Emociones políticas (la emoción patriótica). La propuesta filosófica de Martha Nussbaum.

El estudio de las pasiones o emociones humanas es un tema clásico y muy controvertido en la historia del pensamiento filosófico occidental. Sin embargo, en la diversidad de planteamientos, la nota dominante es la de considerarlas negativamente, como algo a controlar o reprimir para que prevalezca la razón. Una razón considerada no sólo como el principal instrumento para conocer, sino también como la instancia que regula las acciones moralmente correctas frente a los desvaríos e interferencias de las emociones que distorsionan, enturbian y perturban la capacidad de pensar con claridad. A lo largo de los siglos el dualismo emoción/razón ha sido una constante. Hay excepciones como las de Aristóteles o Spinoza (1), pero hasta muy entrada la segunda mitad del siglo XX no se ha dejado de tener una visión negativa de las emociones y de pensarlas como inherentemente corporales, involuntarias e irracionales.

Una falsa visión dicotómica: razón/emoción

De la misma forma que desde la filosofía Spinoza rompió con la dicotomía vigente entre cuerpo y alma (mente), desde la neurociencia las investigaciones de Antonio Damasio han permitido superar la pretendida frontera entre emoción y razón, acabando con el tópico de que para tomar las decisiones adecuadas hay que dejar las emociones a un lado. En El error Descartes, frente a la distinción dualista entre mente y “cuerpo no pensante” del “pienso, luego existo” del filósofo francés, que ha hecho escuela, Damasio defiende un monismo en el que el cuerpo propiamente dicho y el cerebro forman un organismo integrado. Sus investigaciones no han hecho sino corroborar que no hay razón sin emoción y que la mejor decisión racional es aquella que está modulada -en un proceso de ida y vuelta- por la emoción (2).

En el ámbito de la teoría política contemporánea, la dicotomía entre razón y pasión ha generado una narrativa hegemónica de la política que sitúa su dimensión positiva del lado de la razón y elabora las diferentes dimensiones de la emoción como su antítesis negativa. En este dualismo las pasiones o emociones constituyen siempre el problema, y la razón se presenta como la única solución. Las emociones o pasiones, desde hace varios siglos, se han relegado al ámbito privado de los individuos, fuera de la esfera pública que sólo admitía ciertas emociones correctas como las “pasiones tranquilas” (afán de lucro, el ganar dinero) racionalizables y reconvertibles en “intereses” (3) que ha consolidado un modelo basado en el homo economicus y en las teorías de la elección racional.

A pesar de los avances en las dos últimas décadas en el conocimiento de las emociones, estas se siguen percibiendo como procesos independientes de los juicios reflexivos o racionales, y como consecuencia se consideran experiencias negativas que malogran las buenas ideas, las conductas o las actitudes de los individuos. Y ello a pesar de que, no ya en fenómenos gravemente dolorosos como los atentados yihadistas o los refugiados, sino en la práctica político-electoral más corriente de nuestras democracias, las campañas de los partidos están llenas de recursos emocionales, de apelaciones, al miedo, la indignación, el entusiasmo… consideradas como imprescindibles para obtener un buen resultado.

Algo muy frecuente en la retórica política es la instrumentalización de la dicotomía emoción/razón. En los debates sobre los nacionalismos catalán y vasco, por ejemplo, es habitual encontrarse en medio de una confrontación equívoca y excluyente entre razones y emociones. Las opiniones y discusiones están llenas de referencias, por parte de los que esgrimen tener la razón política, a la irracionalidad de unas ideas y comportamientos -las de los nacionalistas periféricos- condicionados por las emociones y los sentimientos, siendo vistos estos dispositivos emocionales como fuerzas peligrosas, incontrolables, que inducen al sectarismo y dificultan la negociación y el compromiso (4).

Para el politólogo Rámon Máiz, la política se ha elaborado teóricamente como el reino por excelencia de lo racional, como la hazaña de la razón. Lo resume de la siguiente manera: “La idea de individuo razonante aislado de los otros, sin vínculos afectivos con los demás conciudadanos (…); la racionalidad misma reducida a cálculo (…) como maximización del propio interés, sin estar contaminada por afecto, metáfora o esquema interpretativo alguno en el seno de un dispassionate decisión making; el diseño institucional concebido como combinación de mecanismos de agregación e intermediación de intereses, de contrapesos y filtros destinados a ‘enfriar’ las pasiones, o bien a desactivarlas como calm passions reducibles en última instancia al interés, a fin de que estén lo menos presentes posible en el espacio público…son argumentos varios que han ido elaborándose y entreverándose, si bien de modo diverso y con distinto alcance, desde Descartes a Weber pasando por Kant, de Stuart Mill a la teoría del Rational Choice, Rawls o Habermas” (5)

Sin embargo, las aportaciones de la neurobiología, la psicología social, la sociología, la filosofía, entre otras, han ejercido una fuerte influencia en la teoría política reciente, conminándola a revisar sus postulados racionalistas y a reformular el reduccionista y estrecho concepto de razón política hasta ahora hegemónico.

