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Acerca de Kepa Bilbao

Kepa Bilbao Ariztimuño (Bermeo [Bizkaia], 1952) cursó estudios de economía en la facultad de Ciencias Económicas y Empresariales (Sarriko). Es Licenciado en Ciencias de la Información y profesor de Lengua y Literatura Vasca en enseñanzas medias en Bilbao. Ha publicado La Modernidad en la encrucijada. La crisis del pensamiento utópico en el siglo XX: el marxismo de Marx (Gakoa, 1997) y Crónica de una izquierda singular (de ETA-berri a EMK/MC y a Zutik-Batzarre). Naciones, nacionalismos y otros ensayos (1991-2006) en edición electrónica. Capitalismo. Crítica de la ideoloigía capitalista del mercado. El futuro del Capitalismo (Talasa, 2013)

¿Marx, hoy? ¿Qué Marx?

(publicado en pensamientocritico.org, junio 2018)

El bicentenario de Marx ha sido celebrado no solo en Tréveris, la ciudad natal de Marx, sino también en numerosas ciudades y localidades de todo el mundo. Con este motivo, se han multiplicado los balances sobre la vida y obra del pensador alemán, máximo teórico de la crítica al capitalismo.

El propio itinerario biográfico de Marx ha conocido en estos días un interés renovado. Por una parte, hacía pocos meses que se estrenaba en Europa “El joven Karl Marx”, el film del haitiano Raoul Peck, y, por otra, Penguin lanzaba hace apenas dos años Karl Marx. Greatness and Illusion (Karl Marx. Grandeza e ilusión), un volumen de 800 páginas del historiador de la Universidad de Cambridge Gareth Stedman Jones, cuya versión española acaba de ser editada por Taurus. Así mismo, el filósofo alemán Michael Heinrich que participa en el proyecto MEGA 2, un monumental esfuerzo internacional para la publicación de las obras completas de Marx y Engels, formado en la escuela del marxismo crítico de Elmar Altvater, anunciaba su ambiciosa biografía intelectual y política Karl Marx y el nacimiento de la sociedad moderna. Una obra que se dividirá en tres volúmenes, de los cuales el primero acaba de salir en Alemania con motivo del bicentenario y los otros dos volúmenes están previstos para 2020 y 2022.

Marx sin “ismos”

Marx ha sido objeto de numerosas biografías de todo tipo, desde aquella pionera de Franz Mehring en 1918 hasta la de David McLellan Karl Marx. Su vida y sus ideas, publicada en 1973, considerada, en un tiempo, como la mejor y la más original. Estos nuevos biógrafos se esfuerzan por restituir a Marx a sus coordenadas históricas. Un Marx sin “ismos” que diría Paco Fernández Buey, sin los ismos que se crearon en su nombre y contra su nombre. Un Marx sin beatería, más secularizado, menos sujetado a las experiencias políticas y los sistemas ideológicos del siglo XX. Como otros biógrafos, Gareth Stedman intenta separar a Marx del marxismo, de la aplicación que de él se haría en el siglo XX. “Marx, dice el historiador, no habría aprobado los Estados autoritarios que se declaraban socialistas. Marx creía en la emancipación humana y lo que ofrecían estos países era sólo una dictadura. Lenin y Stalin manipularon sus ideas, leyeron lo que les interesó y lo mezclaron todo”. El propósito declarado de Gareth Stedman es situarle en el contexto del pensamiento alemán y europeo del siglo XIX y entender qué ha sucedido con las distorsiones, dogmatismos y malas interpretaciones que le han seguido, porque los planteamientos del materialismo dialéctico, dice, están más relacionados con la lectura de Engels que con los escritos de Marx. Sostiene que “Karl Marx no hubiera aceptado la interpretación que se ha hecho de su obra” y que el marxismo fue un invento interesado que hicieron de sus trabajos tras su muerte los socialdemócratas alemanes y, sobre todo, Engels.

Michael Heinrich, por el contrario, ha venido sosteniendo hasta ahora que si bien históricamente hablando la popularización de las últimas obras de Engels, en particular su Anti-Dühring, constituyó el punto de partida para la construcción del “marxismo”, sería un reduccionismo hacer de Engels el “inventor” del marxismo. Fue sólo bajo la presión de Bebel y Liebknecht que Engels se enfrentó en la década de 1870 a las opiniones del profesor universitario alemán Eugen Dühring, quien ganaba cada vez más adeptos entre la socialdemocracia alemana. Ya que Dühring afirmaba haber conformado un nuevo “sistema” integral de filosofía, historia, economía y ciencias naturales, Engels tuvo que seguirlo a todas estas áreas, pero no sin hacer hincapié en el prólogo para la primera edición en que su texto “no puede tener la finalidad de oponer al “sistema” del señor Dühring otro sistema”. Advertencia que cayó en saco roto. Históricamente, el Anti-Dühring acabó convirtiéndose precisamente en el punto de partida para ese “sistema” que se hizo famoso con el nombre de marxismo1. En la misma línea de protesta contra el engelsianismo, identificado con la escolástica soviética, considerado el responsable del extremismo ideológico y de la trágica historia del comunismo del siglo XX, se levanta la biografía de Friedrich Engels de Tristram Hunt El gentleman comunista (Anagrama, 2011)2.

El problema con los intérpretes de Karl Marx ha sido siempre el de distinguir entre lo que dijo, lo que quería decir y lo que sus seguidores querían que hubiera dicho.

En mi opinión, separar a Marx del marxismo, con todos los problemas que entraña, es un intento complicado pero interesante siempre y cuando no se establezca una diferencia absoluta. Marx está en el marxismo o en los marxismos, seleccionado, simplificado, caricaturizado o tergiversado, más en unas corrientes y tradiciones que en otras y más en unas personalidades que en otras. Que Marx haya pretendido fundar una cosa llamada marxismo es más que dudoso, sus últimas exploraciones nos informan que no estaba entre sus preocupaciones y que tenía la mente puesta en otros problemas: sobre la evolución histórica de la renta de la tierra en distintas sociedades, la comuna rural rusa y los recientes estudios etnológicos y antropológicos que estaban apareciendo en Alemania, EEUU, Inglaterra y Rusia. Marx no definió a su obra como marxismo, esta tarea, la “promoción del marxismo”, le tocó a Engels. En buena medida, la invención.

A propósito de “Engels fundador del marxismo”

Recién fallecido Marx, Engels confesaba a Sorge que era mejor que se lo hubiera llevado la muerte, ya que: “…vivir teniendo ante él numerosos trabajos inacabados, devorado por el ansia de acabarlos y la imposibilidad de conseguirlo—esto le hubiera sido mil veces más doloroso que la dulce muerte que se lo ha llevado…” (carta a Sorge, 15 de marzo de 1883).

Lo que encontró Engels era, según el comentario sincero que le hizo a Kautsky, una criptografía propia de un jeroglífico. La parte publicada era sólo la punta de un iceberg, menos de un tercio de su obra, que emergía de una masa sumergida de manuscritos inéditos, apuntes, una abundante correspondencia con terceros, bocetos, notas, en suma, un verdadero continente compuesto con minúscula taquigrafía, que como le escribió a Bebel “nadie más que yo puede descifrar, ciertamente, y con grandes dificultades”. Dar forma a todo ello le llevó a Engels un trabajo de once años. Si ordenó y corrigió o no los materiales como Marx lo hubiera hecho es una cuestión que posteriormente ha sido largamente discutida.

La razón para que Marx no acabara El Capital, los manuscritos de los libros II, III y IV anunciados en el Libro I y de los que, al morir, había dicho que Engels “haría alguna cosa con ellos”, se debió probablemente a un conjunto de factores, además de un problema de salud -los últimos diez años fueron una lucha permanente contra la enfermedad-, a la actitud tan exigente hacia su trabajo, a su talante riguroso para asimilar aportaciones exteriores, para adaptarse a nuevas realidades y, sobre todo, a su imposibilidad de encontrar soluciones satisfactorias a problemas teóricos con los que estuvo luchando por resolverlos hasta su muerte.

McLellan explica la interrupción de la elaboración teórica de Marx exclusivamente por razones de salud3. Para Gareth Stedman la necesidad de enfrentarse a las dificultades teóricas que sus escritos le planteaban provocaba a Marx jaquecas, insomnio y las consabidas dolencias hepáticas, sin duda, dice, “sus dolencias eran genuinas, pero está claro que le dieron una cobertura para dilatar el momento en que debería ajustar cuentas consigo mismo”4. Para Eugenio del Río no es un problema fácil de explicar, hay razones de salud, de tiempo, de dudas acerca de algunas de sus concepciones. “En todo caso, dice del Río, si es seguro que hay un Marx que duda, también lo es que hay otro que no duda respecto al edificio teórico construido”5.

Son las ambigüedades, cambios y tensiones no resueltas en los escritos de Marx, lo que legitimará a los diversos marxismos en su pretensión de apoyarse en su obra. Marx cambió de opinión muchas veces, evolucionó a través de intensas lecturas y de la confrontación con los grandes acontecimientos de su época, inmerso en un mundo ya lejano del nuestro. Cuando escribió en el prólogo al primer volumen de El Capital, “bienvenido sea todo juicio crítico científico”, no era simplemente retórica. Marx era consciente de la provisionalidad y la falibilidad de las afirmaciones científicas. “De omnibus dubitandum” –“todo debe ser puesto en duda”– escribió como respuesta a la pregunta sobre el lema de su vida para un cuestionario de moda que su hija le había dado. La enorme masa de manuscritos que dejó inéditos y las numerosas modificaciones de textos ya publicados dan testimonio del hecho de que no excluía a su propio trabajo de esa duda.

En la última década estudia intensamente. Llena decenas de cuadernos en letra casi ilegible. Se interesa por una gran variedad de temas, entre los cuales destaca, en sus dos últimos años, la situación de Rusia (tras su muerte, Engels encontró dos metros cúbicos de estadísticas rusas entre sus papeles). El Capital es una obra inconclusa, fragmentaria, a la que le faltan partes importantes por elaborar de un vasto proyecto inicial y que acabará convirtiéndose, en manos de sus epígonos, en un texto sagrado y en la ingenua creencia de que en Marx estaba dicho todo y sobre todo y, por tanto, bastaba comprenderlo.

Como escribiera Sacristán acerca de muchos de los temas en discusión de su obra “no creo que esté clara la última palabra de Marx acerca de todas estas cosas que estamos discutiendo. Creo que, a pesar de la aspiración que siempre tuvo de producir obra muy terminada literariamente -lo cual es una de las causas de que dejara tanto manuscrito inédito-, Marx ha muerto sin completar su pensamiento, sin pacificarse consigo”6.

Engels tras la muerte de Marx, se ve enfrentado con la tarea de transmitir su obra a un número creciente de jóvenes socialistas con tendencia a vulgarizarlo, se ve obligado a aceptar y simplificar el paradigma primario, a disimular sus dificultades y a definir concisamente, en vez de evaluar críticamente, sus caracteres esenciales, para facilitar así su transmisión. Apremiado por los socialdemócratas alemanes y rusos, asumió no sin resistencia la tarea de divulgar, concluir y presentar como sistema acabado una teoría en realidad en proceso, abierta e inconclusa. El “ismo” en Marx nació fundamentalmente en las revistas de partido dirigidas por Kautsky y Bernstein, en la correspondencia de Engels con Bebel, en sus textos y prólogos, así como de las polémicas del propio Engels con fracciones, escuelas, críticos, socialistas de cátedra y populistas rusos.

Para el marxismo, que sucede inmediatamente a Marx, el de su yerno Paul Lafargue en Francia, el de Karl Kautsky en Alemania, o el de Plejánov en Rusia y del que Lenin heredaría la idea del marxismo como algo definitivo y completo, Marx no interesaba como un pensador que estaba constantemente aprendiendo y desarrollando sus concepciones teóricas, sino más bien como alguien que producía verdades acabadas –”el marxismo”.

El marxismo nació, se desarrolló, se profesionalizó en escuela y en ideología legitimadora de los Partidos Socialdemócratas y de un poder político, el de la Rusia soviética, cuando la obra de Marx no era aún accesible en su totalidad e incluso cuando importantes partes de su “corpus” estaban inéditas, como fue el caso de los Manuscritos económicos y filosóficos, La Ideología alemana, los Fundamentos de la Crítica de la Economía Política (Grundrisse) y la Teoría sobre la plusvalía que no se publicarían hasta los años treinta y cuarenta7.

El marxismo se constituirá pues partiendo de un desconocimiento generalizado de la obra de Marx, dando pié a multiplicidad de interpretaciones y simplificaciones. A esto habría que añadir que la lectura de su obra era difícil lo que hacía que quienes la leían eran una muy reducida minoría. La mayor parte de los escritos de Marx son incomprensibles si se leen sin tener en consideración el contexto biográfico e histórico en el que fueron producidos.

¿Es Marx hoy relevante? ¿Qué Marx?

Marx fue un filósofo alemán, un humanista en el sentido renacentista, por la diversidad de temas y asuntos humanos que le interesaron, un analista económico, un historiador, un polemista político vigoroso, que simultaneó durante toda su vida la actividad teórica y el compromiso político.

Su obra es un compuesto de análisis social, que se quiere científico, y política. Pero, además, el tipo de análisis social de Marx influido por la idea de totalidad hegeliana, tiene una pretensión mas abarcadora que la que es normal hoy en las ciencias sociales y como política, Marx hace agitación, alienta la fe y hace profecías.

El fin de la guerra fría ha permitido que podamos leer a Marx de una manera menos partidista y prejuiciada, que nos separemos de las interpretaciones mediatizadas por el dogmatismo o la ortodoxia. En suma, que lo podamos estudiar en su totalidad, en sus errores, aportaciones, limitaciones y ambigüedades, sin canonizaciones.

No hay pensamiento humano que no sea deudor de su época, sin fisuras y contradicciones y que no conlleve una variedad de interpretaciones. En filosofía, economía y, en general, en ciencias sociales dos siglos es mucho tiempo para que alguien salga indemne de las transformaciones de todo tipo que han tenido lugar8.

El curso histórico ha desmentido algunas de sus teorías y predicciones, pero también ha revelado algún acierto teórico, algunas ideas originales -en el sentido, siempre relativo, en que se puede hablar de original en la historia de las ideas- y sugerencias valiosas.

El legado más positivo y original de Marx es su concepción de la historia, columna vertebral de su pensamiento, en especial su noción del papel desempeñado por el desarrollo tecnológico. Sin embargo, ya en vida de Marx hubo epígonos que distorsionaron esta concepción convirtiéndola en un mero determinismo económico y fue esa caricatura, que pretendía descifrarlo todo a partir de la acción de factores económicos lo que tuvo más éxito en el marxismo que se difunde a finales del siglo XIX con el nombre de materialismo histórico9. Si el enfoque peculiar de Marx, no la mala copia, se toma como una vía entre otras para aproximarse a las realidades históricas y sociales, puede resultar provechosa. Para Kolakowski, este denominado materialismo histórico: “es un principio heurístico valioso, que obliga al estudioso de conflictos y movimientos de todo tipo -políticos, sociales, intelectuales, religiosos y artísticos- a relacionar sus observaciones con los intereses materiales, incluidos los derivados de la lucha de clases (…) Si esto es obvio, es porque el marxismo lo ha hecho obvio (…) Reconocer dentro de unos límites la validez del materialismo histórico no es lo mismo que reconocer la verdad de que el marxismo es un “sistema” que lo explica todo”10.

Un gran pensador desarrolla y presenta nuevas ideas al mundo y por mucho que intente controlar su significado y uso no puede. En las manos de otras personas las ideas originales se transforman desarrollándose en direcciones y conceptos que poco o nada tienen que ver con el original. El marxismo de Marx no es una excepción.

Marx se presta a muchas interpretaciones. Es claro, por un lado, y ambiguo, por otro, y esta ambigüedad da pie a múltiples lecturas y, por tanto, a interminables disputas escolásticas. El marxismo de finales del siglo XIX y comienzos del XX, incorpora las ideas de Marx de forma selectiva, simplificando, exagerando y deformando esas ideas. Por otra parte, no se puede negar que Marx es, en alguna medida, responsable, por así decirlo, de las ideas hipersimplificadas y vulgarizadas que pueden defenderse mediante muchas citas de su obra, ahora bien, no podemos afirmar que el socialismo despótico que hemos conocido en el siglo XX es el socialismo pretendido por Marx. La versión leninista-estalinista-maoista del comunismo fue una interpretación posible, aunque no la única de la doctrina de Marx, lo que sería caer en el absurdo es decir que fue un resultado directo de la propia ideología. No obstante, el hecho de que los escritos de Marx fueran utilizados de esa forma no es irrelevante y nos debe llevar a preguntarnos qué hay en ellos para que fueran interpretados de esa manera. El comunismo del siglo XX surgió a partir de muchas circunstancias históricas, con la tradición marxista entre ellas y cambió radicalmente el mundo en una dirección que Marx ni siquiera llegó a imaginar. Ha sido mas bien un intento de poner en práctica las ideas que Marx expresó en forma filosófica sin unos claros principios de interpretación política11.

Aunque el marxismo ya no es “el horizonte intelectual de nuestra época” como quería Sartre, la nueva crisis mundial que estalló en 2008 vino a recordarnos que al menos el diagnóstico crítico de Marx sobre la dinámica de expansión del capitalismo con sus crisis periódicas y con su carga de miseria, exclusión y violencia sistémica, permanece vigente. Las reediciones de El Capital se reactivaron entonces en todo el globo mientras que el nuevo best-seller en materia económica que vino a mostrar la relación entre aumento de la tasa de acumulación del capital y crecimiento de la desigualdad, se titulaba justamente El Capital del siglo XXI (Piketty). Esto no significa que Marx ofrezca una solución a las dificultades económicas actuales.

En sus escritos económicos hay una investigación muy valiosa sobre el funcionamiento del capitalismo de su época, sus tendencias a la acumulación del capital, el funcionamiento del ciclo económico, su internacionalización; pero no encontramos en El capital ni una versión única de la crisis ni una visión de una caída final automática, puramente económica. Para que ello se diera debía concurrir el factor activo, subjetivo, consciente, el proletariado. Marx dejó su gran obra, El capital, sin acabarla. No creo que se pueda decir con rotundidad que esté clara su última palabra acerca de estas cosas. Marx nunca abandonó su fe en el final inevitable del capitalismo, pero en cuanto al modo y momento en que éste iba a producirse murió sin dar una respuesta técnica clara, como en otras cuestiones, sin completar su pensamiento. Así, aunque de otro modo, seguimos leyendo a Marx en el siglo XXI. Pero no para volver a Marx sino para ir más allá de Marx.

Marx es una figura intelectual sobresaliente y políticamente comprometida de una época histórica pasada, la de la Revolución francesa, la Comuna de Paris, la filosofía de Hegel, de la primera industrialización inglesa y de la economía política que emanó de ella. Hoy habitamos en un mundo más globalizado, plural, complejo y dinámico, muy distinto al de finales del siglo XIX, y para comprenderlo, Marx, a excepción de algunas ideas e inspiraciones que he comentado, poco puede ayudarnos en ello. Más que citar a Marx, de la misma manera que los escolásticos citaban a Aristóteles o la Biblia, nos ayudaría poder contar con su talento para interrogar el mundo, su voluntad y capacidad de conocer, con el fin de abrir nuevos espacios para el pensamiento y la acción. Como le dijo Engels al socialdemócrata ruso Voden en una de sus visitas en las que este le apremiaba para que publicara lo antes posible todos los escritos de Marx: “preferiría que los militantes, rusos o no, acabaran por una vez de ir buscando citas de Marx [y de él mismo], y que en lugar de ello pensaran tal como Marx hubiera pensado en su lugar”.

Mayo, 2018


1Michael Heinrich, “Je ne suis pas marxiste” (online 06/09/2016). También, Francisco Fernández Buey, “De la polémica al sistema” en Engels y el marxismo, Fundación de Investigaciones Marxistas, Madrid, 1994, pp.73-85. Engels aceptó la tarea de escribir el Anti-Dühring como un sacrificio. Así se quejaba en una carta a Marx el 28 de mayo de 1876: “Tú lo has dicho muy bien. Puedes quedarte en el cálido lecho, ocuparte de las relaciones agrarias rusas en particular y de la renta territorial en general: nada te lo impide. Y, mientras, yo debo sentarme en el duro banco y hartarme de vino frío, interrumpirlo todo de golpe y ajustar cuentas con ese pesado de Dühring. No queda más remedio que obrar así, aunque voy a verme metido en una polémica cuyo fin no es posible prever en absoluto; pero si no lo hago, ni yo mismo estaré tranquilo”. Por otra parte, el hecho de que Marx se comprometiera a escribir la parte de la crítica a Dühring dedicado a la historia de las teorías económicas acabó de convencer a Engels de la necesidad de hacer el sacrificio. En el prólogo a la segunda edición del libro Engels asegura que sometió el manuscrito a la aprobación de Marx.

2Antes de 1914 Engels gozó de gran reputación. Fue, en mayor medida que Marx, responsable de la difusión del marxismo dentro del movimiento socialista como un saber sistemático que prometía respuestas a todas las cuestiones de filosofía, de ciencias naturales y ciencias sociales. Sin embargo, después de 1914 y de la revolución rusa, se cuestionó más su posición. Dos obras escritas por Engels, en vida de Marx, serán la prueba de las mayores acusaciones, las observaciones hechas por Engels en la Dialéctica de la Naturaleza y La subversión de la ciencia por el señor Eugen Dühring, esta última con la participación de Marx y considerada la obra fundacional del marxismo. Las diferencias entre Engels y Marx se convirtieron en objeto de disputa en los marxismos posteriores. Engels pasó a ser el responsable de la vulgarización del marxismo, y de sus formulaciones mas deterministas, economicistas o cientifistas. Algunos autores, como Maximilien Rubel, destacaron de forma extrema esta diferenciación entre uno y otro (“La leyenda de Marx o Engels como fundador (1972)”, recogido en Marx sin mito, Octaedro, Barcelona, 2003, pp. 31-36). Por mi parte, me identifico con los que, sin negarlas, matizan estas diferenciaciones en, “¿Engels contra Marx?”, en La modernidad en la encrucijada. La crisis del pensamiento utópico en el siglo XX: el marxismo de Marx, Gakoa, Donostia, 1997, pp.28-32.

3McLellan, David, Karl Marx. Su vida y sus ideas, Crítica, Barcelona, 1983, p.489

4Gareth Stedman, Jones, Karl Marx. Ilusión y grandeza, Taurus, Madrid, 2018, pp.616-618

5Río, Eugenio del, La sombra de Marx, Talasa, Madrid, 1993, pp.77-78

6Sacristán, Manuel, Pacifismo, Ecología y Política Alternativa, Icaria, Barcelona, 1987, pp.109-110

7Hoy es el día en que aún no existe una edición crítica completa en lengua alemana de sus obras. En 1921, David Riazánov fundó en Moscú el Instituto Marx-Engels donde, al año siguiente, inició un ambicioso proyecto: la publicación de las Marx-Engels Gesamtausgabe, las obras completas de Marx y Engels en 42 volúmenes (lo que se conoce como “primera MEGA”). Sin embargo, Stalin, en una de sus purgas, fusiló a Riazánov y paralizó el proyecto. Hubo que esperar a mediados de la década de 1970 para que, tras el deshielo, en la República Democrática Alemana se volviera a plantear una iniciativa de edición filológicamente rigurosa de los textos originales de Marx. Pero, de nuevo, la historia volvió a inmiscuirse. La implosión del bloque socialista interrumpió el proceso de publicación, que se reanudó a finales de la década de 1990 gracias al esfuerzo coordinado de institutos de investigación de Alemania, Holanda y Rusia. El proyecto, conocido como “segunda MEGA”, es una obra editorial monumental que se espera alcance los 115 volúmenes -62 ya han sido producidos- y concluya el año 2025.

8Para Simone Weil, los problemas con los que se ha encontrado el marxismo no se deben fundamentalmente a los cambios históricos: “En mi opinión, no son los acontecimientos los que imponen una revisión del marxismo, es la doctrina de Marx la que, en razón de las lagunas e incoherencias que encierra, está y lo ha estado siempre muy por debajo del papel que se le ha querido hacer desempeñar; lo que no significa que se haya elaborado entonces o después algo mejor” (Sobre las contradicciones del marxismo (I), proyecto de artículo, 1937, extraído de Escritos Históricos y Políticos, Trotta, 2007).

9“Cuando Marx afirma que el modo de producción de la vida material determina el proceso social -comenta Eugenio del Río- está empleando determina en un sentido hegeliano para referirse simultáneamente a tres aspectos que se manifiestan íntimamente unidos: (1) la atribución, por parte del elemento determinante, de las propiedades que singularizan al objeto determinado; (2) los límites que lo condicionan; y (3) los nexos que gobiernan las relaciones entre lo determinante y lo determinado. En cualquier caso, esta relación de determinación posee un significado muy especial y complejo, irreductible a una relación simple de causa-efecto, que es a lo que acabará reducida con frecuencia en el marxismo”. La sombra de Marx. Talasa, Madrid, 1993, p 176.

10Kolakowski, Leszek, Las principales corrientes del marxismo I Los fundadores. Alianza Universidad, Madrid, 1985, pp.368-369

11Kolakowski, L, op.cit.,1985, p.417

Las reformas estructurales de Raúl Castro y los retos que hereda Díaz-Canel.

Las reformas estructurales de Raúl Castro a partir de 2007 y los retos que hereda Díaz-Canel.

Kepa Bilbao Ariztimuño

(publicado en pensamientocritico.org, mayo 2018)

La evolución de la economía cubana a lo largo de estas casi 6 décadas no ha sido lineal, no ha discurrido por una vía única, ha sido más bien un proceso zigzagueante, lleno de saltos adelante y retrocesos, ciclos más “idealistas” y otros más “pragmáticos”.

Cada vez que la economía amenazaba con colapsar, el Gobierno y el Partido Comunista acudían a ciertas palancas del mercado. Así sucedió a mediados de la década del 70, durante el “Período Especial” en los años 90 y en la actualidad, en la que su papel está tomando un impulso creciente.

La ayuda soviética sostuvo, a la vez que apuntaló, un sistema productivo especializado, desequilibrado y generador de ingresos insuficientes para costear la política distributiva. La economía cubana ha sido una economía subsidiada por la URSS. Entre 1960 y 1990 se calcula que Cuba recibió 65.000 millones de dólares de la Unión Soviética, dos tercios de los cuales no era reembolsable.

Desde los 90, tras la disolución de la URSS y el campo socialista primero, y, posteriormente, la pérdida del sostén que supuso Venezuela hasta la muerte de Hugo Chávez y el deterioro de la economía venezolana1, las reformas económicas han venido buscando una reintegración paulatina de Cuba al mercado occidental. Un largo y lento proceso que viene durando más de veinte años.

Las reformas estructurales de Raúl Castro

Raúl Castro heredó en agosto de 2006 una economía en deterioro y, a fin de enfrentar estos problemas impulsó unas reformas que abrieron la puerta a cosas hasta entonces vetadas a los habitantes de la isla, como la apertura de pequeños negocios privados, los servicios gastronómicos y el transporte de pasajeros; la entrega en usufructo, tras solicitud previa, de parte de las numerosas tierras abandonadas a lo largo del país; el alquiler de habitaciones para turistas; comprar y vender viviendas y coches; viajar al extranjero; alojarse en hoteles (reservados hasta entonces a los turistas internacionales); la eliminación de las limitaciones para que los nacionales pudieran contratar una línea de teléfono móvil; la venta directa en tiendas estatales de diversos equipos que no se comercializaban a ciudadanos particulares, tales como computadoras, hornos, microondas y reproductores de DVD. Pero las reformas más importantes son las calificadas por Raúl en 2007 como “estructurales” porque modifican en distinta forma y magnitud aspectos del sistema económico.

Unas reformas orientadas hacia el mercado, las más importantes del periodo revolucionario aunque distan mucho de las sino-vietnamitas. Con ellas -recalcan sus dirigentes- no se trata de transformar el modelo sino de “actualizarlo”.

En 2010, el Gobierno informó de que había excesivo empleo excedente o innecesario en el sector estatal que había que despedir para ahorrar recursos, mejorar la productividad laboral y aumentar los salarios; se estimó el número de excedentes para ser eliminados en 2015 en 1,8 millones.

Para dar salida a este excedente había que expandir el sector “no estatal” (SNE) y ampliar sustancialmente las licencias para el trabajo por cuenta propia.

Lo conforman cuatro grupos principales:

1) trabajadores por cuenta propia (autónomos),

(496.400 trabajadores por cuenta propia –TCP– generalmente dueños de su micronegocio, nunca pasaron de 145.000).

2) usufructuarios,

(312.296 granjeros usufructuarios a los que el gobierno reteniendo la propiedad cede, mediante contratos de 10 años, hoy de veinte, la explotación de parcelas pequeñas. Estos, una vez cumplido el acopio, venta al Estado por debajo del precio de mercado, pueden vender el excedente a precio de mercado.

3) socios de nuevas cooperativas,

(5.500 socios de cooperativas de producción no agrícola y de servicios –CNAS– a las cuales el gobierno renta edificios y equipos también por diez años).

4) compradores-vendedores de viviendas privadas,

(Unos 200.000 compradores o vendedores de viviendas privadas, la compraventa estaba prohibida desde 1960).

El número de trabajadores no estatales en 2015 era del orden del 29%, más de un millón, casi un tercio de la fuerza laboral (el doble que en 2009).

La morfología del sector no estatal: joven (41 años) para una población avejentada, blanco, bien formado y hombre. Una vía por la que se acrecentaran y reproducirán desigualdades.

Derroche de recursos humanos.

Los trabajadores por cuenta propia están básicamente confinados a ocupaciones de baja cualificación. Hay 201 actividades aprobadas, por ejemplo, aguadores, barberos, payasos y animadores culturales, cuidadores de baños, cerrajeros, electricistas, carretilleros, vendedores de frutas y hortalizas. Entre las actividades cualificadas -que no llegan ni a diez- están agentes de seguros e inmobiliarios, traductores y tenedores de libros. Además el trabajo por cuenta propia está vedado a los profesionales universitarios. Un médico no puede ejercer como tal, tampoco un arquitecto, hay una necesidad de arquitectos privados pero legalmente ellos no pueden trabajar por cuenta propia aunque parece que lo hacen de manera oculta. El pobrísimo salario medio en el sector estatal que ajustado al índice de precios al consumidor está hoy un 61 por ciento por debajo del nivel de 1989 –casi tres décadas después– fuerza a que profesionales trabajen como chóferes de taxis o sean dueños de paladares.

El ingreso promedio en el sector no estatal es superior al salario medio mensual en el sector estatal que, al cambio oficial, equivale a veinticinco dólares.

El avance de este sector, a día de hoy, ha sido insuficiente para generar efectos macroeconómicos tangibles debido a los escollos que enfrenta:

escasez de insumos (semillas, fertilizantes, cocinas, refrigeradores, materiales de construcción), altos precios, fuertes restricciones, trabas burocráticas, múltiples y pesados impuestos, poco acceso y altos costos de internet para anunciarse2.

El reto pendiente de extender internet

Un obstáculo al desarrollo. Cuba sigue siendo uno de los países del mundo con una más baja penetración de internet. En la mayor parte del país la red solo está disponible en unos puntos Wifi de acceso público en la calle y es muy cara y lenta. Con un salario mensual que en la mayoría de los casos no supera los 20 ó 30 dólares mensuales, el dólar y pico que cuesta una hora de conexión supone un esfuerzo que pocos pueden permitirse. Se estima que apenas un 5% de los cubanos tiene internet en su casa. Los cubanos todavía aguardan por el servicio de acceso a internet desde los móviles y que se desbloqueen los sitios censurados que el gobierno considera inadecuados, entre ellos muchos de los promovidos por la oposición.

Impuestos

Los impuestos son muchos, variados y muy altos. A diferencia de un extranjero que va a invertir millones -y por supuesto recuperarlos- que le dan hasta 8 años libres de impuestos sobre la ganancia, a un cuentapropista (autónomo) que trata de sobrevivir le ponen a veces impuestos del 59% sobre la ganancia.

Entre los impuestos a los trabajadores por cuenta propia se encuentran:

-el impuesto mensual sobre ingresos,

-por seguridad social,

-a las ventas,

-al ingreso anual cuando la suma de los pagos mensuales queda por debajo de un monto establecido.

-y un impuesto curioso, por decir algo, a la fuerza laboral. Este impuesto a la fuerza de trabajo aumenta con el número de empleados, lo que es contraproducente porque penaliza a los que generan más empleo.

¿Va Cuba hacia una economía de cuentapropistas?

La mayoría de los economistas no afines al gobierno consideran que la transformación económica de la isla no vendrá por el desarrollo de esta vía, con ser importante, requiere de la transformación del sector productivo en manos del Estado, de un proceso de descentralización de las empresas estatales. En esta discusión, dejando a un lado a los más inmovilistas, entre los expertos, los economistas nacionales y otros “científicos” sociales, afloran distintas opiniones, entre crear un modelo propio o seguir los caminos “exitosos” de China o Vietnam. Al respecto, Mesa Lago destaca el atractivo que pueden tener estos modelos para la dirigencia cubana, ya que combinan dinamismo económico con control político y, aunque parece mostrar cierta inclinación a favor de las ventajas del modelo vietnamita, no deja de advertir que a pesar de las semejanzas, también existen considerables diferencias entre esos países y Cuba (especialmente con China), lo cual requeriría ciertos ajustes al contexto cubano3. Mesa-Lago no descarta que se transite de un mercado interno limitado, basado en el pequeño negocio, las remesas, a un mercado interno parecido al chino o al vietnamita con pequeña y mediana empresa con capital nacional.

Sistema de doble moneda.

En Cuba hay dos monedas circulando: el peso nacional (CUP), en la que el Estado paga los salarios de los trabajadores, y el CUC o Peso Cubano Convertible, un poco mayor que un dólar, equivalente a 25 CUP, y que es el que usan las empresas estatales, aunque no se usa en transacciones en el mercado internacional. Raúl Castro ha intentado unificar ambas monedas por las distorsiones económicas que provocan, especialmente en el sector empresarial estatal, que se beneficia de una tasa de cambio irreal. Se viene hablando de su unificación desde hace años, pero tampoco esa es una misión sencilla. Unificar dos monedas de valor tan diferente provocaría, entre otros problemas, un aumento de los precios.

Aunque en Cuba servicios como la educación y la sanidad son gratuitos, los cubanos que trabajan para el Estado (aproximadamente el 75% de la población) perciben su salario en pesos cubanos, mientras que los productos que adquieren en tiendas y supermercados se venden en CUC, con lo que su poder adquisitivo se resiente enormemente.

Envejecimiento de la población

Cuba tiene la tasa de natalidad más baja de Latinoamérica desde los años setenta, y una emigración neta, de toda la gente que se va. Una población avejentada, el segundo después de Uruguay y para 2025 se pronostica que sea el primero, teniendo el 20% más de 64 años. Eventualmente habrá un problema de mano de obra. Ese envejecimiento impacta en todo: sanidad, pensiones…

Las reformas estructurales han tenido efectos adversos en los indicadores sociales.

En los ciclos pragmáticos, como el que se encuentra hoy Cuba, hay una reducción en el gasto social en educación, salud, pensiones, asistencia social y vivienda, y que como ha afirmado en varias ocasiones Raúl Castro, son gastos tan grandes que resultan insostenibles financieramente.

Entre 2008 y 2015 la asignación a estos servicios sociales decreció de 55% a 47% del presupuesto y de 37% al 28% del PIB.

El Salario medio

Ha sido elevado desde los 414 (16,5 dólares) hasta los 740 pesos (29,6 dólares). No se puede sobrevivir con ese sueldo. Si no se recibe remesa del exterior o se trabaja en el sector privado es muy difícil subsistir, y eso explica el robo de bienes en el trabajo estatal, como dicen ellos: para “resolver”. Si yo trabajo en una empresa estatal, en donde yo hago como que trabajo y ellos hacen como que me pagan, yo me robo las cosas… Hay, como dicen, una economía por la izquierda.

La libreta de racionamiento

Durante más de medio siglo, desde el embargo en 1963, los cubanos residentes en la Isla han recibido una «cuota» mensual de alimentos a precios subsidiados. Sin embargo, en los últimos años se ha ido reduciendo el número de productos a poco más que azúcar, arroz, frijoles, huevos, pollo, aceite y café en pequeñas cantidades que no suplen ni siquiera las necesidades de diez días. Las familias tienen que acudir a las tiendas en divisas y a mercados en los que rige la ley de la oferta y la demanda para completar su canasta. Los cubanos se quejan de que escasean las ofertas y de la constante inestabilidad de los productos, además de los altos precios.

Al año son más de 1.000 millones de dólares en este subsidio de alimentación para 11,2 millones de habitantes. En 2011 Raúl Castro justificó la eliminación gradual de la libreta porque además de ser «una carga insoportable» para el Estado, desalienta el trabajo y genera «ilegalidades». Lo achacó a la herencia del paternalismo soviético. Aunque el sistema de distribución racionado tiene cada vez menos productos, una buena parte de la población depende de ese apoyo para sobrevivir debido a los bajos salarios. Hoy el poder de compra real de los cubanos equivale apenas al 51,1% del que tenían a finales de los años 1980, antes del Período Especial.

Pensión de jubilación

En torno a los 7/10 dólares, es el sector más vulnerable dentro de los grupos de pobreza en Cuba. Raúl reformó la Ley de Seguridad Social y elevó en cinco años la edad de jubilación, a 60 años para las mujeres y 65 años para los hombres. Además, recortó el número de pensionistas y eliminó buena parte de las prebendas adicionales, como vacaciones en casas en la playa o bolsas con alimentos y productos de aseo que recibían miles de empleados estatales. Los jubilados, por lo general, dependen de las remesas del exterior o de la ayuda de la familia. De lo contrario se les hace difícil sobrevivir pues las bajas pensiones no alcanzan. Hay muchos de ellos que trabajan, por ejemplo, vendiendo cosas en las calles. La pensión media en 2008-2015 era la mitad que en 1989.

Otro tema grave es que ha habido una caída drástica de la asistencia social, tanto en términos de números de personas que reciben asistencia social como en términos de presupuesto. La asignación a la asistencia social disminuyó de 2,1% del presupuesto a 0,4%.

También en salud ha habido un recorte fuerte: se han cerrado hospitales rurales, los médicos de familia han disminuido a la mitad. El número de hospitales ha bajado en un 32% en los diez últimos años. Muchos de los pacientes han sido trasladados a otros centros de salud alejados de sus comunidades. El personal de la salud ha disminuido en un 22% y programas con los que Cuba tuvo un gran éxito en el pasado, como los médicos de la familia, hoy solo tienen un 40% de la plantilla cubierta. El acceso y la calidad de los servicios de salud han disminuido y hay una severa escasez de medicamentos.

Reducción sector educativo

El Gobierno ha reducido también su inversión en el sector educativo, del 14,1% del PIB a un 10,2% en 2015. El déficit crónico de maestros no se ha resuelto a pesar de los aumentos salariales. Al comenzar el curso escolar 2017-2018 ascendía a 16.000 puestos vacantes. Además, el Gobierno ha tenido que reconocer el deterioro de varios indicadores, como la ortografía y el nivel en ciencias y matemáticas.

La matrícula general ha disminuido drásticamente desde el inicio del siglo:

-un 78% en la educación universitaria,

-un 19% en la primaria

-y un 32% en la preuniversitaria.

Muchos jóvenes no quieren seguir estudiando para unas carreras que les ofrecen salarios miserables. Falta una estrategia de educación a largo plazo. Un maestro tiene cada vez más oportunidades de trabajar en el sector privado, vender comida, poner un paladar, o sacar licencia de repasador: el aliciente para el maestro de salirse del empleo estatal es muy grande.

También está el problema de la “ideologización” de la enseñanza.

La construcción de viviendas cayó de 44.775 a 23.003 entre 2008 y 2015. Por décadas en Cuba estuvo prohibida la compraventa de casas, además se limitó la construcción privada y se suprimió el arriendo de viviendas. En 2011 Raúl Castro sorprendió a la nación con una de sus medidas de mayor calado social: la apertura al mercado inmobiliario, un paso importante en un país con 3.824.000 casas, de las cuales el 39% está en un estado regular o malo, según el censo de 2012.

Cuba nunca ha publicado estadísticas sobre distribución del ingreso, pero otros indicadores sugieren que se colocaba a la cabeza de la región en igualdad; las reformas han cambiado diametralmente la situación, debido a un grupo no estatal con altos ingresos y la caída en el salario estatal

Las remesas han sido estimadas en más de 3.000 millones de dólares anuales, a eso habría que añadir el envío de ropas, alimentos y medicinas por un valor de 1.500 millones.

Fin del permiso de salida

En enero de 2013 Castro eliminó el permiso de salida del país y permitió que los nacionales viajaran libremente. Desde entonces más de 779.000 cubanos han salido de viaje, de ellos el 79% por primera vez, según cifras oficiales. La eliminación de las trabas para abandonar la Isla propició una nueva crisis migratoria y en siete años hasta el fin de la política pies secos/pies mojados en 2017, Estados Unidos acogió a más de 235.000 cubanos. Las autoridades, sin embargo, mantuvieron la prohibición de entrada a la Isla a los nacionales residentes en otro país que hubieran mantenido una actitud públicamente crítica con el Gobierno. Además, cientos de activistas y líderes de la oposición no han podido viajar al extranjero bajo el argumento de estar «regulados».

Renegociación de la deuda externa y condonaciones

Entre 2013 y 2016 Cuba renegoció su vieja deuda externa, sin pagar desde que Fidel Castro impulsó a los países en desarrollo a dejar de lado sus obligaciones crediticias en los años 80. Raúl Castro logró la condonación del 90% de la deuda que Cuba adquirió en tiempo de la Unión Soviética y seguía debiendo a Rusia.

Después de una negociación, la deuda de 8.500 millones con el Club de París fue reducida a 2.600 millones de dólares pagables a 18 años. México condonó el 70% de los 487 millones de dólares que había prestado a la Isla y Japón le perdonó casi 1.000 millones de dólares de una antigua deuda en 2014. Vietnam y China también le perdonaron parte de la deuda por unos montos que no han trascendido.

La tasa de crecimiento económico

Fue de 12% en 2006, en buena medida por el apoyo económico venezolano, ha ido desde entonces a la baja: 4,4% en 2015 y -0,9% en 2016. El segundo semestre de 2017 fue especialmente complicado debido a los impactos del huracán Irma y como consecuencia de las nuevas medidas restrictivas anunciadas por el gobierno estadounidense. A ello se suma la decisión del gobierno cubano de congelar (temporalmente) la emisión de licencias al sector privado. El ministro de Finanzas y Planificación, Ricardo Cabrisas, hizo balance de 2017 diciendo que había sido un año «tenso y complejo». Ante la Asamblea Nacional sorprendió con el anunció de que el PIB creció un 1,6% interanual. Raúl Castro animó entonces a los cubanos a mirar al futuro «con total confianza» y reconoció «errores e insuficiencias» en la puesta en práctica de las reformas.

Para 2018 el gobierno ha planteado un plan de crecimiento económico del 1,5% de aumento del PIB que la mayor parte de los estudiosos de la economía cubana no afines al Gobierno no dan crédito, les parece una cifra optimista al no tomar en consideración apropiadamente la complejidad del escenario macro-financiero.

El economista de la Universidad de La Habana, Pavel Vidal, afirma que la transición cubana ocurre en momentos de muy bajo crecimiento y hasta recesión. Considera que la crisis económica es resultado de la profunda recesión que vive Venezuela, el principal socio comercial de la isla, y de la falta de liquidez del sistema financiero cubano para asegurar las importaciones de insumos que requiere el aparato productivo. “En términos de crecimiento y de finanzas, la economía está en una situación muy vulnerable y esto se va a prolongar al menos por dos años más”, señala Pavel Vidal, quien en febrero publicó el ensayo ¿En qué condiciones llega la economía cubana a la transición generacional?4.

El escenario macro-financiero e internacional

No va a ser nada favorable para el nuevo gobierno. Además de la crisis venezolana, se mantiene el embargo estadounidense y la administración Trump ha retomado la vieja y fracasada retórica. En noviembre pasado entraron en vigor una serie de medidas que imponen restricciones adicionales a las inversiones en la isla, entre ellas la prohibición a empresas estadounidenses de hacer transacciones con el Grupo de Administración Empresarial, S.A. (Gaesa), el mayor consorcio comercial, industrial y de servicios del país, el cual es manejado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Trump también puso nuevas trabas a los viajes de estadounidenses a Cuba, lo que afectó el turismo durante las semanas finales del 2017 pero no impidió al país llegar a 4.7 millones de visitantes, un 6.4 por ciento más que en 2016. El turismo, que genera ingresos por unos 3.000 millones de dólares al año, y las remesas familiares, que ascendieron a unos 2.500 millones de dólares en 2017, son dos colchones que han permitido paliar a cientos de miles de cubanos los efectos de la desaceleración económica.

Los retos de Díaz-Canel

El reto en términos de políticas públicas del nuevo gobierno cubano presidido por Díaz-Canel será mantener las políticas sociales históricas de la revolución. Estamos hablando de un Estado que destina más de la mitad de su presupuesto a derechos sociales, salud, educación, vivienda, seguridad…una cobertura de derechos sociales como no ha existido en otro país latinoamericano. Esto corre el riesgo, si no de perderse, de verse afectado por las reformas y, de hecho, ya está sucediendo. El avance de Cuba hacia la lógica del mercado ha producido un elemento nuevo, el aumento de la desigualdad social, y por primera vez aparece en Cuba una pequeña minoría de ricos, algo que podría llamarse clase media y comienza, así mismo, a verse pobreza e incluso extrema pobreza. Aquella sociedad igualitaria, muy homogénea, que hubo, por el subsidio soviético, construida en los setenta y los ochenta, no existe ya en Cuba. Esto es algo que empiezan a reconocerlo los propios economistas de la isla que van proporcionando la información de cómo avanza la desigualdad. Esto está en sintonía con la llamada del anterior Gobierno de Raúl Castro a abandonar el igualitarismo, a aceptar que en la lógica del mercado tienen que producirse diferencias sociales. Si hay una expansión de la población vulnerable -por no decir pobre- en vez de reducirse la asistencia social deberá extenderse.

Para paliar los efectos adversos de las reformas estructurales debe haber una red mínima de protección social. Este es el gran desafío del Estado. En lo inmediato, Díaz-Canel tiene ante sí el reto de lo que se podrían llamar las tareas pendientes de Raúl Castro: la reforma de la Constitución, pero con unas líneas rojas muy claras ya anunciadas que no podrá traspasar, se mantendrá el papel del Partido Comunista “como dirigente en la sociedad cubana” y el socialismo continuará siendo “irrevocable”; eliminar la dualidad monetaria y cambiaria, que «continúa dando serios dolores de cabeza»; aumentar el bajo salario, asegurar la alimentación y mejorar las condiciones de vida de la población; hacer frente al grave problema del envejecimiento con políticas que eleven de manera efectiva la natalidad; sanear el sector estatal de la corrupción y la falta de eficiencia; reanudar la concesión de las licencias para el sector privado, paralizadas la mayoría desde agosto del año pasado, e “implantar” las cooperativas no agropecuarias, para liberar al Estado de la carga que suponen las «actividades no estratégicas».

La pregunta es si estas reformas económicas van a favorecer una reforma del sistema político. Puede que sí, que tal vez lo veamos en los próximos años mientras se consolida la nueva coyuntura. Lo que es claro es que las demandas políticas se moverán dentro y fuera de la isla con mayor intensidad. Se acrecentará la lucha entre reformistas e inmovilistas, la lucha por la democratización y autonomización de la sociedad civil, dentro y fuera del gobierno.

Desde la promulgación de la Constitución socialista de 1976 hasta la fecha, la libertad de expresión, prensa, reunión, manifestación y asociación se subordina a «los fines del Estado Socialista», lo que en la práctica los limita. En Cuba están prohibidos los partidos políticos y a los candidatos a las Asambleas del Poder Popular no se les permite hacer propaganda o presentar programas de gobierno. Gracias a las nuevas tecnologías han surgido desde la Isla espacios digitales independientes, como Periodismo de Barrio, El Toque, El Estornudo o 14ymedio, pero el Gobierno no reconoce la libertad de prensa y a menudo arrestan y amenazan a los comunicadores. Muchos portales críticos con el sistema permanecen bloqueados en los servidores nacionales. Abrir a la apertura política la existencia de otros partidos y de medios de prensa fuera del control del Partido Comunista puede que aún esté lejano.

Ahora bien, independientemente de las opciones que maneje el Gobierno, habrá dos cuestiones que serán ineludibles en cualquier tipo de reforma política. Una es una nueva ley de asociaciones civiles independientes del Estado adaptadas a la constitución y a la ley penal, el otro tema es el de la ley electoral y la representación política de los opositores.

                                                                             21-04-2018


1 El volumen comercial con Venezuela cayó notablemente (del 42% al 27% en 2015) y el suministro de petróleo pasó de 105.000 barriles diarios a 55.000 barriles. Cuba vendía una parte de ese petróleo en el mercado mundial, y era un ingreso importante que también cayó a la mitad. El tercer ingreso que cayó es el más importante: la venta de servicios profesionales (médicos, enfermeras, maestros), que pasó de 11.000 millones de dólares en 2013 a 7.000 millones en el 15 y ha seguido bajando. En 2015 el crecimiento del PIB fue del 4,4%. En 2016, fue del -0,9%. El Gobierno dijo que obtuvo alrededor de 4.000 millones de dólares procedente del turismo, pero Mesa-Lago considera que la cifra real es “mucho menor” teniendo en cuenta que tienen que importar todos los bienes y mercancías para el sector, un dato que, dice, no publican (Mesa-Lago, el País, junio, 2007).

2 Voces de cambio en el sector no estatal cubano. Cuentapropistas, usufructuarios, socios de cooperativas y compraventa de viviendas. Carmelo Mesa-Lago, (coord.) ; Roberto Veiga González, Lenier González Mederos, Sofía Vera Rojas, Aníbal Pérez-Liñán, edit. Iberoamérica (2016).

Joseba Macías, Cambios en la dirigencia de la Revolución. De Fidel Castro a Raúl Castro (2007-2010), pp. 126-149, en La sociedad civil en la Revolución cubana (1959-2012) – Bilbao: Universidad del País Vasco. Tesis doctoral.

3Carmelo Mesa-Lago, Cuba en la era de Raúl Castro. Reformas económico-sociales y sus efectos, Madrid, Colibrí, 2012

4Pavel Vidal ¿En qué condiciones llega la economía cubana a la transición generacional? http://www.cubastudygroup.org/index.cfm/files/serve?File_id=7d0db439-acdb-491f-9b47-9ce53ef55ceb

Contenido de la obra de Marx

Kepa Bilbao
(Del libro La modernidad en la encrucijada. La crisis del pensamiento utópico en el siglo XX: el marxismo de Marx, Gakoa, Donostia, 1997)

1.1.-Los dos últimos años

Cuando Karl Marx murió en marzo de 1883 no era un hombre muy conocido. Participó activamente en la revolución de 1848, en Alemania; fue dirigente de uno de los primeros partidos comunistas, la Liga de los Comunistas; ocupó cargos de responsabilidad en la Primera Internacional, entre 1864 y 1872 y dedicó buena parte de su vida a estudiar y a escribir.

El último tramo de su vida estuvo dominado por la amargura. En 1881 a su bronquitis crónica se le sumó una peritonitis, una pleuresía grave y una neumonía. Era un fumador empedernido; siempre decía que el Capital no le daría ni para pagar los cigarros fumados mientras lo escribía. Ese mismo año, tras padecer insoportables dolores, moría su compañera Jenny de un cáncer de hígado. Marx nunca se recuperaría de su muerte. No la sobrevivió más que unos quince meses. Engels no se equivocaba cuando inmediatamente después le vio y comentó: “Moro también está muerto”. Al sobreponerse parcialmente de su enfermedad, Marx dijo que se sentía doblemente mutilado: “moralmente por la pérdida de mi mujer, y físicamente por un espesamiento de la pleura”.

Al año siguiente, el médico y Engels le aconsejan viajar a Argel, para hacer frente a sus problemas respiratorios. Marx pasó a solas dos meses y medio en un pequeño hotel que daba sobre la bahía. Sufre insomnio y está deprimido. De allí se traslada a Montecarlo donde pasa un mes, pero su pleuresía y bronquitis no remiten. Viaja a Argenteuil, un suburbio al oeste de París, a hacer una larga visita de tres meses a su hija Jenny, buscando descanso: “en el ruido de los niños, ese mundo microscópico que es mucho más interesante que el macroscópico”. Después viaja a Suiza acompañado de su hija Laura, a quien le promete entregarle todos los documentos de la Internacional para que escribiera su historia y le comenta la posibilidad de que ella emprendiera la traducción al inglés del Capital. De Suiza vuelve de nuevo a Paris, pero sintió que no podía agobiar más a Jenny y regresa a su casa de Londres, sólo para partir una vez más hacia Ventnor, en la isla de Wight, a finales de octubre del 82. Se sentía algo mejor de salud y estuvo sentado, la víspera de su salida, con Engels hasta la una de la mañana bebiendo ron. En la isla de Wight pasa largas horas paseando por las dunas. Su creciente soledad le llevó a rogar a Laura que fuese y viviese con él. Solo en contadas ocasiones prendía la chispa en el viejo y orgulloso Marx, como cuando se le notificó el éxito de sus teorías en Rusia. Comentó excitado: “Golpeo a un poder que, junto con Inglaterra, es el auténtico baluarte de la vieja sociedad”.

Un nuevo revés le sobrevendrá en enero de 1883 al morir repentinamente su hija primogénita Jenny a los 38 años de edad, de lo que al parecer fue un cáncer de vejiga. Marx profundamente afectado regresó a Londres. A su vuelta, su estado de salud empeoró. La ronquera fruto de su laringitis le impedirá casi hablar y comer. Bebía un cuartillo de leche al día y cada cuatro daba cuenta de una botella de coñac. Su lectura alternaba entre los catálogos de los editores cuando no se sentía en forma y novelas francesas cuando su interés intelectual se despertaba. Una úlcera en el pulmón vino a complicar su bronquitis. Sufrirá aún dos meses. Al morir, el 14 de marzo, no había cumplido todavía los 65 años.(1)

1.2.- Marxismo

Los términos marxismo y marxista fueron poco utilizados y casi desconocidos en vida de Marx. Es sobre todo tras su muerte, en la medida que la influencia de su obra se fue extendiendo, cuando empiezan a utilizarse dichos términos por parte de sus seguidores.

Marx no definió a su obra como marxismo. Su observación, comentada por Engels, de que todo lo que sé es que no soy marxista, la hizo refiriéndose a frases usadas por su yerno Paul Lafargue y algunos marxistas franceses de quienes pensaba que vulgarizaban su pensamiento.

En el primer marxismo, se toma el nombre de Marx pero se conoce muy poco su obra. Parte de ella además no se publicaría hasta años más tarde, como fue el caso de la Ideología alemana que lo fue en 1932. Aparte de Alemania, donde sí tuvo un gran peso, en Inglaterra, la influencia del marxismo en el movimiento obrero era pequeña y en el caso de Francia, Italia y el Estado español era, por una parte, una inspiración en competencia con otras tradiciones doctrinales del movimiento obrero, y era también un pensamiento que se conocía en forma fragmentaria y esquemática, lo que favorecía el desarrollo de actitudes doctrinarias. 

Las obras de Marx más difundidas serán El Manifiesto y el primer tomo del Capital. De los escritos de Engels, elAnti- Dühring y tres capítulos de éste, Del socialismo utópico al socialismo científico. El marxismo se constituirá pues partiendo de un desconocimiento generalizado de la obra de Marx, dando esto pié a multiplicidad de interpretaciones y simplificaciones. A esto habría que añadir que la lectura de su obra era difícil lo que hacía que quienes la leían eran una pequeña minoría. (2)

1.3.- La obra

Si utilizamos la expresión soreliana el marxismo de Marx, éste se encontraría en sus obras y cubriría el campo que éstas abarca.

1. Marx dedicó la mayor parte de su trabajo teórico a las cuestiones económicas:
.Miseria de la filosofía ( 1847) ( M F)
.Trabajo asalariado y capital ( 1847)
.Líneas fundamentales de la crítica a la economía política (Grundisse) (1857-58) (G)
.Contribución a la crítica de la economía política (1859) (CEP)
.Teorías de la plusvalía (1861-63) (TP)
.Salario, precio y ganancia (1865)
.El Capital (1867) (C)

2. La producción filosófica ocupa un lugar destacado en la primera época:
.Diferencias entre la filosofía natural de Demócrito y Epicuro (1841);
.La cuestión judía ( 1843);
.Introducción a la Contribución a la crítica de la filosofia del derecho de Hegel (1843);
.Manuscritos económico-filosóficos ( 1844); (MEF)
.Tesis sobre Feuerbach ( 1845);( TF)
.La sagrada familia (1845); (SF)
.La ideología alemana ( 1846); (IA)

3. Escritos de carácter programático o estratégico:
.Manifiesto del partido comunista ( 1848); (MC)
.Mensaje del Comité central de la Liga de los Comunistas ( 1850);l
.Crítica del Programa de Gotha ( 1875) (CG)

4. Exposición de su concepción de la Historia:
.La ideología alemana ( 1846 ); (IA)
.Prólogo a la Contribución a la Crítica de la economía política ( 1859); (CEP)

5.Estudios históricos:
.Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850 ( 1850 ); (LCF)
.El 18 de Brumario de Luis Bonaparte (1852); (DB)
.La guerra civil en Francia ( 1871);

Esta clasificación, no poco arbitraria, requiere, sin embargo, algunas precisiones. En primer lugar, decir que algunas de las obras citadas como La Ideología alemana y el Manifiesto lo son en colaboración con Engels, en segundo lugar, en cuanto a la clasificación en sí, El Manifiesto podría muy bien estar incluido en la concepción de la historia , en tanto que La Guerra civil en Francia tiene un alto contenido estratégico y programático. A todo ello habría que añadir sus artículos periodísticos y su abultada correspondencia. Así mismo, el último período de su vida mereció una atención muy especial el estudio de Rusia, con repercusiones teóricas de interés, pero ello apenas tiene plasmación en los textos.

Merece la pena resaltar que Marx dedicó la mayor parte de su trabajo teórico a las cuestiones económicas y que, como subrayó Korsch, su obra económica posee un carácter fundamentalmente crítico, negativo, no constructivo.

No elaboró algo equivalente en otros campos como el de la filosofía, la teoría política, la ética, estética, las clases y los conflictos de otra naturaleza ( racial, sexual…), las realidades nacionales, las cuestiones militares, sobre teoría de la personalidad… (3)

Marx se centró como escritor en los temas sociales. Se interesó en alto grado por las ciencias de la naturaleza, pero escribió poco relacionado con ellas. Engels, por el contrario, trabajó escritos sobre ciencias naturales: Dialectica de la naturaleza ( 1875-76) ; y también sobre filosofía, teoría de la historia y antropología: Anti-During ( 1877-1878), El Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884), y Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana (1888).


 

(1) McLELLAN, D. Karl Marx, su vida y sus ideas, Crítica, Barcelona, 1983, p.515-519;
MEHRING, F. Carlos Marx, Grijalbo, Barcelona, 1967, p.513-542.

(2) Para una mayor información sobre las ediciones de las obras de Marx: E.J. Hobsbawm, 1979 A, ” Las vicisitudes de las ediciones de Marx y Engels”, en HM2 y 1979 B, ” La cultura europea y el marxismo entre los siglos XIX y XX”, en HM3.

(3) ANDERSON,P. Consideraciones sobre el marxismo occidental.S.XXl, Madrid,1979, p.10 y ss.

¿Engels contra Marx?

Kepa Bilbao
(Del libro La modernidad en la encrucijada. La crisis del pensamiento utópico en el siglo XX: el marxismo de Marx, Gakoa, Donostia, 1997)

1.4.-¿Engels contra Marx?

Tras la muerte de Marx, en 1883, Engels pasó la mayor parte de su tiempo preparando para su edición y publicando los volumenes II y III de El Capital en 1885 y 1894.También participó activamente en la formación de la II Internacional. Cuando murió de cáncer acababa de iniciar los trabajos sobre el IV volumen de El Capital ( publicado después por kautsky en 1905 con el título de Teorías de la Plusvalía).

Antes de 1914 Engels gozó de gran reputación. Fue, en mayor medida que Marx, responsable de la difusión del marxismo como concepción del mundo dentro del movimiento socialista. Sin embargo, después de 1914 y de la revolución rusa, se cuestionó más su posición. Las diferencias entre Engels y Marx fueron objeto de disputa en los marxismos posteriores. Engels se convierte así, en el responsable de la vulgarización del marxismo, y de sus formulaciones mas deterministas, economicistas o cientifistas. A veces, se alienta también la contraposición entre un Engels reformista y un Marx radical. Gouldner, sostiene la opinión de que con esa contraposición se intenta en ocaciones salvar las contradicciones internas del propio Marx. (4)

Dos obras escritas por Engels, en vida de Marx, serán la prueba de las mayores acusaciones. Las observaciones hechas por Engels en la Dialéctica de la Naturaleza, como señala Kolakowski, fueron hechas en el contexto de la ciencia y la matemática de su tiempo, y muchas de ellas están hoy desfasadas: «Pero las líneas generales de su pensamiento -naturalismo, conocimiento como reflejo de la realidad, relatividad del conocimiento, dialéctica de la naturaleza- fueron adoptados por los marxistas posteriores y considerados, especialmente por los rusos (Plekhanov, Lenin),como la filosofía por excelencia». (5)

En todo caso, hay que decir que Marx siguió atentamente los trabajos de Engels y los elogió repetidamente ( cartas a W.Liebknecht, 7 octubre de 1876 y a W. Blos, 10 de noviembre de 1877).

Idéntico problema suscitaría el libro de Engels La subversión de la ciencia por el señor Eugen Dühring, publicado en 1877 y 1878. Era la primera exposición de conjunto de la concepción comunista del mundo iniciada por Marx. Su importancia fue tan grande para el movimiento obrero que se le considera la obra fundacional del marxismo. Lo expuso claramente D. Riazanov: «Fue a través de ésta obra como la joven generación que inició su militancia hacia 1876-1880 aprendió lo que era el socialismo científico, sus principios filosóficos y su método. El Anti-Dühring es la mejor introducción al estudio de El Capital (…) Hay que reconocer que ningún libro, después de El Capital, ha hecho tanto como el Anti-Dühring en favor de la difusión del marxismo en tanto que método y concepción del mundo. Todos los jóvenes marxistas ( Bernstein, Kautsky, Plejánov) que hicieron sus primeras armas entre 1880 y 1885 se formaron a partir de ésta obra». (6)

Marx alentó la crítica a Dühring, en la que llegó a participar (el capítulo X de la segunda edición del libro es obra suya).

«Para hacer del socialismo una ciencia», se lee en el capítulo I de la Introducción, «había que empezar por ponerlo sobre un suelo real». Esto lleva a Engels a intentar una exposición de la concepción del mundo llamada a fundar el socialismo científico.

La fuente competente más seria de la concepción de Engels como el primer revisionista y vulgarizador del pensamiento de Marx es la obra de George Lichtheim, Marxismo, en la que sostiene que: «el socialismo, tal como lo entendieron Engels y quienes siguieron su dirección, fue sobre todo científico… Los escritos posteriores de Engels, principalmente Socialismo utópico y socialismo científico, son un verdadero compendio de la nueva concepción positivista del mundo… Marx llegó gradualmente a adoptar un punto de vista que, en algunos aspectos, se asemejaba al cientifismo de la época, pero nunca cedió a la tentación de reformular totalmente su doctrina en términos evolutivo-materialistas. Engels no experimentó tal inhibición (…) La posterior tendencia al positivismo y el cientifismo -acelerada después de su muerte, y formalizada por Karl Kautsky, a su vez, después de la desaparición de Engels (1895 – fue más allá de todo lo que Marx pueda haber pensado». (7)

Gouldner está de acuerdo con Lichtheim en la idea -expresada anteriormente por Karl Korsch- de que Engels «no hizo más que acentuar una tendencia que ya estaba presente en Marx», pero discrepa con las especulaciones de Lichtheim sobre lo que Marx habría pensado y añade: «¿Cómo puede nadie saber lo que Marx habría pensado si hubiese vivido doce años más, como Engels, y no hubiera muerto en 1883?».(8) Gouldner sostiene que Marx nunca abandonó su prisión entre los dos cuernos de su peculiar dilema, determinismo/voluntarismo. Esto es, que nunca resolvió dicha contradicción.

Es verdad que Engels concibió el pensamiento de Marx como un saber sistemático y que con él comenzó la tradición de codificar el pensamiento de Marx en un sistema total que prometía respuestas a todas las cuestiones de filosofía, de ciencias naturales y ciencias sociales. Pero como señala Sacristán: «Engels no puede considerarse responsable de que cierta inveterada beatería insista en considerar su modesto manual divulgador como una enciclopedia del marxismo (…) La tesis -antigua, pero hoy revitalizada sobre todo por el existencialismo francés- de que hay que liberar al marxismo de un engelsismo naturalista e ingenuo, adjetivamente sobreañadido a la sabiduría social o humanista de Marx, empieza por ser históricamente falsa. La inmadurez del pensamiento dialéctico de Engels (…) se encuentra sin duda tambien en Marx. Cierto que en menor medida en la obra de Marx (…) Pero eso se debe principalmente a la división del trabajo (…) Por esa división, Marx no se ha visto en la necesidad de dar versiones generales, compendiadas y divulgadoras, de su pensamiento ( la única vez que lo ha hecho, en la Ideología alemana, ha entregado, es cierto, el manuscrito a la roedora crítica de las ratas), y así ha podido concentrarse en la elaboración de material fáctico (El Capital) y en el análisis concreto de la situación concreta (sus artículos y estudios históricos)». (9)

En todo caso, hay que decir que Marx supervisó el trabajo de Engels en el Anti-Dùhring. De ello da testimonio Engels en el prólogo a la segunda edición del libro: «Como el punto de vista aquí desarrollado ha sido en su máxima parte fundado y desarrollado por Marx, y en su mínima parte por mí, era obvio entre nosotros que esta exposición mía no podía realizarse sin ponerse en su conocimiento. Le leí el manuscrito entero antes de llevarlo a la imprenta, y el décimo capitulo de la sección sobre economía ( “De la Historia crítica”) ha sido escrito por Marx (…) Siempre fue costumbre nuestra ayudarnos recíprocamente en cuestiones cientificas especiales». (10)

Como se puede apreciar en las líneas precedentes, la voluntad de Engels como de Marx de aparecer unidos, tanto en lo teórico como en lo práctico, es evidente. Ahora bien, si lo anterior es cierto, también es verdad que Engels vivió doce años más que Marx. Tiempo en el que además de escribir El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884) y Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana (1886), tuvo que salir al paso de las discusiones y vulgarizaciones que abundaban entre los jóvenes socialistas acerca, entre otras cuestiones, de la concepción de la historia. Lo que Marx hubiera opinado de todo ello es imposible saberlo. Teniendo en cuenta todo esto, diferenciar radicalmente a Engels de Marx resulta injusto y bastante dudoso históricamente.


 

(4) GOULDNER, Alvin. Los dos marxismos. Alianza Editorial, Madrid, 1983, p. 274 y ss.

(5) KOLAKOWSKI, Leszek. Las principales corrientes del marxismo I Los fundadores. Alianza Universidad, Madrid, 1985, p 398.

(6) RIAZANOV, D. Marx-Engels. Madrid, 1975, p 245.

(7) LICHTHEIM, George. Marxism. 2 Edición. Londres, Routledge-Kegan Paul, 1964, p. 35, 238 y 243.

(8) GOULDNER, Alvin. Op. Cit. p 275.

(9) SACRISTAN, Manuel. Sobre Marx y Marxismo, panfletos y materiales I. Icaria, Barcelona, 1983, p. 45-47.

(10) ENGELS, Federico. Anti-Dühring. Prólogo a la segunda edición.

 

Prólogo de J.A. Dorronsoro al libro Capitalismo

PRÓLOGO

Javier Álvarez Dorronsoro

El libro que Kepa Bilbao nos ofrece es un buen texto de historia del pensamiento económico guiado por el propósito de ofrecer una crítica de la ideología capitalista de libre mercado. A través de sus páginas nos acercamos al pensamiento de grandes economistas como Adam Smith, Joseph Schumpeter, John Maynard Keynes o Karl Marx, al tiempo que estos análisis y otras referencias del pensamiento económico proyectan luz sobre las ideas que han impregnado la mentalidad económica en las décadas anteriores a la crisis y sobre las políticas con las que los gobiernos han afrontado la misma.

Kepa Bilbao tiene al acierto de optar por un tratamiento histórico del capitalismo y a la vez enfatizar sus dimensiones social, política e ideológica, así como su capacidad de adaptación a diversos contextos. Ello le permite describir con más perspectiva las transformaciones que ha sufrido a lo largo del último siglo y, en función de esa plasticidad del sistema, reivindicar la utilidad de la crítica.

En realidad, la justificación de la necesidad de una crítica ideológica del capitalismo no es un asunto trivial. La ineficacia de la crítica ha sido argumentada desde diversas posiciones. Por parte de los defensores del capitalismo, mediante la idea de que el capitalismo escapa a cualquier escrutinio moral: no tiene moralidad, es un conjunto de leyes invariantes, la moralidad es en todo caso objeto de sus administradores. Y también desde la posición opuesta: el funcionamiento del capitalismo es inmutable, por tanto no vale la pena criticarlo. Ambos enfoques están destinados a invalidar cualquier intento crítico. Sin embargo, el capitalismo segrega ideología, como deseos insaciables o afán de lucro, y este hecho adquiere categoría de evidencia empírica. Bien lo sabían tanto los moralistas del despertar del capitalismo, que comenzaron por criticar estos efectos nocivos, como los que más tarde terminaron justificándolos – tal como nos recuerda Kepa Bilbao tomando como referencia el magnífico relato que de ello hace Albert Hirschman en su obra Pasiones e intereses– con el argumento de que la codicia humana atemperaba otras pasiones más peligrosas. En determinados contextos sociales y políticos estas ideas que destila el capitalismo han campado a sus anchas, en otros se les ha puesto límites institucionales e ideológicos. De ahí el interés de la crítica.

Una de los temas destacados de la obra de Bilbao es la crítica del mercado autorregulador y los efectos de la “mano invisible”. Bien justificada está la extensión con la que Bilbao nos introduce al pensamiento del inventor de este artificio, Adam Smith, y nos recuerda la doble dimensión de este postulado: su ficción como hecho empírico y su utilidad como argumento ideológico. Karl Polanyi a través de su conocida y apreciada obra La Gran Transformación nos advirtió de las nefastas consecuencias que este principio tuvo en las primeras décadas del siglo pasado. Polanyi creía firmemente que el mundo había escarmentado tras haberse dejado llevar por la idea de que el mercado libre se autorregula a sí mismo. Los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial parecieron darle la razón, en la medida en que la regulación –y en especial, la del capital financiero- fue una de las señas de identidad de la política económica de gobiernos socialdemócratas, liberales y conservadores. Pero a partir de los años 80, para los que deberíamos acuñar el término de Contrarrevolución Económica, todo cambió. No se trataba sólo de un giro en la política económica, el marco cultural en el que éste se realizó mostró profundas alteraciones en pocos años.

En los años setenta el pensamiento postmoderno destacaba lo efímero, la diversidad, la diferencia y el localismo como respuesta al quebranto sufrido por la ideología del progreso y las creencias utópicas. Sin embargo, a finales de los ochenta, en un clima favorecido por el declive del comunismo y la revolución informática, renació la teoría de la modernización y el progreso con algunos ingredientes distintos a los de épocas anteriores: no había alternativas sociales heroicas que proponer al capitalismo, pero se vaticinaba la universalidad del modo de producción, la convergencia cultural y moral de la humanidad y la igualación del nivel de vida de todos los países. Podríamos caracterizar esta visión con un término: Ideología de la Globalización. Como gran novedad, en esta proyección del futuro, el mercado jugaba un papel decisivo. El teórico social Jeffrey Alexander en su obra Sociología cultural comentaba cómo diferentes grupos de intelectuales contemporáneos reflotaron la narrativa emancipatoria del mercado, caracterizando el pasado como “sociedad antimercado” y el presente y el futuro como “transición al mercado”, y convirtiendo la liberación en algo que dependía de la privatización, los contratos, la desigualdad monetaria y la competitividad. Tony Judt, por su parte, en su texto Algo va mal puso de relieve uno de los elementos fundamentales de este cambio de época: “si tuviéramos que identificar una sola consecuencia general de la transformación intelectual que caracterizó el último tercio del siglo XX probablemente sería el culto al sector privado y, en particular, el culto a la privatización”. La apología de la eficacia del sector privado frente al público recorrió todo el espectro político, de derecha a izquierda, y allanó el camino de la ola de privatización que hoy nos invade. De aquellos polvos, estos lodos.

En las décadas siguientes el capitalismo incorporó elementos de esas dos subculturas que habían coincidido en los años 80. El horizonte de convergencia propio de la modernidad y rehabilitado con el nuevo modernismo, quedaba para el largo plazo, el mercado se encargaría de ello con el añadido de que la receta era la misma para todos los países fuera cual fuera su momento de desarrollo: la economía neoliberal. Por otra parte, elementos como la avidez por la diferenciación, la desigualdad, la realización personal inmediata, el “todo a corto plazo”, más en consonancia con las ideas que recogió el pensamiento postmoderno, resultaban funcionales para los nuevos modelos de consumo, producción y redistribución. Términos como flexiblidad y adaptación (que enmascaraban con frecuencia la precariedad en el trabajo) tomaron vida propia, cargados de una valoración positiva, independientemente de cualquier contexto. Como remate, la ideología del progreso -bajo nuevas formas- proporcionaba el recurso de tildar de reaccionario o regresivo a quien mostrara su rechazo a la globalización o a los procesos de transformación de la economía en curso.

En la economía convencional -tema al que Kepa Bilbao dedica especial atención- tuvo lugar la rehabilitación de la teoría del mercado autorregulador y de su creador -no el Adam Smith de La teoría de los sentimientos morales sino el inventor de la mano invisible– acompañada de otras como la teoría de las expectativas racionales o de los mercados eficientes, que al tiempo que subrayaban la inutilidad de la regulación pública de la economía, profetizaban una suavización de los ciclos económicos e incluso hasta la desaparición misma de las crisis.

Tras describir estas rupturas en la mentalidad económica, Kepa Bilbao entra de lleno en la crisis y en las políticas anticrisis. Su descripción deja entrever sobradamente cómo en el forcejeo entre las políticas de austeridad y las políticas de inversión pública subyacen debates que estaban en las controversias teóricas de economistas del pasado. Este revival de ideas económicas en la actualidad refuerza el interés de la disciplina de la historia en general y de la historia del pensamiento económico en particular, disciplina a la que desgraciadamente se otorga la misma atención que a las obras de museo sin apreciarla como herramienta creativa que explica el presente y proyecta el futuro. Desprenderse del marco histórico de los procesos económicos que nos han llevado a la catástrofe conduce con frecuencia a deslizamientos hacia explicaciones fáciles de la crisis como atribuir ésta a que los ciudadanos han gastado más de lo que ingresaban, a la falta de modernización de las administraciones públicas y de los servicios sociales o a la rigidez de los mercados de trabajo, certificando así que no se ha entendido nada de lo que nos ha ocurrido.

Kepa Bilbao no cierra el libro sin preguntarse por el futuro del capitalismo. Tras repasar los fundamentos de las dudas con las que algunos teóricos como Schumpeter o Keynes abordaron el destino de la economía de mercado, trae a colación los juicios que economistas críticos con la exuberancia neoliberal hacen de las tendencias actuales del sistema. Comentarios de gran interés de las obras de Jeffrey Sachs, Walden Bello, Joseph Stiglitz, Paul Krugman y Dani Rodrik, entre otros, ilustran este capítulo. Y si bien Kepa Bilbao a lo largo del libro ha concedido una importancia sobresaliente a la incidencia del pensamiento económico en la deriva del capitalismo -éste era al fin y al cabo uno de los objetivos del texto- no se olvida de recordarnos en el epígrafe “a modo de conclusión” la trascendencia que las fuerzas sociales y políticas tienen en este futuro.

En definitiva, la obra de Kepa Bilbao proporciona un gran angular para examinar la crisis y las tendencias actuales del capitalismo. Constituye una eficaz herramienta de reflexión y de ningún modo nos deja indiferentes ante los tiempos de oscuridad y zozobra que estamos viviendo.

Una lectura desde el psicoanálisis

La Biblioteca de Orientación Lacaniana de Bilbao, dentro del ciclo Política y psicoanálisis”, el 20 de junio de 2014, en el Centro Cívico La Bolsa, con motivo de la presentación del libro “Capitalismo. Crítica de la ideología capitalista del libre mercado. El futuro del Capitalismo” de Kepa Bilbao, organizó una mesa de debate con el título: Capitalismo y malestar en la democracia. Tomaron parte, además del profesor Kepa Bilbao, autor del libro, Joaquín Caretti miembro de la Asociación Mundial de psicoanalisis y Oscar Matute representante de Alternativa y parlamentario vasco. A continuación se recoge la intervención de Joaquín Caretti.

Una lectura desde el psicoanálisis

Joaquín Caretti Ríos

La primera cuestión que quiero plantear y justificar es el porqué de la presencia de un psicoanalista en la presentación de un libro que, en el prólogo, es definido como un libro de historia económica. Sin embargo, aunque, efectivamente, en los primeros capítulos se hace un recorrido muy interesante por la historia del capitalismo centrándose fundamentalmente en Adam Smith y Keynes, recorrido que nos permite ver su evolución, no es exclusivamente un libro de historia de la economía capitalista pues se preocupa de otras cuestiones tales como la situación de España en medio de la tormenta y la crisis del pensamiento económico dominante. Finalmente, cierra el libro con la pregunta por el futuro de este sistema del cual parece no haber salida. Lo digo de entrada, me parece un libro que articula la historia de este sistema económico con preguntas y reflexiones que te hacen pensar. Y, sobre todo, que introduce ciertas cuestiones que como psicoanalistas nos pueden interesar y mucho.

De la lectura que he hecho del mismo me llamaron la atención varias palabras que figuran prácticamente en todos los capítulos, incluso en el prólogo, de forma insistente y sobre las que voy a sostener la presentación. Son las palabras codicia, egoísmo, insaciabilidad y pulsión que el autor sitúa en el corazón mismo del sistema capitalista. Pienso que estos significantes justifican sobradamente la presencia del psicoanálisis hoy aquí dado que, de este modo, Kepa Bilbao sitúa la subjetividad en una clara relación con el capitalismo. Esto no deja de ser muy freudiano pues es Freud quien asevera en su “Psicología de las Masas” que no hay diferencia entre la psicología individual y la social mostrando que no se puede pensar al sujeto por fuera de sus lazos sociales lo cual incluye la economía que prime en el sitio donde vive. Esta articulación entre capitalismo y subjetividad nos muestra que este sistema económico no es un asteroide que cayó sobre la tierra e impuso su reinado sin saber cómo sino que es un sistema que está sostenido sobre la propia subjetividad humana. Es un sistema productivo creado por los hombres que se quiere que sea definitivo.

Insisto: las palabras codicia e insaciabilidad, al quedar anudadas férreamente al capitalismo y ser resaltadas en el libro señalan con claridad esta articulación entre sistema económico y subjetividad. Algunos ejemplos del autor:

“Crece el escepticismo y cada vez resulta más dudoso que tal como está organizada y orientada la economía, dominada por la codicia, la competencia y el crecimiento ciego, sin fin y sentido, puedan encauzarse (…)” (p. 18)

los problemas que afectan al mundo o “un sistema que tiene la codicia como principio rector del desarrollo económico” (p. 18) cuya visión de progreso se reduce exclusivamente a la rentabilidad económica. Aún más: “El principio cultural de insaciabilidad, la voracidad como forma de estar en el mundo que guía a las empresas (…)” (p. 24) y “(…) el principio cultural del consumismo en el que la pulsión por comprar no se detiene nunca.” (p. 24) Finalmente: “¿No sería más cierto afirmar que la persecución de los insaciables deseos por parte de algunos lleva al desastre colectivo? (p. 34)

Hay que resaltar que, como dice Kepa Bilbao, este es un sistema de interrelaciones densas y complejas en el que todos estamos involucrados ya que nadie está por fuera del capitalismo y de sus efectos. Este sistema está sostenido en la figura del homo economicus “un ser egoísta que actúa movido únicamente por su propio interés” (p. 23) figura que para el autor es una antropología reductora del ser humano.

A su vez, se ha instalado una suerte de fatalismo que dice que este sistema es inamovible y que no hay forma de ir más allá de él. Se lo ha naturalizado. Llama la atención que una de las posibles salidas, la implosión del sistema, afirmada por el manifiesto de Democracia Real Ya, coincida con la visión que tiene Lacan cuando afirma en 1972 en Milán que

“Para nada les estoy diciendo que el discurso capitalista sea feo, al contrario es algo locamente astuto, (…) locamente astuto, pero destinado a estallar. En fin, es después de todo lo más astuto que se ha hecho como discurso. Pero no está menos destinado a estallar. Es que es insostenible… (y) no puede marchar mejor, pero justamente marcha demasiado rápido, se consuma, se consuma tan bien que se consume.”

Coincide con lo que afirma Jorge Alemán en su libro “Lacan, la política en cuestión”.

“Ser de izquierda implica sostener el carácter contingente del capitalismo, aunque no se pueda garantizar la salida de él ni tengamos un nombre para esa salida”.

El problema del interés individual es abordado en este libro donde se describe la mutación que ha habido sobre la valoración moral del mismo pasando de una posición crítica con este interés hasta convertirlo, no solo en el verdadero motor del desarrollo personal sino de la sociedad misma, tal como lo señala en la cita de la página 25 cuando habla del libro de Albert Hirschman “Las pasiones y los intereses” o cuando se refiere a Keynes quien piensa que es mejor que un hombre oriente sus inclinaciones peligrosas por la vía de hacer dinero en vez de dirigirlas a tiranizar a sus semejantes. Dice Keynes que “Es preferible que un hombre tiranice su saldo en el banco que a sus conciudadanos” (p. 25) Ciertamente ingenua esta apreciación de Keynes pues el sistema capitalista no se para en miramientos específicos de la propia cuenta bancaria y tiraniza sin cesar a la humanidad en un movimiento automático. Lo señala el autor después de abordar la transformación del egoísmo en un mero interés personal generador del bien común a través de los mercados, dice:

“Pensemos en la desastrosa que ha sido para el resto de la sociedad la búsqueda de su propio interés por parte de los banqueros en la actual crisis o de qué modo las fábricas clandestinas que explotan a sus trabajadores socavan las condiciones laborales de los demás.” (p. 34)

Este funcionamiento del capitalismo fue descripto por Lacan como un discurso que no tiene límite ya que opera al modo de la pulsión en una circularidad que no se detiene. Kepa Bilbao lo dice así:

“(…) el deseo de un nuevo producto impide el goce del producto recién conseguido en un espiral de frustraciones sin fin.” (p. 24)

Podríamos matizar que lo que realmente mueve a este sistema no es el deseo sino un goce pulsional que poco tiene que ver con el objeto concreto y que se encuentra en el movimiento mismo de adquisición y frustración. Es una satisfacción que en realidad produce insatisfacción porque allí donde se creía que un objeto vendría a colmar la falta de goce, el sujeto lo que se encuentra es que el objeto, en vez de colmar, se muestra insuficiente y hay que ir a adquirir otro con el cual se reproducirá el mismo esquema de la insaciabilidad nombrado en el libro: falta de goce-objetos que vienen a colmarla-insatisfacción-falta de goce-volver a empezar-lo insaciable. Esto funciona como un imperativo donde falta y exceso (lo que no se sacia nunca) se hacen presentes a la vez. Un grupo de rock argentino llamado Sumo lo decía de esta manera en una canción: “No sé lo que quiero pero lo quiero ya” donde se escucha la imperiosidad superyoica de tener algo que no se sabe lo que es pero que debe ser ya. El goce de esta operación sin deseo, donde el objeto no es lo importante, queda bien demostrado.

El autor señala que Keynes (p. 117) pensaba que esta codicia en la que se sostiene el capitalismo era buena porque permitiría lograr la abundancia para todos. Esto satisfaría a los sujetos quienes emplearían a partir de ese momento el deseo en otros fines. Dice Keynes:

“Durante al menos otros cien años debemos fingir, por nosotros mismos y por todos, que lo bueno es malo y lo malo es bueno; porque lo malo es útil y lo bueno no. La avaricia, la usura y la precaución deben ser nuestros dioses durante un poco más de tiempo, porque son las únicas que nos pueden sacar del túnel de la necesidad económica y guiarnos a luz.” (p. 117)

Vemos en la actualidad los efectos desvastadores de esta apuesta utilitarista keynesiana. Nada frena al capitalismo y menos una supuesta satisfacción, tal como señala el autor:

“El capitalismo exacerba el amor al dinero por el dinero. El capitalismo se basa en este crecimiento ilimitado de los deseos materiales, (…) la codicia es algo profundamente arraigado en la naturaleza humana pero que ha sido intensificada por el capitalismo que la ha convertido en los cimientos psicológicos de toda una civilización” (p. 118)

Esto es así porque el capitalismo es un movimiento circular que no presenta ningún corte exterior que lo limite y donde el individuo accede a un goce que no se enfrenta a ninguna imposibilidad convirtiéndose un goce mortífero. Conviene no desconocer que es un goce inherente a la estructura subjetiva y que por ello este sistema triunfa, porque se sostiene en el movimiento pulsional que nos habita. Podemos recordar cómo percibió Étienne de La Boétie en el fenómeno de la servidumbre el compromiso subjetivo en la aceptación de un amo: habló de la voluntariedad de servir.

Esta ausencia de imposibilidad del discurso capitalista, ausencia de castración decimos en psicoanálisis, ausencia de algún límite, pone a los sujetos en la vía de someterse a un goce pulsional que termina por consumir al sujeto al eliminar cualquier posibilidad de tener una experiencia del inconsciente. Experiencia que dicho muy brevemente tiene que ver con la posibilidad de poner un límite al goce transformándolo y dejar entrar a lo heterogéneo, a lo no programado por el discurso, a lo que aún no está escrito, a la angustia, al deseo, al síntoma, a la división subjetiva, a la interrogación, a lo más propio de uno.

Esta desaparición de la posibilidad de hacer la experiencia de lo más singular que nos habita tiene que ver también con que en la era del neoliberalismo este es, a su vez, un productor de subjetividad. Aparte de la generación de una falta de goce insaciable articulada a la fabricación incesante de nuevos objetos técnicos, el neoliberalismo impone la producción de dos figuras a la subjetividad, figuras en las que la experiencia de destitución subjetiva –donde el sujeto ya no se queja de su falta en ser sino que inaugura una nueva relación con el saber y el deseo- queda clausurada: estas nuevas subjetividades son la del individuo empresario de sí mismo y la del hombre endeudado. Dos figuras que nacen del superyó contemporáneo y que son, como efectos del neoliberalismo, causa del malestar en la democracia que es lo mismo que decir malestar en el capitalismo ya que la democracia ha quedado atrapada en las redes discursivas del discurso de los que mandan. Han conseguido unir en un tándem poderoso capitalismo y democracia.

El remodelamiento de la subjetividad que desde hace más de treinta años impone el neoliberalismo consiste en la transformación del individuo en un empresario de sí mismo como consecuencia de la ideología de la competencia generalizada a todas las ramas del lazo social y de la imposición de la empresa como modelo a subjetivar: es la nueva razón del mundo, al decir de Laval y Dardot. Esto sirve para justificar las desigualdades crecientes y cualquier tipo de tropelía amparado en las razones del mercado y sostenido en la culpa que genera el hacer responsable de su situación al que la padece.

La deuda se erige como uno de los modos de dominación más perversos utilizado desde los albores de la humanidad pero refinado hoy a escala masiva sobre los países y sus habitantes. Definida por Kepa Bilbao como “la fuente económica más amenazadora de perturbación sistémica” (p. 142) entiendo que tiene otra cara que se había ocultado hasta hace muy poco. Esta es la de convertir a todos y cada uno de los sujetos en deudores, culpables y responsables frente al capital que aparece como el Gran Acreedor Universal en palabras de Maurizio Lazzarato. La sociedad entera queda endeuda aumentando las diferencias de clase. Emerge una figura que es la del “hombre endeudado” donde se debe aceptar la deuda soberana y la transformación de la deuda privada en deuda pública porque esta deuda se ha generado no, como realmente ha ocurrido, por el desfalco de lo público o los malos negocios de lo privado sino por la exigencia de los ciudadanos de querer vivir cada vez mejor. El famoso “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. El chantaje de la deuda sirve para imponer las más regresivas medidas necesarias para continuar transfiriendo dinero a los sectores empresariales bajo la forma de las privatizaciones, exención de impuestos, rebaja de salarios, despidos, pensiones, etcétera. Todo el esfuerzo de la economía de un país está puesto en lo que se denomina “honrar la deuda” tal como lo instituyeron los dos partidos mayoritarios al modificar la Constitución. La trampa es infinita porque la deuda es impagable y año tras año se desangran los bolsillos del pueblo mediante el pago de los intereses. Sabiendo que es impagable, lo que interesa es mantenerla como modo de control y empobrecimiento.

Estas dos producciones de subjetividad que he descripto se pueden producir porque tocan aspectos del sujeto, el narcisismo y la culpa, que quedan atrapados en esta imposición. Vemos cómo es imposible pensar en la economía como una cuestión puramente técnica o de gestión. El neoliberalismo sabe qué teclas hay que tocar para conseguir la sumisión de la población.

Para no extenderme, pienso que estas pocas palabras fundamentan el porqué de la presencia del psicoanálisis en la presentación del interesante libro de Kepa Bilbao y, aún más, porqué es importante la articulación entre la política y el psicoanálisis como un modo de contribuir a pensar la política más allá de los fenómenos de masas o de servidumbre donde la subjetividad pueda tener su cabida. Para ello he rescatado esta dimensión subjetiva que tan bien muestra el libro en el juego del capitalismo. Si esta dimensión no es abordada de una manera nueva entiendo que no será posible salir de la lógica de la explotación y no se abrirán las puertas para un proyecto emancipatorio. Es preciso, junto con la toma de medidas políticas y económicas para frenar el saqueo neoliberal, que el libro aborda en su último capítulo, atacar prioritariamente el mecanismo de producción de subjetividad neoliberal. Para ello, hay que dar paso en la política al sujeto en la singularidad de su síntoma y al deseo que habita en cada uno. Lo que llamamos “Dejar hablar al deseo”. Esta es la manera de combatir lo que el autor señala como el poder auto-destructivo del dinero-capital. (p.142) Es decir, hacerle la contra a la pulsión de muerte.

Finalmente, pienso que podríamos debatir sobre un punto del último capítulo del libro: el más allá del capitalismo, si es que lo hubiere. El autor nos aporta una reflexión de Marc Saint Upery con la que el autor coincide:

“(que) la eventual transición a un sistema postcapitalista es mucho más un problema antropológico de largo aliento que una cuestión de decisiones y de estrategias políticas a corto plazo, aun menos un pretexto para consignas rimbombantes. Supone la emergencia paralela de nuevas configuraciones de incentivos económicos y morales y de nuevos diseños institucionales arraigados en prácticas organizativas y materiales sustentables.”

Dejo dos preguntas:

¿cuál es el problema antropológico de largo aliento?

¿De qué nuevas configuraciones de incentivos económicos y morales habla?

Bilbao, 20 de junio de 2014

Breve digresión sobre la autodeterminación

Me voy a permitir hacer una breve digresión sobre esta cuestión tan discutida de la autodeterminación. En rigor, apenas hay sociedades monoculturales y ni los factores, ni los sujetos de esa multiculturalidad, ni las exigencias que plantean, ni las soluciones pueden ser idénticas. La historia está en nosotros y es compleja. No hay razas puras ni pueblos homogéneos. Todos somos el producto histórico de choques, confrontaciones étnicas, amalgamas culturales, invasiones violentas, migraciones pacíficas, expansiones religiosas. ¿Quién puede entender España sin celtas, visigodos, moros, romanos y fenicios, sin guerra entre la cristiandad y los infieles? ¿Qué es América Latina sino el resultado sincrético de las civilizaciones precolombinas, España, Portugal y el vigoroso mundo africano?

El actual orden político se basa en la división territorial del mundo en Estados soberanos. Frente a los 194 Estados que hay en el mundo, la ONU cifra en 5000 el número de grupos étnicos extendidos por el planeta y algunos autores calculan que actualmente existen del orden de 10.000 sociedades o colectividades étnicas, lingüísticas, raciales, religiosas o con identidades de algún otro tipo, cuyo asentamiento poco o nada tienen que ver con el diseño de fronteras existente.

Este sistema interestatal, desde la Revolución francesa, se ha mostrado hostil ante el reto planteado por el nacionalismo de las naciones sin estado. Se ha insistido siempre en la primacía del principio de la soberanía estatal sobre el de la autodeterminación nacional, a pesar de los intentos que hiciera Wilson por incorporar a este último al ámbito de la sociedad internacional. Aunque, por otro lado, no habría que perder de vista que el siglo XX también nos ha mostrado a las claras los problemas y límites que ha conllevado la aplicación del principio de las nacionalidades wilsoniano, interpretado en términos de coincidencia entre etnia o cultura y territorio.

La comunidad internacional sigue rigiéndose por los mismos criterios de hostilidad ante cualquier intento de alterar el mapa político por la fuerza o poniendo en entredicho la soberanía de Estados concretos a través de la autodeterminación y sólo sancionará la secesión en circunstancias especiales, cuando sea el resultado de un acuerdo mutuo y pacífico entre las partes o cuando una situación regional fuerte favorezca la secesión.

Hoy la autodeterminación en la Europa cada vez más convergente no significa lo mismo que hace 50 años. Todas las soberanías son limitadas y compartidas. La autodeterminación a lo leninista, esto es, como votación que el día H decide el destino de un país por mayoría del 51%, no parece que sea un buen método para la resolución de los conflictos intranacionales, interculturales o interpopulares como, por otra parte, la historia del siglo XX nos ha ilustrado más que sobradamente. Se trata de un reto vital y probablemente irreversible, que también compromete a las generaciones futuras. Una decisión tan trascendental exige un consenso muy amplio y no una mayoría exigua, ocasional, que puede cambiar según sople el viento de la economía o de la política. Debe ser el resultado de un acuerdo sobre el país que se quiere construir entre unos y otros, sobre la base de la reciprocidad y no de la imposición. Un buen proceso tiene que reducir al máximo las probabilidades de que cualquiera de las partes sienta que la solución le ha sido impuesta y, por lo tanto, cuestione su legitimidad. Una consulta realizada en estos términos certificaría a esa sociedad como una comunidad políticamente autodeterminada.

La autodeterminación ya no puede ser un concepto unilateral, implica a la otra parte. Tiene que haber un do ut des, un te doy para que tú me des. Es muy interesante al respecto la opinión de la Corte Federal de Canadá que ha regulado el derecho de autodeterminación en términos federales. Ha prohibido que Québec pueda secesionarse de Canadá por una decisión unilateral. Pero también ha prohibido que si una mayoría de Québec está por la separación, el resto de Canadá pueda impedirlo en último término. Esta regulación coloca la autodeterminación en términos de reglas del juego pactadas en igualdad entre todas las partes. Ahora bien, el principio de que no se puede retener a nadie contra su voluntad tiene que aplicarse en todas las direcciones. Los secesionistas declaran la divisibilidad del Estado en el que se encuentran, al tiempo que proclaman la indivisibilidad de su futuro Estado. Esta suele ser una contradicción inherente a todos los secesionismos. Si somos consecuentes, la misma regla ha de servir para ambos casos.

(Extracto de Naciones y nacionalismo: notas sobre teoría nacional.

kepabilbao.com/files/naciones/naciones6.html) Ensayo recogido en Crónica de una izquierda singular. Naciones, nacionalismos y otros ensayos (1991­-2006)

                                                                                                      19­-09­-14

 

 

¿Es la globalización el fin de la nación y el Estado nación?

La cuestión del porvenir de los Estados es uno de los temas centrales de los debates sobre globalización. Una globalización que se ha convertido en las últimas décadas en una ideología, en una forma de ver el mundo. La idea dominante es que la globalización conlleva la desaparición del Estado-nación y la subsiguiente muerte de la nación como principal elemento de identidad y de identificación de las personas. Frente a esta perspectiva más profética que realista, autores como Giddens, Held, Stiglitz, Gray, Sassen, Harvey, Beck y Rodrick han relativizado esta cuestión y han criticado las exageraciones de la globalización.

Como dice Roddick: «Los líderes políticos alegan impotencia, los intelectuales fabulan esquemas de gobernancia global impracticables y los perdedores cada vez más culpan a los inmigrantes o a las importaciones. Si uno habla de volver a otorgarle poderes al Estado-nación, hay gente respetable que sale corriendo en busca de resguardo, como si uno hubiera propuesto revivir una plaga» (Proyect Sindicate, 2012)

Ciertamente, el largo proceso globalizador ha originado una redefinición y una reubicación del Estado-nación en la sociedad y en el sistema internacional. Pero alteración no significa desaparición. Los conceptos evolucionan con el tiempo, así como las sociedades, y el de soberanía, así como el de Estado, no son la excepción.

En su libro “Nacionalismo banal” (Capitán Swing, 2014), el profesor Michael Billig sostiene que la globalización no está haciendo que la nación esté desapareciendo como la principal identidad del individuo. De hecho, el uso de la identidad nacional estaría presente en todas partes. Estaríamos ante un tipo de “nacionalismo banal”, más vivo que nunca.

Mientras que la teoría tradicional ha puesto el punto de mira en las expresiones más radicales del nacionalismo, el autor centra la atención especialmente en la crítica al nacionalismo de las naciones Estado, en las formas diarias y menos visibles de esta ideología, que se encuentran profundamente arraigadas en la conciencia contemporánea, y que constituyen lo que define como un «nacionalismo banal».

Billig entiende el nacionalismo como “el conjunto de creencias ideológicas, prácticas y rutinas que reproducen el mundo de los Estados- nación” y banal no como «insignificante o sin importancia». Sería un error, dice, suponer que el «nacionalismo banal» es «benigno» porque parece contener un aura de normalidad tranquilizadora, o porque parece carecer de las pasiones violentas de la extrema derecha. Como señaló Hannah Arendt (1963), banalidad no es sinónimo de inocuidad. En el caso de los estados-nación occidentales, el nacionalismo banal difícilmente puede ser inocente: reproduce instituciones que poseen arsenales de armamento inmensos. Como demostraron las guerras del Golfo y de las Malvinas, se pueden movilizar fuerzas sin necesidad de realizar prolongadas campañas de preparación política. El armamento está cargado, listo para su uso en la batalla. Y las poblaciones nacionales también parecen estar cargadas, listas para apoyar la utilización del armamento.

El profesor defiende que no solamente en los lugares en pugna por crear un Estado-nación, sino también “en las naciones consolidadas, la nacionalidad se “enarbola” o recuerda de forma continua. Para Billig, “las fuerzas de la globalización no están produciendo homogeneidad cultural absoluta. Tal vez estén erosionando diferencias entre culturas nacionales, pero también están multiplicando las diferencias en el interior de las naciones”. “La percepción de la importancia de una patria con fronteras y la distinción entre ‘nosotros’ y ‘los extranjeros’ no han desaparecido. Es más, esos hábitos de pensamiento persisten no como vestigios de una era pasada que haya sobrevivido a su función, sino que hunden sus raíces en formas de vida en una era en la que el Estado tal vez esté cambiando, pero todavía no ha desaparecido”.

Si bien, para el autor, el Estado puede estar cambiando, no por ello las personas dejan de sentirse identificadas con una nación, ya sea una consolidada en forma de Estado o en búsqueda de uno nuevo, como son los casos escocés o catalán en Europa. Muchos escoceses rechazan ser británicos y muchos catalanes y vascos rechazan ser españoles, pero no por ello dejan de identificarse con una nación que, según sus aspiraciones, debería ser también un Estado. Pero no son los únicos que apuestan por la nación.

La conclusión a la que llega Michael Billig es que, a pesar de la globalización, la nación sigue siendo la identidad más importante para la mayoría de las personas, aunque eso no signifique que sean unos nacionalistas furibundos y agresivos. El hecho de que la mayoría sigamos pensando en términos de nacionalidad se debe a las influencias diarias a las que estamos sometidos por el nacionalismo banal y su “bajo y discreto tono”. “En las prácticas rutinarias y los discursos cotidianos, en especial los de los medios de comunicación, se enarbola de forma habitual la idea de nacionalidad. Hasta el pronóstico diario del tiempo lo hace. Mediante este tipo de enarbolamientos, las naciones consolidadas se reproducen como naciones, donde se recuerda sin alharacas a la ciudadanía cuál es su identidad nacional”.

Los defensores de la globalización hablan del fin del Estado, el fin de la frontera, el fin de los muros y rejas, pero no pueden explicar por qué las fronteras se vuelven más fuertes y los muros se multiplican, al mismo tiempo que la globalización se incrementa. Así sucede en toda Europa y en EE.UU, donde se dan los dos procesos de integración económica más fuerte y donde las fronteras se militarizan con más intensidad.

El hecho de que la globalización haya mermado las facultades estatales, aunque suene paradójico, con el consentimiento del mismo Estado, nos hace preguntarnos sobre la posibilidad de que el Estado soberano llegue a desaparecer. ¿Puede concebirse que la globalización llegue a destruir al Estado como tal, o este es tan necesario para que el fenómeno continúe desarrollándose? En la crisis financiera global, se pregunta Rodrick, ¿Quién rescató a los bancos, inyectó la liquidez, se comprometió a un estímulo fiscal y ofreció las redes de seguridad para los desempleados a fin de evitar una creciente catástrofe? ¿Quién está reescribiendo las reglas sobre la supervisión y regulación del mercado financiero para impedir que vuelva a ocurrir lo que pasó? ¿Quién carga con la mayor responsabilidad por todo lo que salió mal? La respuesta es siempre la misma: los gobiernos nacionales.

Una visión más amplia con interesantes reflexiones y comentarios críticos del debate sobre el futuro del Estado, las diferentes teorías de la globalización y algunas perspectivas sobre la gobernanza mundial nos la proporcionan Mª Victoria Gómez y Javier Álvarez Dorronsoro en su libro El cambio social en la era de la incertidumbre (Talasa, 2013). Los autores, en el capítulo sexto, «Declive y permanencia de las estructuras estatales», confrontan las teorías de quienes ven en el eclipse del Estado-nación una necesidad histórica y que además celebran esta desaparición como un signo de liberación, con las posiciones de quienes lamentan la erosión de la democracia y reivindican la necesidad de unos anclajes que el mundo globalizado no proporciona. Cierran el capítulo con el relato del debate que a mediados de la década de los noventa tuvo lugar en EE.UU organizado por Martha Nussbaum sobre el cosmopolitismo y el patriotismo introduciendo, de esta manera, un enfoque filosófico y moral en un tema en el que, como bien dicen, han predominado las perspectivas y las exigencias económicas.

Desde posiciones (neo)liberales se sostiene que la globalización trae libertad, progreso, la igualación del nivel de vida de todos los países, la convergencia cultural y moral y desde algunas posiciones marxistas, de izquierda, las dinámicas de la globalización aparecen como las fuerzas que favorecen el proceso de liberación de los oprimidos.

Como señalan Mª.Victoria Gómez y J. Álvarez Dorronsoro, el punto de vista de la función superflua de los Estados no solo ha sido promocionada por sectores de intelectuales próximos a los medios financieros, también desde la izquierda surgieron teorías en línea con esa perspectiva, citando la defendida por Michael Hardt y Antonio Negri en su obra Imperio (Paidós, 2002) como la de mayor difusión.

El Imperio sería hoy la incorporación al capitalismo de toda la humanidad. Ya no hay primero, segundo y tercer mundos. El nuevo Imperio no tiene centralidad. Estados Unidos -dicen Hardt y Negri- no constituye el centro de un proyecto imperialista. El poder está disperso. El estudio destaca, también, la obsolescencia del Estado-nación y de las fronteras territoriales. Hay una nueva forma global de soberanía: el Imperio, como «aparato descentrado y desterritorializador». El Imperio no tiene límites ni fronteras temporales. El Estado-nación «ha sido derrotado» y las grandes compañías multinacionales gobiernan la tierra. Según Hardt y Negri, «la decadencia del Estado-nación (…) es un proceso estructural e irreversible». Las tareas y funciones del Estado-nación habrían migrado hacia «los mecanismos de mando del nivel global de las grandes empresas transnacionales». 
Hardt y Negri, sustentan sus argumentos sobre la existencia de un Imperio sin imperialismo, sin Estados nacionales, sin un centro real de poder (hablan de «un no lugar»), sin periferia, sin «eslabones más débiles», sin clases sociales, sin un enemigo concreto, en una noción de un mercado mundial dominado por corporaciones multinacionales «globales», que han convertido a las naciones y a los estados imperiales en anacronismos.

¨Desde esta perspectiva, dicen Mª Victoria Gómez y J. Álvarez Dorronsoro, las naciones constituyen uno de los obstáculos principales de la emancipación en la era de la globalización y, en consecuencia, los movimientos forzados o no (como por ejemplo, los movimientos migratorios), que amenazan o superan las fronteras de los Estados se convierten sorprendentemente en vectores del proceso de liberación de los dominados”.

Al sostener que el poder se localiza en el sitio global, en el capital organizado globalmente y en las organizaciones supranacionales, la ortodoxia de la globalización -en la izquierda y la derecha- socava la importancia del sitio nacional, del Estado, de las clases sociales, así como desconsidera la enorme diferencia entre los Estados en lo que respecta al poder económico, militar y político, algo que está mucho más cerca de la realidad que el enfoque especulativo de Hardt y Negri.

En esta versión de la globalización, la línea que separa al mito de la realidad se difumina y la globalización se transforma en una “teleología”. Como señalan Mª Victoria Gómez y J. Álvarez Dorronsoro, ¨la lectura de Imperio invita al lector a hacerse la pregunta de si para sus autores la globalización no juega un papel similar al que desempeñaba el desarrollo de las fuerzas productivas para el advenimiento de la revolución socialista dentro del esquema marxista¨.

                                                                                                  12-10-15

Triunfo y fracaso del capitalismo


(Capítulo primero del libro Capitalismo. Crítica a la ideología capitalista
del «libre» mercado. El futuro del capitalismo, Madrid: Talasa, 2013).

La economía de mercado capitalista, el capitalismo, ha quedado como la única opción viable de organización económica. Se ha convertido en el dueño del planeta, ha copado el mercado mundial y, de esta forma, se ha hecho, en una buena medida, responsable directo o indirecto de mucho de todo lo bueno y lo malo que en él hay. Ya no tiene competidor alternativo con el que compararse y lavarse la cara, un mal modelo alternativo como lo fue el socialismo de Estado, el que fuera conocido como el sistema soviético, que era utilizado para sacar pecho por los partidarios de la economía liberal de mercado al mismo tiempo que servía como tapón para que las mejores críticas a la economía capitalista no fueran escuchadas. Ahora bien, el fracaso de uno no significa el triunfo del otro. En los dos últimos siglos, el sistema capitalista ha tenido mucho éxito en lo concerniente a la invención, la afirmación individual, la producción en masa y la distribución comercial de todo tipo de bienes y servicios, pero son demasiados los fallos del sistema, los daños y las víctimas que ha causado y causa como para caer en falsos triunfalismos o actitudes autocomplacientes y no sopesar, como mínimo, su esencial ambivalencia. Su base moral es tan insegura como lo era en sus orígenes. La globalización económica ha creado ganadores y también perdedores. El éxito y el fracaso van, con demasiada frecuencia, muy unidos. 

El capitalismo ya no tiene un antagonista mundial, la competición se juega en casa, entre las distintas variedades, familias, países o regiones capitalistas. Si atendemos a las previsiones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), China adelantará en apenas cuatro años a Estados Unidos como la primera potencia mundial. Además, en su imparable ascensión, la economía china logrará situarse por delante del conjunto de la eurozona ya en 2012. Le seguirá la India de la que prevé que también logrará a medio plazo superar a EE UU y, junto con Indonesia, también a China. El Producto Interior Bruto (PIB) de China fue en 2011 un 17% del total mundial, porcentaje equivalente al de la eurozona pero todavía inferior al 23% de Estados Unidos. No obstante, el PIB chino pasará a suponer el 28% en 2030, cuando los de los otros dos bloques habrán quedado reducidos al 12% y al 18% respectivamente, indica la OCDE. 

Esta evolución económica está trastocando equilibrios de poder político más o menos estables dentro del sistema internacional. La geopolítica está alejándose de un mundo dominado por Europa y EE UU. Nos dirigimos hacia un mundo capitalista con muchas potencias regionales, pero sin un dirigente mundial, y se acerca una nueva era de inestabilidad económica debida tanto a los límites físicos del crecimiento como a la agitación financiera. Estamos pasando de un mundo unipolar, encabezado principalmente por EE UU, a otro multipolar, en el que EE UU, Europa, países emergentes como Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica y potencias menores como Turquía tienen una influencia regional. Esta pugna intensifica la codicia por aumentar las ganancias de los grupos económicos y financieros más poderosos, por hacerse con el dominio de más mercados o abrir nuevos. Las distintas regiones –incluidos los países– quieren obtener beneficios unas a expensas de otras, compitiendo duramente para defender su lugar y jugar un papel en la economía y la política futuras. La feroz competencia global entre las potencias económicas regionales no excluye que se de una colaboración entre ellas pero tampoco escenarios de fuertes enfrentamientos, algunos violentos.

La complejidad combinada con la incertidumbre es un rasgo fundamental de la escena global contemporánea. Crece el escepticismo y cada vez resulta más dudoso que, tal como está organizada y orientada la economía, dominada por la codicia, la competencia y el crecimiento ciego, sin fin y sentido, puedan encauzarse, cuando menos de un forma mínimamente satisfactoria, no solo los problemas globales financieros que hoy ocupan el centro de atención, sino otros tan urgentes como el subdesarrollo, la pobreza, las crecientes desigualdades de riqueza y de renta, los déficits democráticos, el agotamiento de muchos recursos naturales, el encarecimiento de los alimentos, la escasez del agua, las guerras, la destrucción del medio ambiente y el paro. 

El capitalismo se ha beneficiado del debilitamiento de la crítica en las dos últimas décadas y de una mala crítica. Toda crítica, la mejor y la peor, era rápidamente descalificada por los legitimadores del capitalismo. Bajo este ángulo estamos ya en un nuevo período. Una nueva voluntad crítica se abre paso estimulada por las políticas liberales y la mundialización capitalista. La crítica ha encontrado una voz más fuerte con la crisis actual, con la dirección y el ritmo que está tomando la globalización económica.

Esta complejidad de nuestro mundo, muy interconectado y superpoblado, diverso y plural, en donde los cambios económicos, sociales, culturales y técnicos se suceden de forma acelerada, no pone las cosas fáciles a la buena crítica y a las soluciones constructivas. 

El concepto de capitalismo ha sido objeto de intensos debates y existen discrepancias sobre su significado, origen y evolución histórica. En cualquier caso, el desacuerdo no es tan radical como puede parecer a primera vista. Se trata más bien de que cada autor o corriente ideológica hace énfasis en aspectos constitutivos diferentes de lo que tanto en el ámbito científico como coloquial llamamos capitalismo. El término, muy posterior a capital y capitalista, de los que se deriva, comenzó a utilizarse a mediados del siglo XIX para indicar, a menudo con un sentido de crítica social, el sistema contemporáneo de producción económica. Por otra parte, la evolución del capitalismo posterior a la Primera Guerra Mundial (mayor intervencionismo estatal, economías mixtas, nuevas formas de gestión, globalización de la economía, etc.) ha llevado a introducir importantes matices y diferenciaciones en una conceptualización que parte principalmente de las características del siglo XIX europeo. Por mi parte, quiero precisar que cuando hablo de capitalismo me refiero a un conjunto de prácticas económicas que aparecen imbricadas dentro de un mundo social que tiene poco que ver con la economía. La economía contiene elementos extraeconómicos que no son generados espontáneamente por lo que entendemos como dinámica propiamente capitalista, sino que proceden de fuera de ella, de las instituciones políticas, para acabar integrándose, mejor o peor, en un todo. 

No podemos perder de vista que las economías de mercado y todas las economías funcionan en un marco institucionalizado: político, jurídico, ideológico, cultural e incluso moral. Hay muchos marcos distintos, y cada uno de ellos tiene consecuencias para la distribución de la riqueza, así como para el crecimiento, para la eficiencia, el cuidado del medio ambiente y la estabilidad. No todos funcionan de la misma manera ni producen los mismos resultados en cuanto a bienestar social.

El capitalismo es un sistema social con una gran capacidad de adaptación que muta y evoluciona en respuesta a un entorno cambiante. Es un sistema de interrelaciones muy denso y muy complejo en el que todos estamos involucrados, aunque en modo muy desigual y con muchas contradicciones. Un sistema que tiene la codicia como principio rector del desarrollo económico. Un sistema con una visión del progreso reducida exclusivamente a la rentabilidad y productividad económicas. La historia del capitalismo está marcada por una interacción constantemente cambiante entre el progreso tecnológico y los ciclos financieros, en un proceso permanente de autodestrucción y recreación. Su mayor fortaleza radica en su capacidad para abordar sus propias contradicciones internas y relanzar su dinámica a partir de ellas, así que la cuestión de su fin o de su superación no es un tema para profecías baratas.

Estos dos factores, la falta de una alternativa y su capacidad de regenerarse, ha hecho que se instale en la sociedad, por una parte, un fuerte fatalismo, un cierto determinismo económico que se puede resumir con la frase el capitalismo siempre se abre paso adelante y, por otra, la esperanza escatológica de una implosión del capitalismo siguiendo, por analogía, el ejemplo del comunismo soviético, una esperanza bastante extendida y que ha llegado a formar parte de una de las ideas del manifiesto de Democracia Real Ya del movimiento 15-M: «El obsoleto y antinatural modelo económico vigente bloquea la maquinaria social en una espiral que se consume a sí misma enriqueciendo a unos pocos y sumiendo en la pobreza y la escasez al resto. Hasta el colapso» (del manifiesto «Democracia real ya», mayo 2011).

publicado en. http://www.pensamientocritico.org/kepbil0613.htm

 

Capitalismo ¿Tarjeta roja o amarilla?

Puede resultar paradójico, pero en la situación actual, aun habiendo una enorme crisis de legitimidad del discurso neoliberal, de sus recetas económicas y, en cierta medida, de confianza en el sistema capitalista, estamos muy lejos de poder contemplar que un cambio radical del orden económico existente pudiera contar con un amplio apoyo popular.

Tampoco es que abunden las tarjetas rojas, las alternativas de transformación social y económica de conjunto. De hecho, si uno echa un vistazo a las distintas propuestas económicas de los principales partidos de izquierda, desde el PSOE a Podemos, pasando por IU, EH Bildu y ERC, estas no pasan de ser tarjetas amarillas, propuestas parciales de corrección del modelo capitalista neoliberal, unas un poco más audaces que otras, eso sí, nada desdeñables, pero todas ellas de corte keynesiano en lo económico y socialdemócrata clásico en lo político. Medidas al fin y al cabo conservadoras que tratan de minimizar las pérdidas de muchos de los logros sociales alcanzados. Nada que pueda ser considerado de socialista, revolucionario, disparate, quimérico, extremista o de medidas que nos puedan llevar al apocalipsis, como vienen siendo calificadas e interpretadas de forma interesada por una buena parte de analistas y tertulianos de las revistas especializadas y de los medios de comunicación y persuasión, la mayoría en manos de la banca y de las grandes empresas.

El keynesianismo nunca fue un programa de transformación económica, sino de conservación de un capitalismo en crisis. Es principalmente un programa para reavivar las economías nacionales, cosa que podría hacerlo a corto plazo, pero la hiperglobalización ha complicado de manera importante este problema.

No es mi intención entrar en el análisis de dichas propuestas neokeynesianas correctoras del capitalismo, de su viabilidad, sostenibilidad y enormes dificultades para ser llevadas adelante dado el estrecho margen de negociación en el marco de una Unión Europea en la que predomina el dogmatismo económico conservador, entre tanto ruido de los mercados, manejos de multinacionales, paraísos fiscales, intereses nacionales -en muchos casos antagónicos- y juegos de poder. Tampoco pretendo debatir acerca de la posibilidad de salirse de la dicotomía neoliberales/socioliberales versus neokeynesianos que ocupa el centro del debate hoy en Europa en los programas económicos, ni de la complejidad que entraña la construcción de un proyecto rupturista alternativo de transformación socio-económica de conjunto, de los límites existentes en Europa y en el mundo actual con los que se encontraría, si lo hubiera, o, por último, de discutir los fundamentos o su falta.- de quienes diagnostican la corrosión terminal del capitalismo y su inminente colapso.


En las siguientes líneas me centraré en hacer unas breves observaciones sobre el objeto central de discusión, de corrección en unos casos o de ruptura en otros, el capitalismo.

Expondré algunos de sus rasgos generales que considero son los fundamentales y que tienen una relación estrecha con la crítica. Mi propósito es que sirvan de marco reflexivo general introductorio, previo a poder abordar en otra ocasión con una mayor perspectiva las cuestiones anteriormente planteadas.

1.- La primera observación que quiero hacer es que el capitalismo no es un sistema diabólico sostenido por la maldad de unos pocos, ni un virus maligno instalado en el cuerpo sano de la humanidad. Esforzarse por tratar de huir de la tentación por las simplificaciones es la primera condición de todo observador crítico. El capitalismo es un sistema de interrelaciones muy denso y muy complejo en el que todos estamos involucrados, aunque en modo muy desigual y con muchas contradicciones.

2.- El capitalismo se inserta en un sistema institucional determinado, político, jurídico, ideológico, cultural e incluso moral. Hay distintos sistemas institucionales, y cada uno de ellos tiene consecuencias para la distribución de la riqueza y el poder, así como para el crecimiento, para la eficiencia, el cuidado del medio ambiente y la estabilidad. No todos funcionan de la misma manera ni producen los mismos resultados en cuanto a bienestar social.

3.- No existe un único modelo de desarrollo económico capitalista, las economías capitalistas se pueden situar en un continuo entre dos tipos ideales extremos, el conocido como modelo angloamericano y el modelo renano-nipón que se practica en Alemania, Suiza, el Benelux, en Europa del Norte y, con variantes en Japón. Por lo demás, estos dos modelos, desde hace más de treinta años, con la hiperglobalización económica y la hegemonía del neoliberalismo, no han dejado de aproximarse y cada vez resulta más forzado separar por una línea clara estas dos clases de capitalismo.

4.- El capitalismo es un producto histórico con una gran capacidad de adaptación que muta y evoluciona en respuesta a un entorno cambiante. Es un sistema relativamente joven y en constante evolución. Apenas tiene algo más de tres siglos desde que se originó en Occidente gracias al surgimiento en el temprano período moderno en Italia, los Países Bajos y Gran Bretaña de un sistema bancario que vinculó al Estado y a la naciente burguesía mercantil en la generación de dinero crédito para financiar la producción y el intercambio. No es lo mismo el capitalismo semiesclavista primitivo que el de los treinta años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, ni aquel al actual. Tampoco es lo mismo el capitalismo de hoy de la Europa occidental al existente en Rusia o en China. Tal vez habría que hablar de capitalismos más que de capitalismo.

5.- Derivado de lo anterior, podemos decir que el sistema económico capitalista no es un sistema abstracto que se aplique en todo tiempo y lugar con los mismos efectos, independientemente de las estructuras sociales, culturales y políticas. El capitalismo toma cuerpo en sociedades históricas concretas que le confieren características peculiares. Con esto no quiero decir que el capitalismo no posea un núcleo duro, que lo caracteriza y que no ha variado a lo largo de su historia: la transformación permanente del capital, de los bienes de equipo, de las materias primas y demás recursos como la fuerza de trabajo en mercancías, de la producción en dinero y del dinero en capital.

6.- En los dos últimos siglos, la economía capitalista ha mostrado un gran dinamismo, ha tenido mucho éxito en lo concerniente a la invención, la afirmación individual, la producción en masa y la distribución comercial de todo tipo de bienes y servicios, pero, a su vez, ha sido y es fuente de grandes problemas. Ha demostrado ser un sistema de mercados defectuoso que, cuando menos, si no se regula y limita su desarrollo, lleva a profundas depresiones periódicas, a crisis como la que estamos viviendo, a grandes desigualdades, guerras, a un imprudente tratamiento de los recursos naturales y agresiones al medio ambiente fruto de su voracidad congénita. Son demasiados los fallos del sistema, los daños que ha causado, causa y puede causar, como para caer en actitudes autocomplacientes y no sopesar, como mínimo, su esencial ambivalencia.

7.- Prescindir del mito de que los mercados son libres, que se bastan por sí solos y que son generalmente eficientes es el primer paso para la comprensión del capitalismo. Los mercados son el locus del conflicto y la lucha entre grupos económicos e intereses desiguales. Aquí, los precios no expresan simplemente un equilibrio eficiente entre la oferta y la demanda determinado espontáneamente por miríadas de individuos no relacionados que buscan maximizar su utilidad. Por el contrario, los precios representan el resultado de una lucha por el poder económico entre distintos intereses de grupos definidos por su posición en el sistema capitalista.

8.- Los mercados requieren necesariamente de instituciones ajenas para poder funcionar. Necesitan el Estado. El alcance de su intervención en la economía es objeto de controversia desde A. Smith y el que sea mayor o menor caracteriza las opciones políticas y las distintas variedades de capitalismo. La pregunta relevante no es si actúa o no, sino cómo actúa y en qué sentido orienta sus actuaciones. Si lo hace en la búsqueda del interés general o para satisfacer las demandas de un sector minoritario de la población que persigue en exclusiva el beneficio propio.

9.- El capitalismo tiene la codicia como principio rector del desarrollo económico. Aunque si bien es verdad que la codicia es algo profundamente arraigado en la naturaleza humana, también lo es que ha sido intensificada por el capitalismo hasta el punto de haberla convertido en los cimientos psicológicos de toda una civilización.

10.- El capitalismo se presenta como amoral. Este dejar en suspenso la moralidad cuando se actúa en el mercado, es algo bastante compatible con la idea de moralidad de los teóricos liberales y afines que consideran que la moralidad es cosa a tener en cuenta en otros ámbitos: familiares, lazos de amistad, ayuda a los muy necesitados, etc., pero que es cosa perjudicial cuando se entremezcla con la actividad económica.

11.- Es un sistema con una visión del progreso reducida exclusivamente a la rentabilidad y productividad económicas y en el que impera una economía fuertemente competitiva y monetarizada que nos somete a una presión contínua de querer cada vez más y más.

12.- Uno de los rasgos más significativos del capitalismo que se desarrolla a partir de la década de los 80 es, junto a la financiarización de la economía, la expansión de los mercados y de los mercados de valores hacia las esferas de la vida a los que no pertenecen. La intromisión de los mercados -y del pensamiento orientado hacia los mercados- en aspectos tradicionalmente regidos por normas no mercantiles ha producido un fuerte proceso de mercantilización de la vida. Esta invasión de nuestras sociedades por la cultura de mercado ha tenido consecuencias significativas en nuestras relaciones sociales, personales y en nuestro bagaje ético. Ha propiciado el desprestigio de lo público y lo común frente a lo privado, la sobrestimación de la rentabilidad monetaria frente a la subestimación de la rentabilidad social y el elogio del individualismo, ahí está, como ejemplo, el insistente discurso de que la salida de la crisis es cosa de la promoción del esfuerzo individual, encarnado en la figura del ¨emprendedor¨.

13.- El capitalismo ha logrado un progreso incomparable en la creación de riqueza, pero nos ha quitado la principal ventaja de esa riqueza: la conciencia de tener suficiente, nos ha incapacitado para hacer un uso civilizado de ella.

14.- La historia del capitalismo está marcada por una interacción constantemente cambiante entre el progreso tecnológico y los ciclos financieros, en un proceso permanente de autodestrucción y recreación.

15.- Su mayor fortaleza radica en su maleabilidad, en su capacidad para abordar sus propias contradicciones internas y relanzar su dinámica a partir de ellas, así que la cuestión de su fin o de su superación no es un tema para profecías baratas. El capitalismo desde que surge está siendo modificado por factores que no tienen que ver siempre con los intereses de los capitalistas sino con las luchas sociales, con la crítica social, las teorías económicas, las políticas de los gobiernos, los intereses nacionales, por factores internacionales, por tensiones dentro de los capitalistas capital productivo y capital financiero.-, etc.

16.- El capitalismo segrega ideología o, dicho de otra forma, las prácticas económicas van acompañadas de un mundo de ideas nada desdeñable, derivadas del propio capitalismo y que influyen a su vez en su desarrollo. Quienes tienen la riqueza la utilizan para comprar el poder político, científico y mediático y de este modo, no solo aumentar su riqueza o reforzar sus posiciones económicas sino también intentar condicionar nuestra forma de pensar, hacer que parezca aceptable y necesario lo intolerable.

17.- Además de la dimensión ideológica, estas prácticas económicas son dotadas de sentido por un conjunto de teorías económicas como son el carácter autoregulador de los mercados, la teoría de los mercados eficientes, la teoría de las expectativas racionales, la teoría del goteo o de la filtración descendente -la peculiar idea de que enriquecer a los de arriba redunda en beneficio de todos, incluido los pobres-, la teoría de los ciclos económicos reales o los modelos de evaluación de riesgo, que, a su vez, destilan creencias, en la base de estas se encuentra una antropología reductora del ser humano: el homo economicus; conceptos como los de racionalidad, competitividad, flexibilidad, productividad, que juegan un papel muy definido; culturas como la del enriquecimiento rápido y sin esfuerzo y subculturas como las del virus especulativo, la del capital impaciente, la cultura del riesgo y del consumismo; legitimaciones para justificar lo que hacen los capitalistas y financieros así como el apoyo que de forma privilegiada les brinda el Estado. Entre estas justificaciones destaca la sumisión a las leyes de la economía, esta sumisión a la ciencia económica ha dado lugar a una representación del mundo en la que se separan los aspectos económicos del tejido social constituyéndose así la economía como un ámbito autónomo, independiente de la ideología y de la moral, que obedece a leyes positivas.

Keynes dijo en una ocasión que incluso «los hombres prácticos, que se creen exentos por completo de cualquier influencia intelectual, son generalmente esclavos de algún economista difunto». Se podría decir con Dani Rodrik que se quedó corto y apostillar que las ideas que han dado lugar a las políticas de los últimos 50 años proceden de economistas que están, en su mayor parte, muy vivos.

10-01-15

(Galde 09, invierno 2015) en: http://www.galde.eu/capitalismo-tarjeta-roja-o-amarilla/