El “Homo Deus”. La brecha genética y biológica.

 

Muchas de las predicciones que parecían imposibles en los inicios de la ciencia ficción se han cumplido, como la energía nuclear, los viajes espaciales a la luna o las del profesor Arthur C Clarke sobre internet.

Los últimos años son pródigos en revolucionarios descubrimientos biológicos y genéticos, pero algunas especulaciones teóricas no auguran un futuro menos temible e incierto que el actual. A lo largo de la historia, los ricos han gozado de muchas ventajas sociales y políticas, pero nunca había habido una enorme brecha biológica que los separara de los pobres. En el futuro podríamos ver cómo se abren brechas reales en las capacidades físicas y cognitivas entre una clase superior mejorada y el resto de la sociedad.

Como señala el autor De animales a dioses: breve Historia de la humanidad (Debate, 2014), el profesor Yuval Noah Harari, estos superhumanos gozarán de capacidades inauditas y de creatividad sin precedentes, lo que les permitirá seguir tomando muchas de las decisiones más importantes del mundo. Sin embargo, la mayoría de los humanos no serán mejorados, y en consecuencia se convertirán en una casta inferior, dominada por los nuevos superhumanos. Yuval pone el ejemplo de Angelina Jolie la cual en un artículo publicado en The New York Times se refería a los elevados costos de las pruebas genéticas. Hoy en día, la prueba que Jolie se hizo cuesta tres mil dólares (lo que no incluye el precio de la mastectomía, de la cirugía reconstructiva y de los tratamientos asociados). Esto en un mundo en que mil millones de personas ganan menos de un dólar al día, y otros mil quinientos millones, entre uno y dos dólares diarios. Aunque trabajen con ahínco toda la vida, nunca podrán costearse una prueba genética de tres mil dólares. Y las brechas económicas no hacen más que ensancharse. A principios de 2016, las 62 personas más ricas del mundo tenían tanto dinero ¡como los 3.600 millones de personas más pobres! Puesto que la población mundial es de alrededor de 7.200 millones de personas, ello significa que estos 62 multimillonarios acumulan en conjunto tanta riqueza como toda la mitad inferior de la humanidad.

GEN-RICOS versus GEN-POBRES.

El profesor de biología molecular y evolutiva Lee M. Silver, autor de la novela Vuelta al Edén. Más allá de la clonación en un mundo feliz (Editorial Taurus, Madrid 1998), a la que se comparó con un Un mundo feliz, de Aldous Huxley, plantea una contrautopía que arranca en el año 2350, en el que la extrema polarización de la sociedad -que empezó a fraguarse durante los años ochenta del siglo XX (los años de la revolución conservadora de Thatcher y Reagan)- llega a su culminación lógica con la aparición, como consecuencia del avance científico en la manipulación del genoma humano, de dos clases sociales bien diferenciadas, por un lado, el nacimiento de una elite de ciudadanos mejorados artificialmente, los genéticamente enriquecidos o gen-ricos, accesible solamente a los sectores más prósperos, son los que gobiernan la sociedad y, por otro, los gen-pobres o seres naturales lo que les imposibilita acceder en la escala social y sólo pueden optar a trabajos como obreros o funcionarios mal pagados y ¡claro! sus hijos irían a escuelas públicas. Unas escuelas que en nada se parecen a sus predecesoras del siglo XX, sino que han reducido sus fondos de modo continuo desde comienzos del siglo XXI; a los niños naturales sólo les enseñan las habilidades básicas que necesitan para realizar el tipo de tareas con que se encontrarán en los puestos de trabajo accesibles a los miembros de su clase. Las tecnologías de perfeccionamiento humano estarían desproporcionadamente a disposición de aquellos con más recursos financieros, ampliando, por tanto, la brecha entre ricos y pobres y creando una brecha genética.

