principio rector del desarrollo económico. Aunque si bien es verdad que la codicia es algo profundamente arraigado en la naturaleza humana, también lo es que ha sido intensificada por el capitalismo hasta el punto de haberla convertido en los cimientos psicológicos de toda una civilización.

10.- El capitalismo se presenta como amoral. Este dejar en suspenso la moralidad cuando se actúa en el mercado, es algo bastante compatible con la idea de moralidad de los teóricos liberales y afines que consideran que la moralidad es cosa a tener en cuenta en otros ámbitos: familiares, lazos de amistad, ayuda a los muy necesitados, etc., pero que es cosa perjudicial cuando se entremezcla con la actividad económica.

11.- Es un sistema con una visión del progreso reducida exclusivamente a la rentabilidad y productividad económicas y en el que impera una economía fuertemente competitiva y monetarizada que nos somete a una presión contínua de querer cada vez más y más.

12.- Uno de los rasgos más significativos del capitalismo que se desarrolla a partir de la década de los 80 es, junto a la financiarización de la economía, la expansión de los mercados y de los mercados de valores hacia las esferas de la vida a los que no pertenecen. La intromisión de los mercados -y del pensamiento orientado hacia los mercados- en aspectos tradicionalmente regidos por normas no mercantiles ha producido un fuerte proceso de mercantilización de la vida. Esta invasión de nuestras sociedades por la cultura de mercado ha tenido consecuencias significativas en nuestras relaciones sociales, personales y en nuestro bagaje ético. Ha propiciado el desprestigio de lo público y lo común frente a lo privado, la sobrestimación de la rentabilidad monetaria frente a la subestimación de la rentabilidad social y el elogio del individualismo, ahí está, como ejemplo, el insistente discurso de que la salida de la crisis es cosa de la promoción del esfuerzo individual, encarnado en la figura del ¨emprendedor¨.

13.- El capitalismo ha logrado un progreso incomparable en la creación de riqueza, pero nos ha quitado la principal ventaja de esa riqueza: la conciencia de tener suficiente, nos ha incapacitado para hacer un uso civilizado de ella.

14.- La historia del capitalismo está marcada por una interacción constantemente cambiante entre el progreso tecnológico y los ciclos financieros, en un proceso permanente de autodestrucción y recreación.

15.- Su mayor fortaleza radica en su maleabilidad, en su capacidad para abordar sus propias contradicciones internas y relanzar su dinámica a partir de ellas, así que la cuestión de su fin o de su superación no es un tema para profecías baratas. El capitalismo desde que surge está siendo modificado por factores que no tienen que ver siempre con los intereses de los capitalistas sino con las luchas sociales, con la crítica social, las teorías económicas, las políticas de los gobiernos, los intereses nacionales, por factores internacionales, por tensiones dentro de los capitalistas capital productivo y capital financiero.-, etc.

16.- El capitalismo segrega ideología o, dicho de otra forma, las prácticas económicas van acompañadas de un mundo de ideas nada desdeñable, derivadas del propio capitalismo y que influyen a su vez en su desarrollo. Quienes tienen la riqueza la utilizan para comprar el poder político, científico y mediático y de este modo, no solo aumentar su riqueza o reforzar sus posiciones económicas sino también intentar condicionar nuestra forma de pensar, hacer que parezca aceptable y necesario lo intolerable.

17.- Además de la dimensión ideológica, estas prácticas económicas son dotadas de sentido por un conjunto de teorías económicas como son el carácter autoregulador de los mercados, la teoría de los mercados eficientes, la teoría de las expectativas racionales, la teoría del goteo o de la filtración descendente -la peculiar idea de que enriquecer a los de arriba redunda en beneficio de todos, incluido los pobres-, la teoría de los ciclos económicos reales o los modelos de evaluación de riesgo, que, a su vez, destilan creencias, en la base de estas se encuentra una antropología reductora del ser humano: el homo economicus; conceptos como los de racionalidad, competitividad, flexibilidad, productividad, que juegan un papel muy definido; culturas como la del enriquecimiento rápido y sin esfuerzo y subculturas como las del virus especulativo, la del capital impaciente, la cultura del riesgo y del consumismo; legitimaciones para justificar lo que hacen los capitalistas y financieros así como el apoyo que de forma privilegiada les brinda el Estado. Entre estas justificaciones destaca la sumisión a las leyes de la economía, esta sumisión a la ciencia económica ha dado lugar a una representación del mundo en la que se separan los aspectos económicos del tejido social constituyéndose así la economía como un ámbito autónomo, independiente de la ideología y de la moral, que obedece a leyes positivas.

Keynes dijo en una ocasión que incluso «los hombres prácticos, que se creen exentos por completo de cualquier influencia intelectual, son generalmente esclavos de algún economista difunto». Se podría decir con Dani Rodrik que se quedó corto y apostillar que las ideas que han dado lugar a las políticas de los últimos 50 años proceden de economistas que están, en su mayor parte, muy vivos.

10-01-15

(Galde 09, invierno 2015) en: http://www.galde.eu/capitalismo-tarjeta-roja-o-amarilla/