En el campo de la filosofía, Martha Nussbaum nos proporciona una de las reflexiones más importantes y elaboradas para la reconsideración de las emociones, con importantes aportaciones para el ámbito de la teoría política.

Si bien en obras anteriores había sugerido la necesidad de reflexionar sobre las emociones, fue en Paisajes del pensamiento: la inteligencia de las emociones (2001-Paidós, 2008) cuando comenzó a sistematizar sus tesis, en una línea de continuidad con los planteamientos clásicos de Aristóteles, de que las emociones tienen en sí mismas contenido cognitivo y que no deben ser consideradas en oposición a las razones. Posteriormente en El ocultamiento humano (2004-Katz, 2006) y en Emociones políticas (2013-Paidós, 2014) analizará el papel de la repugnancia, la vergüenza, el miedo, la compasión o el amor en ámbitos como la justicia o la constitución del patriotismo que más adelante comentaré en detalle, en particular este último. Antes diré algo brevemente sobre su teoría de las emociones.

Una teoría cognitiva-evaluadora

De los distintos marcos teóricos (6) que desde la filosofía y la psicología contemporáneas se han propuesto para dar una explicación de las emociones y de las características determinantes a la hora de definirlas, Nussbaum considera que la teoría cognitiva es la mejor equipada para explicar las peculiaridades de cada emoción y, en base a ella, ha articulado un marco analítico para pensar las emociones en general.

Sostiene que las emociones son profundamente racionales en el sentido de que valoran, resaltan o nos avisan sobre aspectos de la realidad que tienen una importancia crucial para nuestra vida y nuestro bienestar. Las considera una pieza de nuestro engranaje mental que nos permite deliberar y sopesar diferentes cursos de acción como lo avalan las investigaciones desde la neurociencia de los casos conocidos de pacientes con lesiones cerebrales que han visto rota la conexión entre procesos emocionales y de valoración e interpretación de lo que ocurre en el mundo. Privados los pacientes de la competencia emocional necesaria para interpretar una situación y sopesar las alternativas adecuadas para enfrentarse a ellas, se convierten en seres socialmente impedidos.

Un esquema necesariamente simplificador, que no hace honor a la complejidad de la autora, ni mucho menos a la riqueza de matices que bajo la etiqueta de teoría cognitiva-evaluativa se han argumentado, sería el siguiente.

Las emociones:

– Son cognitivas y por lo tanto carece de sentido establecer una escisión conocimiento/sentimiento.

– Son acerca de algo, tienen un objeto hacia el que el sujeto dirige su atención (sea cosa, persona, nación, clase, situación o lo que sea) y por lo tanto no pueden ser íntegramente fisiológicas.

– Están íntimamente relacionadas con ciertas creencias acerca de su objeto.

– Tienen un carácter eudaimonista (7): otorgamos un valor a los objetos en función de la importancia que ocupan en nuestro esquema de objetivos y fines, es decir, se encuentran estrechamente relacionadas con el florecimiento del sujeto que las experimenta, con aquellas cosas que son importantes y buenas para él.

– Pueden originarse en instancias no evidentes de la historia del sujeto, muchas veces derivan de un pasado que comprendemos imperfectamente. En nosotros guardamos potente material emocional que deriva de nuestras más tempranas relaciones con los objetos. Estas emociones continúan motivándonos, y salen a la superficie, unas veces con intensidad perturbadora, otras en conflicto con otras evaluaciones y emociones que prevalecen en nuestro presente.

– No todas las emociones son expresadas en forma proposicional, lingüística, pueden explicitarse en diferentes formas simbólicas, a través del arte, la música, la pintura o la danza.

– Es distinto valorar un objeto que determinar la validez de una creencia o verificar un juicio, es decir, una cosa es valorar un objeto como peligroso y sentir miedo ante ello y otra que la creencia que ha provocado dicho miedo sea falsa o verdadera.

– Actuamos muchas veces basándonos en motivos o creencias incorrectas que acaban, con frecuencia, en reacciones emocionales desproporcionadas o inapropiadas, pero no son irracionales, como suele creerse, sino que siguen una lógica en función de lo que creemos, lo que deseamos, y cómo deseamos conseguir lo que queremos.

– La modificación de las emociones depende de la modificación de la creencia. Ahora bien, las emociones están vinculadas con la cognición no sólo en un sentido unidireccional, de la creencia a la emoción, sino que operan en un doble sentido porque, si bien una creencia puede provocar una emoción, también parece cierto que sentir una emoción y tener una disposición afectiva puede hacer emerger, estimular, crear y reforzar una creencia.

– Las emociones pueden y tienen que ser, por tanto, educadas con una visión adecuada de la vida buena

– Son poderosos motivadores de la acción y resultan necesarias para pasar a la acción consciente o inconscientemente.

– Algunas emociones son compartidas por todos los seres humanos y también por los animales no humanos. Hay una base biológica común a todas las criaturas capaces de experimentar fenómenos emocionales.

– Las emociones humanas, son conformadas de forma distinta por sociedades distintas. La experiencia subjetiva de la emoción, también se encuentra modelada por las normas sociales y la historia individual, por el entorno económico, social, cultural, ideológico y jurídico en el que se desenvuelve la conducta de las personas.

En síntesis, las emociones no son fuerzas ciegas, no son irracionales, no son meros impulsos ingobernables, no dependientes de lo social, sino un entramado de cogniciones y evaluaciones, formas de pensamiento, deudoras de las normas, culturas, lenguajes y estructuras sociales específicas. Son “respuestas inteligentes a la percepción del valor” que provienen de juicios respecto de objetos y personas que están mas allá de nuestro control pero que son importantes para nuestro florecimiento. Las emociones implican pensamiento, juicio y evaluación y, pueden educarse con miras al mejoramiento de la vida moral y política.

La valiosa función cognitiva y práctica de las emociones requiere una apropiada educación y conducción temprana de nuestras maneras de sentir y emocionarnos. Existe un sentir social que la persona interioriza y aprende por contagio de las personas con las que vive y se relaciona. Un sentir manipulable, para bien y para mal. Pero no podemos vivir ni razonar sin ellas. Lo que si podemos es aprender a sentir de forma adecuada igual que podemos actuar de forma adecuada. En el encauzamiento de las emociones juega un papel importante la facultad racional pero no para eliminar las pasiones o las emociones, sino para darles el sentido que conviene más a la vida, tanto individual como colectiva, esto es lo que propuso Aristóteles y la filósofa estadounidense recupera, actualizándolo.

En una entrevista, Nussbaum comentó que empezó a trabajar sobre las emociones solo porque eran importantes para la vida ética, pero en el trayecto se dio cuenta de su gran importancia para la vida política. Un fruto maduro de años de trabajo de la filósofa, además de otros anteriores, es su libro Emociones políticas: ¿por qué el amor es importante para la justicia?

Las emociones políticas

El libro comienza con la siguiente frase: “Todas las sociedades están llenas de emociones, las democracias liberales no son ninguna excepción [están salpicadas] de un buen ramillete de emociones: ira, miedo, simpatía, asco, envidia, culpa, aflicción y múltiples formas de amor ” (8)

Nussbaum se interesa por aquellas emociones políticas o públicas que «tienen como objeto la nación, los objetivos de la nación, las instituciones y los dirigentes de esta, su geografía, y la percepción de los conciudadanos como habitantes con los que se comparte un espacio público común» (p. 14).

Según cuáles sean estas emociones públicas, a menudo intensas, pueden impulsar, colaborar, en la realización de los planes políticos, o descarrilarlos, introduciendo o reforzando divisiones, jerarquías y formas diversas de desunión. Ello supone que, dado cualquier proyecto socio-político, debamos preguntarnos cuáles son las emociones que queremos activar en la ciudadanía con el fin de que nos ayuden en su logro.

Utiliza la nación como unidad de análisis “dada su importancia fundamental a la hora de fijar condiciones de vida para toda persona sobre la base de la igualdad de respeto, y por tratarse de la mayor unidad política conocida hasta el momento que ha podido ser mínimamente responsable ante las voces del pueblo y capaz de expresar el deseo de este de procurarse a sí mismo aquellas leyes por él elegidas” (p.33)

La autora se centra en el libro en los dos países que mejor conoce, Estados unidos y la India, y de ellos extraerá la casi totalidad de los ejemplos de acontecimientos históricos, personajes relevantes (R. Tagore, Mahatma Gandhi, Abraham Lincoln, Franklin Delano Roosevelt, Martin Luther King Jr.), discursos políticos, himnos nacionales, monumentos y arquitectura urbana que mostrará como encarnación de las ideas expuestas.

Por otra parte, su tesis sobre las emociones presupone un conjunto de principios o compromisos normativos (9) que son los del liberalismo político, entendido este, por la autora, como algo cercano a las concepciones de J.S. Mill, John Rawls, a los objetivos del New Deal y a las de muchas socialdemocracias europeas. A lo anterior habría que sumar su enfoque de las capacidades: todos tenemos necesidades y capacidades básicas, pero todos somos asimismo discapacitados de alguna forma y en grados diferentes, puesto que carecemos en mayor o menor medida de determinados tipos de funcionamientos esenciales para nuestro florecimiento como seres humanos. A partir de aquí, lo que Nussbaum se pregunta y trata de responder en este libro es cómo podrían las emociones ayudar a que esos principios estuvieran implantados de forma más estable y sus objetivos materializarse.

Para ello nos ofrece, por una parte, un conjunto de emociones necesarias que deben estar presentes en la cultura pública de una sociedad decente como la simpatía, la compasión, la emoción patriótica, el interés por los otros, el amor, advirtiéndonos de las que hay que mantener a raya como el asco, la vergüenza, la envidia, el miedo y, por otra parte, nos proporciona estrategias y recursos para el cultivo de las emociones públicas deseables.

Nussbaum admite que la tarea de la creación de emociones públicas posee dos aspectos diferenciados, el de la motivación y el institucional, y que ambos deben funcionar en estrecha armonía: “Dicho de otro modo, los gobiernos pueden intentar influir en la psicología de los ciudadanos (por ejemplo, mediante la retórica política, las canciones, los símbolos y el contenido y la pedagogía de la educación pública), o pueden idear instituciones que representen las percepciones profundas obtenidas a partir de una forma valiosa de emoción (por ejemplo, un sistema fiscal decente puede ser representativo de las percepciones profundas obtenidas a partir de una compasión debidamente equilibrada y apropiadamente imparcial)” (p.36).

El papel de las instituciones es muy importante ya que las emociones en sí necesitan estabilizarse. Cualquier programa social de redistribución que pretenda sustentarse exclusivamente en las emociones está condenado al fracaso -decía Adam Smith que las personas pueden sentirse hondamente conmovidas por un terremoto en China y, al instante, olvidarse de esa impresión porque ha comenzado a dolerles un meñique-, y este es el papel que se le asigna a las leyes e instituciones. Nussbaum se centra en el libro en el aspecto de la motivación, aunque manteniendo siempre una especie de diálogo con el institucional.

Un reto complicado

Desde el primer capítulo y a lo largo de todo el libro, deja clara la dificultad de conciliar las aspiraciones de una sociedad liberal, tal como ella la entiende, y el ideal de promover unas emociones sociales fuertes, que lleven a los ciudadanos a trascender su interés particular y a esforzarse por el bien común.

Los partidarios del liberalismo suelen dar por supuesto que una teoría de los sentimientos públicos iría en contra de la libertad y la economía.

El cultivo de las emociones desde la esfera pública, argumenta Nussbaum, ha sido visto por los filósofos políticos liberales, desde Locke, como una vía que podía llevar a una limitación de la libertad de expresión o a otras medidas incompatibles con las ideas liberales de libertad y autonomía.

Estudia las propuestas de “religión civil” o “religión de la humanidad” de autores como J.J. Rousseau, A. Comte, J.S. Mill y Rabindranath Tagore con el objetivo de buscar pistas para su planteamiento. Encuentra más elementos valiosos en los dos últimos, aun cuando señala que ambos, sobre todo Mill, tuviera en su momento una ingenua fe en el progreso humano, producto de una teoría psicológica incompleta que hoy no nos sirve.

Rousseau creía que el Estado debía suscitar esos “sentimientos de sociabilidad” por medio de la “religión civil”, pero, sin embargo, sólo alcanzaría ese objetivo si se hacía cumplir mediante la coacción, suprimiendo ciertas libertades relativas a la expresión (tanto religiosa como de otro tipo). Para Kant, nos dice la autora, ese era un precio demasiado alto que no estaba dispuesto a aceptar, pero sin embargo, al no cuestionar la idea de “religión civil” de Rousseau, se resignó a admitir que la capacidad del Estado liberal para promover esas emociones y combatir lo que llamó el “mal radical” (10) es muy limitada.

Precisamente este es el desafío que Nussbaum trata de afrontar con su propuesta: “cómo una sociedad decente puede hacer más por la estabilidad y la motivación de lo que Locke y Kant imaginaron, sin convertirse por ello en antiliberal y dictatorial como en el modelo ideado por Rousseau” (p.19)

El reto se acrecienta cuando se le añade la condición de que la sociedad decente a la que aspira Nussbaum tiene que ser una forma de “liberalismo político” y que, como tal, en ella los principios políticos no deben erigirse sobre ninguna doctrina comprehensiva concreta, ni religiosa ni laica, del sentido y el propósito de la vida. Es decir, puesto que las emociones para Nussbaum, como hemos visto, no son simples impulsos, sino que incluyen también valoraciones que tienen un contenido evaluativo, el desafío consistirá en asegurarse de que el contenido de las emociones apoyadas por el Estado no sea el de una doctrina comprehensiva concreta a costa de otras.

La heterogeneidad de nuestras sociedades y la existencia de una amplia diversidad de opiniones, exige que la cultura pública sea poco densa y de ámbito limitado. “Limitada, dice Nussbaum, en el sentido de que no ataña a todos y cada uno de los aspectos de la vida humana, ni mucho menos, sino solamente a los más pertinentes para la política (incluyendo, eso sí, los derechos sociales y económicos básicos) (…) Y debe ser así para poder convertirse, con el tiempo, en objeto de un «consenso entrecruzado» entre las múltiples concepciones generales razonables de la vida que la sociedad contiene en su seno. (p.468) 
Un desafío ciertamente difícil si tenemos en cuenta que lo que ocurre, a menudo, es que son los miembros más poderosos dentro de la nación los que establecen jerarquías, valores y rasgos definitorios.

Es por ello que Nussbaum subraya la idea, que se desprende de los escritos de Mill y Tagore, de que: “la cultivación pública de la emoción tiene que estar sometida al escrutinio de una cultura pública vigorosamente crítica y firmemente comprometida con la protección de las expresiones disidentes” (p.35) 


Emociones adecuadas e inadecuadas: el amor

Para Nussbaum hay un enorme agujero negro en el proyecto liberal. Su apuesta institucional no solo le parece fría, basada en principios políticos abstractos, sino que, a la postre, resulta ineficaz. Sustentado teóricamente en la comentada dicotomía «razón» y «emoción», el liberalismo político ha tratado de separar a la política de las emociones. La irrupción de las emociones y pasiones en el ámbito público -que no sean la codicia, el afán de lucro- es percibido como algo no sólo peligroso del uso de la razón pública sino también algo potencialmente autoritario y despótico.

Pero sin emociones no existe indignación ni compasión ante la crueldad, fundamentos mayores de la moral y la justicia. Para Nussbaum resulta imposible avanzar en la equidad si la política se desentiende de esa dimensión. El Estado de derecho, el respeto al imperio de la ley, no basta. Un régimen político liberal requiere emociones para existir, adquirir estabilidad y lograr sus metas. Sobre todo ciertos objetivos que requieren esfuerzos y sacrificios, como las políticas redistributivas, la inclusión de los grupos marginados, la protección al medio ambiente, la ayuda al exterior o la defensa nacional. Para alcanzar estas metas es necesario contar con las emociones adecuadas. No todas las emociones contribuyen en la misma medida ni de la misma forma a estos objetivos. Para Nussbaum hay buenas y malas emociones para la vida pública. Compasión, indignación y amor entrarían en el primer grupo, mientras que la repugnancia, la vergüenza, la envidia y el miedo no pueden formar parte de la psicología política de una sociedad decente. La utilización del asco (proyectivo) o repugnancia y la vergüenza, en su opinión, deben ser marginadas ya que suponen una amenaza para una sociedad libre dado que construyen jerarquías entre los seres humanos, contribuyen a estigmatizar a personas y grupos vulnerables (homosexuales, pobres, discapacitados físicos y mentales).

A pesar de que una buena parte de las ideas del libro están contenidas en trabajos previos, en él son articuladas de una forma distinta, con la finalidad de incorporar el amor al conjunto de emociones importantes para la vida común. Para Nussbaum, todas las emociones fundamentales sobre las que se sustenta una sociedad decente tienen sus raíces en el amor o son formas del mismo. Pese haber escrito mucho y en numerosas ocasiones sobre el amor, no elabora un análisis de la emoción, de la misma forma que lo hace con otras emociones como la compasión, la vergüenza o la repugnancia. Centra su investigación en subrayar el aspecto práctico de esta emoción y su importancia para la vida pública. Define el amor simplemente como unos apegos intensos a cosas que se encuentran más allá del control del sujeto. Y afirma que todas sus formas son beneficiosas “para impulsar una conducta cooperativa y desinteresada” o para limitar “los impulsos de la codicia en favor de los seres amados” o para promover la reciprocidad y la fraternidad, tan olvidada hoy. Nussbaum se muestra muy optimista sobre las posibilidades del amor. El amor, dice, es lo que da vida al respeto por la humanidad en general y eso lo convierte en algo imprescindible en las sociedades reales, imperfectas, que aspiran a la justicia. 


La emoción patriótica

Si en Los límites del patriotismo (11) Nussbaum rechazaba el patriotismo -porque lleva al chovinismo nacional, al racismo- y abogaba por la ciudadanía mundial, por la razón universal y un cosmopolitismo moral basado exclusivamente en la idea de igual dignidad de todos los seres humanos, en este libro vuelve sobre el tema, pero aceptando que hay un hueco en la educación moral y cívica para un tipo de patriotismo. Un patriotismo correcto -como ella lo califica- y que lo articula con la emoción del amor -amor a la nación propia- para el logro y el sostenimiento del bienestar colectivo. Nussbaum rebaja sus posiciones beligerantes de entonces contra el patriotismo e incorpora a su ideario algunas observaciones valiosas que han aportado algunos autores liberales -definidos como comunitaristas- al debate.

Nussbaum sabe que toda buena propuesta sobre la emotividad pública debe lidiar con las complejidades del patriotismo. Así mismo, es consciente de que muchas personas miran con escepticismo o rechazan directamente toda apelación al sentimiento patriótico, pero, así y todo, pese a sus abundantes peligros, considera que ninguna cultura pública «decente» puede sobrevivir y florecer sin cultivar la emoción patriótica o el amor al país propio de una forma adecuada.

Nussbaum compara el patriotismo con el dios Jano, el de las dos caras: una mira hacia fuera, llamando a veces al yo a cumplir con obligaciones para con los otros, a sacrificarse por el bien común; y la otra, mira hacia adentro, invitando a los «buenos» o «verdaderos» patriotas a distinguirse de los foráneos o disidentes para luego excluirlos. No obstante, asegura que vale la pena considerar su lado positivo, ya que la emoción patriótica puede servir para el desarrollo de proyectos valiosos.

Para argumentarlo se apoya en las ideas del patriota italiano Giuseppe Mazzini (1805-1872), quien ante la pregunta ¿Por qué necesitamos una emoción así? respondió que puesto que vivimos inmersos en la codicia y el interés propio, necesitamos una emoción fuerte orientada hacia el bienestar general que nos inspire para que apoyemos el bien común con medidas o gestos que impliquen sacrificio. Y añade, para que esa emoción tenga suficiente fuerza motivacional, no puede ir dirigida hacia un objeto puramente abstracto, como la «humanidad», sino que su meta debe ser más concreta. La idea de la nación para Mazzini encajaba perfectamente dentro de estos objetivos. El sentimiento fraternal debe organizarse inicialmente a nivel nacional, porque el sentimiento cosmopolita de la simpatía directa -sin otros objetos intermedios- por todos los seres humanos -“la hermandad por todos, el amor por todos”- es un objetivo poco realista en un mundo en el que las personas están demasiado inmersas en proyectos egoístas y lealtades locales. Mazzini comparaba el patriotismo con un punto de apoyo («un fulcro») en el que apalancar el sentimiento universal. Para el italiano, instituir la democracia en Europa, no era, en su raíz misma, un problema legal, sino de corazones y mentalidades (12).

La nación, dice Nussbaum, puede conquistar los corazones y las imaginaciones de las personas debido a sus conexiones eudemónicas; habla de un “nosotros” y de “lo nuestro”, y, por tanto, como decía Mazzini, hace posible, una transición desde unas simpatías más estrechas hacia otras más extensas.

Nussbaum menciona de pasada el hecho de la existencia dentro del Estado soberano de otras formas de amor patriótico que puede estar dirigido al estado federado (no soberano), a la ciudad, a la región -está pensando en Estados Unidos- y, dice que, aunque fuente de tensiones, pueden coexistir con el amor a la nación e incluso fortalecerlo. La nación puede construirse de muy diferentes modos, y cada uno de ellos tiene consecuencias distintas para la promoción (o no) de unos objetivos valiosos.

Nussbaum vuelve a la mitología y retoma la imagen de Escila y Caribdis para ilustrar los peligros y soluciones del patriotismo. Dado que Escila tenía múltiples cabezas, las simboliza como los peligros del patriotismo: Una primera cabeza es el peligro de los valores mal orientados y excluyentes; otra es el peligro de someter la conciencia de los ciudadanos mediante la imposición de unas actuaciones rituales; y la tercera es un exceso de énfasis en la solidaridad y homogeneidad capaz de eclipsar el espíritu crítico. En la otra orilla, Caribdis representa la falta de motivación para sacrificarse por el bienestar de los demás, sería el peligro de la motivación “aguada”, ese peligro que Aristóteles anunciara que se daría en toda sociedad que intentara gestionar sus asuntos públicos sin la aplicación de un amor particularizado.

Nussbaum responde uno a uno a los argumentos que se esgrimen en contra.

Los peligros de Escila

Para hacer frente al primero, el de los valores equivocados y excluyentes, señala la importancia de una cultura pública crítica, de inculcar desde la escuela la enseñanza igualmente crítica de la historia, el pensamiento reflexivo y el razonamiento ético. Especifica que es preciso verificar que el relato de la historia y la identidad actual de la nación no sea excluyente; esto es, que no enfatice sólo la contribución de un grupo étnico, racial o religioso, omitiendo o denigrando a los demás, afirmando la superioridad de una determinada tradición histórica o lingüística particular.

Las emociones al tener una dimensión valorativa, pueden estar orientadas a la libertad y la igualdad o a la exclusión, la violencia y el mantenimiento de privilegios. Las actitudes que, a menudo, conducen a situaciones de conflicto étnico, religioso o nacional están informadas por evaluaciones cognitivas socialmente construidas, que proporcionan una idea equivocada del otro, e impiden verlo como un semejante, portador de una inalienable dignidad, y, por tanto, merecedor de respeto. En su opinión, será tarea de una educación apropiada la de descomponer pacientemente estas ideas erróneas y peligrosas. Respecto a las instituciones públicas que pueden colaborar para un adecuado desarrollo de las emociones que conlleve una buena educación moral y cívica, además del sistema educativo, estarían los medios de comunicación, los líderes políticos, el pensamiento económico y jurídico.

En cuanto al segundo y tercer peligro, la filósofa señala que el sentimiento patriótico y la discrepancia respetuosa no son incompatibles. Nos insta a que interioricemos que la actitud realmente patriótica es la que rechaza la homogeinización forzada, la ortodoxia y la presión coercitiva, estimulando la actitud crítica a una edad temprana y el disenso respecto a las opiniones dominantes.

Teniendo en cuenta estos peligros, invita a preguntarse al lector si no sería mejor prescindir completamente del amor patriótico y favorecer sentimientos más dependientes de unos principios abstractos, “más fiables o serenos”, como los propuestos en las teorías de dos de los autores más influyentes de la teoría política contemporánea, Jürgen Habermas y John Rawls. A Nussbaum no le convence, particularmente, la propuesta «caribdiana» de Habermas, debido a que no ofrece un modelo para el cultivo de unas emociones intensas y sostenidas al no prestar suficiente atención al problema de la motivación «aguada».

Caribdis: la motivación «aguada»

La referencia a la motivación «aguada» la retoma Nussbaum de la crítica que Aristóteles en su Política hizo a Platón. En la ciudad ideal, dice Platón, los vínculos familiares habrían de ser eliminados, de tal forma que todos los ciudadanos cuidaran de los demás, con independencia de las relaciones de consanguinidad. Aristóteles le objeta que hay dos cosas principalmente que hacen que las personas tengan interés y afecto: la pertenencia [el que piensen que algo es sólo suyo] y la estimación [el que crean que ese algo es el único que tienen de su clase]. Esto es, para que los seres humanos se preocupen y comprometan por algo, hay que hacerles ver que el objeto de su potencial interés es en cierto sentido «suyo» y forma parte de su «nosotros». Por lo tanto, si se eliminan los vínculos filiales, los ciudadanos no sentirán completamente suyos a los “hijos de la nación”. En consecuencia, no habría suficiente cariño y atención como ocurre en las familias. Así, habría una preocupación o interés «aguado» por los hijos de todos en general. Para que las personas amen algo, el objeto amado debe ser considerado en cierto sentido «suyo», como algo «único» que tienen de su clase y que forma parte de su «nosotros». Las grandes emociones son «eudemónicas», es decir, están ligadas a la concepción de florecimiento que tiene la propia persona y al círculo de interés personal al que se extiende esa concepción (13).

Quien critica el papel público de las emociones, dice Nussbaum, asume que los objetivos buenos se autopropulsan sin más y se sustentan por sí solos sin necesidad de ninguna motivación emocional fuerte. La historia desmiente categóricamente esa idea. Y se pregunta, ¿Qué le sucede al bien carente de emoción cuando compite con un mal cargado de emotividad?

Volviendo a las dos teorías de la emotividad patriótica muy fundamentadas en principios de John Rawls y Jürgen Habermas, la autora plantea las mismas dudas de Aristóteles, si los sentimientos que se cultivarían a partir de ellas no resultarían demasiado desapegados y anémicos.

Nussbaum menciona la teoría de Rawls acerca de la reciprocidad, según la cual, existe una tendencia a amar y a sentir preocupación por aquellas personas que son recíprocas con tales sentimientos. El amor familiar puede con el tiempo convertirse en un amor asociativo de alcance más amplio, hasta hacerse extensivo a los principios políticos que conforman la nación. No obstante, Nussbaum explica tres objeciones a esta teoría psicológica básica que su autor la elevó a «hecho psicológico profundo». La primera es que para llevarla a cabo, sería necesario tener una teoría sobre cómo amar y esforzarse para alcanzar ciertos objetivos cuando las condiciones en las que se vive no son ideales. En segundo lugar, explica que se trata de una concepción muy ideal de las personas, no entra a estudiar cómo son realmente los seres humanos. Y en último lugar, le achaca que resulta una propuesta sumamente abstracta; las personas de verdad no se enamoran de las ideas abstractas como tales si no hay por medio un aparato adicional de metáforas, símbolos, ritmos, melodías, elementos geográficos concretos, etc., e ironiza diciendo que si Martin Luther King Jr. hubiera escrito sus textos a la manera de Rawls, la historia mundial hubiera sido muy diferente. En su opinión, el proyecto de Rawls sólo muestra lo que sería posible lograr, pero al omitir las vías de la motivación que impulsa a las personas reales, ignoró tanto recursos como peligros potenciales.

En conclusión, para Nussbaum la teoría de Rawls aunque resulta vacía en algunos aspectos, sin embargo, a diferencia de la de Habermas, tiene algunos importantes méritos y la posibilidad de poder ser desarrollada de forma fructífera. La que si le parece vulnerable a la objeción que Aristóteles planteó a su maestro ateniense es la teoría moralizada sobre ese sentimiento político de apoyo que ofreció Habermas en defensa de su «patriotismo constitucional». Su teoría, dice, no ofrece una imagen de cómo son las emociones ni de cómo funcionan y resulta tan abstracta que no es posible confiar en que pueda funcionar en la vida real.

“De lo que se trata, más bien, es de que la cultura pública no sea tibia y desapasionada, pues, de serlo, corremos el peligro de que no sobrevivan los buenos principios y las buenas instituciones: esa cultura pública debe contar con suficientes episodios de amor inclusivo, con suficiente poesía y música, con suficiente acceso a un espíritu afectivo y lúdico, como para que las actitudes de las personas para con los demás y para con la nación que todas ellas habitan no sean una mera rutina inerte” (P.38).


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La superación de la dicotomía clásica razón/pasión y su consecuencia, el rechazo de las emociones en la teoría política, gracias a los avances de los conocimientos en las últimas décadas, restablece la esencial articulación emotivo/cognitiva de la política. 
Martha Nussbaum, combinando aportaciones de la filosofía clásica, la psicología, la neurociencia, la ética, la literatura y la música, analiza de forma sistemática -y polémica- la función y la idoneidad de las diferentes emociones para el ámbito público. Se podrán compartir en mayor o menor medida las propuestas de esta pensadora estadounidense, comprometida a lo largo de su vida con la construcción de unas sociedades más justas, compasivas, imaginativas, amorosas y solidarias, pero de lo que no cabe duda, es de que hay muchos aspectos de su análisis y de su concepción que invitan a la reflexión y que, en conjunto, nos ofrece una perspectiva innovadora y sugestiva en relación a una cultura que ha despreciado el cultivo de las emociones.