Ante esta hipótesis la respuesta estándar de los científicos es que también en el siglo XX muchos adelantos médicos empezaron con los ricos, pero que al final beneficiaron a toda la población y contribuyeron a reducir y no a ampliar las brechas sociales. Para Yuval Noah Harari, en su última obra, Homo deus, Breve historia del mañana, la posibilidad de que este proceso se repita en el siglo XXI podría ser solo una ilusión, por dos razones importantes. Primera: la medicina del siglo XX aspiraba a curar a los enfermos. La medicina del siglo XXI aspira cada vez más a mejorar a los sanos. Segunda: la medicina del siglo XX benefició a las masas porque el siglo XX fue la época de las masas. Los ejércitos del siglo XX necesitaban millones de soldados sanos y la economía necesitaba millones de trabajadores sanos. Pero la época de masas podría haber terminado, y con ella la época de la medicina de masas. Algunas élites podrían llegar a la conclusión de que no tiene sentido proporcionar condiciones mejoradas o incluso estándares de salud para las masas de gente pobre e inútil, y que es mucho más sensato centrarse en mejorar más allá de la norma a un puñado de superhumanos: “Durante los siglos XIX y XX las masas han sido vitales para la economía y por lo tanto han tenido derechos. Que ya no sean necesarias por razones económicas o militares tendrá consecuencias desastrosas sobre las personas”.


¿Qué nos depara el futuro?: el Homo Deus


Yuval Noah Harari, comienza Homo Deus donde terminó su texto anterior, Sapiens: con los seres humanos ultimando su transformación de animales a dioses, en el sentido griego del término, esto es, seres dotados de potencialidades que exceden con mucho las del hombre corriente. Una continuación en la que explora y especula sobre lo que podría llegar a ser el futuro de nuestra especie. No se trata tanto de una predicción, ya que el autor reconoce que no es posible saber qué va pasar ni siquiera en los próximos veinticinco o cincuenta años con una probabilidad apreciable, cuanto de explorar con la mirada de hoy qué factores pueden ser relevantes en el futuro de la humanidad. Ya no será solo que el futuro lo decidan unos pocos, sino de que estos pocos poseerán rasgos que los harán diferentes del resto.


Yuval estima que, en el transcurso de este siglo, los computadores y los seres humanos empezarán a diseñar seres vivos que serán una combinación de partes orgánicas e inorgánicas. La fusión entre humanos y computadores daría origen a los cyborgs, y estas tecnologías nos permitirán tener una mejor memoria y crear una interfaz directa entre cerebro y máquina. Pero, a pesar de estas nuevas facultades, todos estos avances podrían profundizar los males de la sociedad como la reapertura de la brecha entre ricos y pobres.


El profesor se pregunta ¿qué ocurrirá con nuestra economía si más y más personas se vuelven completamente inútiles?: “Los políticos aquí y en todo el mundo no tratan los temas verdaderamente importantes para la humanidad. Se habla mucho de desempleo pero de aquí a 50 ó 100 años la mayoría de las personas no trabajarán porque ya no serán útiles”. No tenemos una respuesta para eso.


En el siglo XIX, dice Yuval, vimos el surgimiento de una clase completamente nueva: el proletariado urbano. Ahora estamos viendo el nacimiento de una nueva y masiva clase de personas que no son útiles. No hay ningún nobel de Economía o ideología política que pueda dar respuestas a esta nueva clase: “Marx escribía en el siglo XIX bajo la idea de que el proletariado era el elemento imprescindible para la economía. Y que la huelga general era su arma irresistible. Pero ahora es irrelevante. La mayoría de las personas serán económicamente innecesarias. ¿A quién le importa que hagan huelga los mendigos? ¡Los algoritmos no van a la huelga!”. Este será para Yuval el principal desafío político y económico del siglo.