                                                                                                    Mayo, 2016

(publicado en http://www.pensamientocritico.org/kepbil0516.pdf)


1 La teoría clásica más completa es la desarrollada por Aristóteles en su obra Retórica, (Gredos, Madrid 1999). Para Aristóteles, al contrario que Platón, las dos dimensiones del alma, racional e irracional, forman una unidad y entiende que las emociones poseen elementos racionales como creencias y expectativas, razón por la que es considerado un precursor de las teorías cognitivas de la emoción. También la Etica de Spinoza desarrolla una teoría cognitivista de los afectos, puesto que éstos van siempre  acompañados de una idea de los mismos.

2 En “El error Descartes: la emoción, la razón y el cerebro”, publicado por primera vez en 1994, Antonio Damasio utiliza la experiencia de Phineas Gage para argumentar que, cuando las partes del cerebro que están vinculadas con las emociones han sido dañadas, la capacidad para tomar decisiones y hacerlo con sensatez queda seriamente comprometida. Antonio Damasio dedicó dos de sus obras –En busca de Spinoza y El error de Descartes (Ed. Crítica, 2005 y 2006)- a explicar que emoción, raciocinio y sentimiento forman parte de un mismo proceso mental.

3 Albert O. Hirschman, Las pasiones y los intereses, Península, 1999.

4 De los muchos ejemplos que nos proporciona el debate sobre Cataluña de esta instrumentalización en la retórica política, basta como muestra un botón. En una entrevista a Francesc de Carreras, ante la pregunta de si está en contra del independentismo o sólo del nacionalismo, contestó: «El nacionalismo… en sí mismo es altamente perjudicial porque no tiene ningún fundamento racional, solo emocional (…) Para mí, que me considero dentro de la tradición ilustrada, todo nacionalismo, por lo que tiene de romántico es irracional, es malo en sí mismo» (la cursiva es mía, 10-11-2015, Jot Down).

5 Máiz, Ramón, “La hazaña de la razón: la exclusión fundacional de las emociones en la teoría política moderna”. Revista de estudios políticos, 149: 11-45, (2010:14).

6 Uno de los trabajos de clasificación más importantes que dan cuenta de esta diversidad de perspectivas, es el realizado por Cheshire Calhoun y Robert C. Solomon, ¿Qué es una emoción? Lecturas clásicas de psicología filosófica (México, FCE, 1992).

7 Nussbaum prefiere utilizar el término eudaimonista en vez de eudemónico porque considera que este último se ha asociado a una perspectiva utilitarista debido a una traducción engañosa de “felicidad” por eudaimonia, según la cual la felicidad entendida como placer constituye el bien supremo. La palabra en Nussbaun, como en la antigua Grecia, tiene un sentido mucho más amplio y es compatible con diversas teorías del bien. Dentro de la eudaimonia se encuentran, por supuesto, los objetivos de una persona, pero también una jerarquización de éstos y el reconocimiento de su vulnerabilidad.

8 Nussbaum, M., Las emociones políticas:¿por qué el amor es importante para la justicia?, Paidós, Madrid 2014, p.13-14. Todas las citas restantes corresponden al libro.

9 El ideal normativo es para Nussbaum: “un conjunto de principios que no «oficializan» una «doctrina comprehensiva» (por usar la expresión de Rawls) religiosa o secular determinada, y que pueden ser objeto, al menos, potencialmente, de un «consenso entrecruzado» entre varias de esas doctrinas comprehensivas suscritas por los diversos ciudadanos, siempre y cuando estos estén preparados para respetarse mutuamente como ciudadanos que son en pie de igualdad” (p.39) En el capítulo 5 detalla la tesis normativa de lo que debe entenderse por sociedad decente (de calidad) a la que valga la pena aspirar y sea digna de ser sostenida.

10 En La religión dentro de los límites de la mera razón (Alianza, 2007),kantargumenta que la mala conducta en sociedad no es un simple producto de las condiciones sociales imperantes en ese momento: tiene sus raíces en la naturaleza humana universal, que encierra ciertas tendencias al abuso de otras personas (es decir, a tratar a esos otros individuos no como fines en sí mismos, sino como instrumentos). Kant llamó a tales tendencias el «mal radical».

11 Nussbaum, M. Los límites del patriotismo. Identidad, pertenencia y “ciudadanía mundial” (Paidós,1999). El libro recoge el debate que a mediados de los 90 tuvo lugar en EEUU sobre cosmopolitismo y patriotismo. Las tesis de Nussbaum expuestas en su ensayo Patriotismo y cosmopolitismo, con el que se abre el libro, son refutadas, matizadas o complementadas por otros dieciséis conocidos intelectuales, Judith Butler, Amy Gutman, Hilary Putnam, Amartya Sen, Charles Taylor, Immanuel Wllerstein y Michael Walzer, entre otros. Si bien el debate tuvo un marcado signo filosófico y moral contenía importantes implicaciones políticas y sociales.

12 Giussepe Mazzini, Pensamientos sobre la democracia en Europa y otros escritos, Madrid, Tecnos, 2004. Mazzini sostenía que una nación democrática comprometida con la igual dignidad de todas las personas es la intermediaria necesaria “entre el ego y el conjunto de la humanidad”, puesto que la emoción implica apegos intensos y éstos, a su vez, una fuerza motivadora de la que carecen los principios abstractos (p.56).

13 Aristóteles, Política (Madrid, Gredos, 1988).

 

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