Dentro de uno o dos siglos, el Homo sapiens –tal como lo conocemos– se extinguirá. No por una gran catástrofe o un holocausto nuclear, sino porque será potenciado. El ser humano se fusionará con los computadores para formar seres distintos a nosotros. Es lo mismo que vemos hoy, pero de forma generalizada: las personas se están fusionando cada vez más con los computadores y sus teléfonos móviles. Más y más vidas son conducidas por una realidad virtual y más y más decisiones son tomadas por algoritmos computacionales. Estamos muy cerca del momento en que podremos insertar chips en nuestro cuerpo y crear esa fusión: “con suficientes datos biométricos sobre mí y suficiente poder computacional, un algoritmo externo puede entenderme mejor de lo que yo me entiendo a mí mismo. Y una vez existe este algoritmo, el poder pasa de mí, como individuo, a ese algoritmo, que puede tomar mejores decisiones que yo. Esto empieza con cosas simples, como el algoritmo de Amazon que te propone libros, o los sistemas de navegación que nos dicen qué camino tomar. Eran decisiones que tomábamos basándonos en nuestros instintos y conocimientos. Ahora la gente cada vez confía más en aplicaciones y sigue instrucciones del teléfono móvil. Y esto irá pasando también en decisiones más importantes, cómo en qué universidad estudiar, a quién votar… Iremos cediendo poder de decisión, y no porque lo decida un poder dictatorial, sino que seremos nosotros quienes querremos hacerlo. Hay departamentos de policía de EEUU en los que es un algoritmo el que decide dónde se debe desplegar a los patrulleros en función de los patrones de delincuencia, no un sargento veterano como antes”.


Yuval señala que el verdadero problema al que nos enfrentamos no proviene de que las máquinas controlen todo lo que hacemos, como en la metáfora del Gran Hermano, sino de la disolución de nuestra individualidad al dejarnos dirigir por algoritmos externos que nos proporcionan una vida más placentera.


La agenda humana, nos dice, ha cambiado y los problemas que nos inquietan de cara al futuro son ahora bien distintos como la lucha contra el envejecimiento y la búsqueda de la inmortalidad, la conquista de la felicidad y la posibilidad de intervenir de manera activa en el futuro de la humanidad a través de los avances tecnológicos. Temas sobre los que se intuye que puede llegarse a ejercer un control, pero que todavía están fuera de nuestro alcance. Ahora bien, aunque no estén entre nuestras principales preocupaciones, sí son las que inquietan a los principales centros de investigación científica y tecnológica y, por tanto, las que acaparan la mayor parte de las inversiones en investigación. En ese futuro que nos pinta el profesor, la mayoría de las religiones se volverán irrelevantes, pero eso no será el fin de la religión. Simplemente veremos el surgimiento de una nueva religión, y eso ya está ocurriendo. Desde una perspectiva histórica, el lugar más interesante del mundo en la actualidad no es Oriente Próximo, sino Silicon Valley. Ahí puedes ver el auge de estas nuevas religiones, que podemos llamar ‘tecnorreligiones’, que creen en la tecnología. Estas reformulan todas las premisas tradicionales que tenían religiones como el cristianismo y el islam. También te prometen felicidad, justicia y la vida eterna en el paraíso. Pero, en vez de creer que estamos en las manos de Dios u otro ser sobrenatural, estas proponen que podemos desarrollar la tecnología para derrotar a la muerte.


Ante la pregunta ¿Qué nos depara el futuro? Yuval Noah Harari augura un mundo no tan lejano en el cual nos veremos enfrentados a una nueva serie de retos. Homo Deus explora los proyectos, los sueños y las pesadillas que irán moldeando el siglo XXI. Según Yuval Noah Harari, en las próximas décadas “vamos a convertirnos en dioses”, ya que “adquiriremos habilidades que tradicionalmente se pensaban que eran habilidades divinas”; en particular, capacidades para la ingeniería o para crear vida. “Al igual que en la Biblia Dios creó animales, plantas y humanos de acuerdo a sus deseos, en el siglo XXI nosotros probablemente aprenderemos a diseñarlos y fabricarlos de acuerdo a los nuestros”. Se usará la ingeniería genética para crear nuevos tipos de seres orgánicos, interfaces cerebro-ordenador para cíborgs y “podemos tener incluso éxito en la creación de seres completamente inorgánicos”, opina este historiador, quien resume: “Los principales productos de la economía del siglo XXI no serán los textiles, vehículos y armas, sino más bien cuerpos, cerebros y mentes”. quien denomina a los “descendientes” del Homo sapiens, Homo deus, por sus “poderes divinos de creación y destrucción”. No obstante, asegura que “si malinterpretamos las amenazas de guerra nuclear, el cambio climático y la interrupción tecnológica, tal vez nunca tengamos una segunda oportunidad”.


Homo deus es una especulación seductora y provocativa sobre el futuro de la evolución de la especie humana, a veces bien fundamentada y no exenta de interés.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *